9.7.09

Escritor de junto al cielo

Pedro Escribano
La República, Lima, 08/07/09


El cable es breve. Anuncia que el escritor Enrique Congrains, uno de los más altos exponentes de la narrativa del cincuenta, ha muerto en Cochabamba, ciudad boliviana en donde residía hace largas décadas. Murió víctima de un paro cardiaco. Tenía 77 años.

Enrique Congrains irrumpió en nuestra narrativa con dos libros buenos, violentos. El texto de relatos Lima, hora cero y después la novela No una sino muchas muertes. En ambos bullía la realidad urbana, los conflictos, los dramas, sobre todo la pobreza barrial, la condición desolada de los migrantes en la capital. Después guardó más de cuarenta años de silencio para publicar dos novelas más: El narrador de historias y 999 palabras para el planeta Tierra, dos libros en que como escritor se planteó nuevos temas y nuevas técnicas narrativas.

Enrique Congrains nació en Lima, en 1932. Su familia había sido devastada por la crisis económica. “Yo nací en el seno de una familia arruinada”, dijo a este diario en una entrevista en la que narró que había crecido en el Paseo Colón, que en los años treinta era el último reducto de la burguesía limeña.

También comentaba que había sido una fortuna no haber terminado la secundaria, porque hubiera ingresado a la universidad y se hubiera encasillado en una profesión. Pero como no concluyó, le quedaron todos los caminos abiertos. Uno de ellos, el de hacerse escritor.

Y esa fue su pasión. Conoció la realidad a pie, y trajo al mundo sus primeros libros con esa visión. Como lector, había conocido la obra de John Steinbeck, entre ellas Las viñas de la ira, y también había leído a Erskine Caldwell, sobre todo El camino del tabaco. Asimismo, el cine italiano había marcado su escritura. Él decía que estos autores y en el cine italiano veía “esa mirada neorrealista, hasta naturalista, para revelar la miseria moral de la gente.

La crítica bien ha señalado que Enrique Congrains es nuestro primer neorrealista, el que describe en altorrelieve la realidad urbana con crudeza no desprovista de una auténtica poética de la violencia. Allí está Maruja, el personaje de No una sino muchas muertes, y también el candor de “El niño de junto al cielo”.

Se hizo escritor, pero para sobrevivir se dedicó a todo. Vargas Llosa lo recuerda en El pez en el agua como un vendedor que tocaba las puertas de las amas de casa para ofrecerles algún producto, muchos de ellos inventados por él mismo.

“Enrique Congrains –escribe Vargas Llosa– irrumpió como un ventarrón en el ambiente literario limeño de los años cincuenta. Era joven, rubicundo y simpático, de ideas fijas y tan dinámico que parecía poner en práctica sus proyectos aun antes de concebirlos”.

Lima, hora cero
abrió una nueva veta en nuestra narrativa, un libro fundador del neorrealismo y que sin embargo Congrains siempre quiso compartirlo con otro autor, compañero de generación.

“No creo que yo tenga que llevarme todo el mérito, está repartido con Julio Ramón Ribeyro”, dijo en una entrevista. Asimismo, consideraba que el cuento “El niño de junto al cielo” no era su mejor cuento y que si figuraba en todas la antologías del cuento peruano era por pereza de los antologadores. Para él su mejor pieza de relato era “Domingo en la jaula de estera”.

Enrique Congrains ha muerto. Ya está junto al cielo.

21.6.09

Verso indio

Enrique Sánchez H
El Dominical, El Comercio, Lima, 21/06/09


Efraín Miranda forma parte de una grandiosa estirpe de poetas puneños, todos más o menos sepultados en el afán cosmopolita y pasajero de exaltar lo nuevo. Hermano de cuna de Carlos Oquendo de Amat, Gamaliel Churata y Alejandro Peralta, Miranda, sin embargo, ya había sido reconocido en su elocuencia lírica por personajes de la talla de Sebastián Salazar Bondy y Ernesto More, y luego por Jorge Puccinelli y Marco Martos. Desde 1962, y por casi treinta años, trabajó como maestro de primaria en Jacha-Huincocha, una comunidad a quince kilómetros del lago Titicaca, donde ha escrito una de las obras poéticas más asombrosas para alguien voluntariamente apartado de la cultura libresca y las modas literarias. Tuvo un paso fugaz por Lima y ahora permanece en Arequipa, meditando y escribiendo. Su ostracismo alimentó la leyenda que él ha ido tejiendo con los años.

AREQUIPA, LA TIERRA

Parte de sus estudios primarios y secundarios los realizó en el celebérrimo Colegio Independencia de Arequipa. Si no fuera por ese paso el enorme talento poético de Miranda, hoy de 83 años, quizá se habría perdido. Fue al llegar a esas aulas, migrando desde su natal Azángaro (vio la luz en la localidad de Condoraqui, distrito de Cojata), que encontró maestros que alentaban con entusiasmo la lectura, en particular la de poesía, al punto que era frecuente conocer a autores franceses y norteamericanos, o revistas como Sur. El joven Miranda, que ya en cuarto de secundaria empezó a pergeñar sus primeros versos, adquirió tempranamente la querencia por la poesía de Rainer María Rilke. Esta ha sido su guía, junto al turco Nazim Himet, a César Vallejo y a los vanguardistas de los años 40-50, entre ellos los puneños del Grupo Orkopata, una especie de surrealismo indígena que se fundó en 1925. Las demás influencias han sido el cielo, la tierra y el lago.

DE PUNO A LIMA

Su ingreso a las letras fue azaroso. De Puno llega a Lima en 1954, en busca de trabajo. El poeta ha contado que por entonces se levantaba muy temprano y cuando llegaba al lugar donde había vacantes, enormes filas de postulantes le habían tomado la delantera, y que nunca logró ser entrevistado. Con el hambre en el estómago alguien le dijo que le enseñara sus poemas a Sebastián Salazar Bondy. Fue a verlo al local de La Prensa. Tras dejarle sus versos, Salazar Bondy, entonces acaso el crítico más influyente de Lima, lo alentó a que publicase, escribiéndole un prólogo.

Así nació Muerte cercana (1954). Agobiado por la pobreza se fue a Arequipa y luego marchó a Puno, a internarse en el Altiplano como un sencillo maestro de tercera categoría, sin título.

Es en medio de su contacto con los comuneros de Puno que Miranda bebe de su otra fuente. Compenetrado con la gente más sencilla de esa región, publica Choza en 1978 y Vida, dos años después.

Fue suficiente. Del ostracismo pasó a cierta celebridad académica y es visto como una voz distinta y muy culta a la cual algunos quieren colgarle el remoquete de neoindigenismo.

Miranda, por el contrario, siempre ha preferido considerarse el adalid de la poesía india peruana. En una entrevista concedida a José Gabriel Valdivia y Mauricio Medo, señaló: “El indigenista lo vio todo desde arriba, no entró abajo como quien oye una música y no se viste ni baila. Por eso lo mío, como lo dijo More cuando lo leyó, es un libro indio él encontró que era poesía india escrita en español”.

La reciente publicación de la antología Indios dios runa (Andes Books, Lima) resulta una buena ocasión para adentrarnos en ese mundo mágico, de excelente poesía, de un autor peruano cuyas luces totales todavía no columbramos. Parodiando a Vallejo podemos decir: “Hermanos, hay mucho que leer”.

18.5.09

Mario Benedetti

Por Silvina Friera
Página/12, Buenos Aires, 18/05/09


El poeta uruguayo falleció en la tarde de ayer en Montevideo a los 88 años. Fue uno de los poetas más leídos y cantados en el mundo de habla hispana. Sufrió persecución y exilio por sus convicciones. En Argentina fue amenazado de muerte por la Triple A.

“Cuando me entierren / por favor no se olviden / de mi bolígrafo.” El poema pertenece a Rincón de haikus, publicado cuando el gran poeta uruguayo promediaba los 80 y la muerte era una sombra cercana con la que empezaba a dialogar para que no lo sorprendiera, para que no lo aplastara con el peso de su evidencia. Mario Benedetti murió ayer a los 88 años en su casa. Será velado hoy a partir de las 9 de la mañana en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo en Montevideo. En Uruguay se ha decretado duelo nacional. No sólo el Río de la Plata se despide con una infinita congoja de este hombre triste y cordial como un legítimo uruguayo, que supo conjurar el dolor de la finitud y escribió que había que vivir como si fuéramos inmortales. En cientos, miles y millones de almas, sin exagerar, garúa finito. Pocos poetas han sido tan saludablemente plagiados como Benedetti. Sus poemas de amor fueron copiados “clandestinamente” por miles de jóvenes que se atribuyeron la autoría para sorprender a esas muchachas esquivas o para acortar las distancias e iniciar un romance. No le molestaba saber de estos plagios y menos le importaba que sonara cursi. Al contrario: él mismo contaba anécdotas de parejas que le confesaban que se habían conocido, por ejemplo, gracias a Inventario. Quién no habrá repetido o cantado alguna que otra estrofa de “Te quiero”, “Por qué cantamos”, “Una mujer desnuda y en lo oscuro” y tantos otros poemas que popularizaron más de cuarenta intérpretes. Su apellido se ha convertido en sinónimo de la poesía hecha canción. La muerte del autor de La tregua se prolongó durante tres años. Comenzó en 2006, cuando murió su mujer Luz, con la que vivió toda la vida. Desde entonces, el impulso vital del autor de más de 80 libros de poemas, novelas, relatos, ensayos y teatro, así como de guiones de cine y crónicas de humor, se fue apagando. La voz del fiel compañero se apagó, finalmente, pero quedan sus poemas de amor y de resistencia.

Sería arriesgado y tal vez apresurado afirmar que su obra será inmortal, pero seguramente muchos de sus poemas ya han adquirido ese estatus porque supo anclar sus versos y textos en los puertos que inquietan a la condición humana: el amor, la muerte, el tiempo, la miseria, la injusticia, la soledad, la esperanza. Sencillamente, fue el cómplice de varias generaciones de lectores y de militantes políticos que, como él, fueron amenazados y tuvieron que escapar, como pudieron, de la muerte. Desde comienzos del 2008 la salud de Benedetti se resintió debido a sus problemas intestinales y a una enfermedad respiratoria crónica de larga evolución. Este año estuvo tres veces internado: en enero, durante casi un mes; luego en marzo, y finalmente en mayo. El ganador de tan preciados premios como el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, nació el 14 de septiembre de 1920 como Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti en Paso de los Toros, departamento de Tacuarembó. La costumbre italiana disparatada de adosar tantos nombres –el poeta siempre recordaba que tuvo un tío que tenía los nombres de todos los reyes que reinaban el día en que nació– fue la primera batalla que libró el escritor hasta que logró suprimir los cuatro nombres restantes en todos sus documentos. Después de una quiebra de la farmacia que tuvo su padre, los Benedetti se trasladaron a Montevideo cuando Mario tenía cuatro años. El niño que se entretenía de la mano de Emilio Salgari y Julio Verne comenzó sus estudios primarios en el colegio Alemán, de donde fue retirado por su padre en 1933.

Tuvo una infancia y adolescencia poco amable y llena de privaciones por los problemas económicos. Vivían en un ranchito con techo de chapas de zinc; su madre tuvo que vender la vajilla, los cubiertos y los regalos del casamiento. A los catorce años Mario empezó a trabajar vendiendo repuestos para automóviles en la empresa Will L. Smith. Se ganó la vida de muchas formas –fue vendedor, taquígrafo de una editorial, cadete, oficinista, gerente de una inmobiliaria y periodista, entre otros oficios que ejerció– hasta que pudo vivir de la literatura. A los 18, en 1938, se vino a Buenos Aires a ver si podía torcer la mala racha familiar, mientras su vocación literaria se afirmaba durante sus lecturas en un banco de la plaza San Martín. Siempre recordaba que sus dos primeros libros, ediciones que las había pagado Benedetti, no vendieron ni un ejemplar. Su primer módico éxito –módico porque la tirada era muy limitada– fue Poemas de oficina (1956), aunque antes había publicado los poemarios La víspera indeleble (1945) y Sólo mientras tanto (1950) y los relatos de Esta mañana y otros cuentos (1949). Le gustaba definirse como un poeta que además escribía cuentos y novelas. Tenía la mano más habituada al poema, pero los cuentos lo hacían sudar. Montevideanos (1959) le llevó dieciocho años terminarlo. “El cuento no admite fallas, se construye palabra por palabra, cada una tiene que tener su rol, y los finales son muy importantes”, decía el escritor que en 1945 se integró al equipo del semanario Marcha, hasta 1974, cuando fue clausurado por la dictadura de Juan María Bordaberry.

Hacia fines de los años cuarenta fue miembro del consejo de redacción de Número, una de las revistas literarias más destacadas de la época, y participó en el movimiento contra el Tratado Militar con los Estados Unidos, su primera acción como militante. Sus viajes a Cuba fueron consolidando el despertar de su conciencia política. En 1968 creó y dirigió el Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas, cargo en el cual se mantendría hasta 1971. Junto a miembros del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, fundó en 1971 el Movimiento de Independientes 26 de Marzo, una agrupación que pasó a formar parte de la coalición de izquierdas Frente Amplio desde sus orígenes. Ese año publicó Crónica del 71, compuesto de editoriales políticos publicados en el semanario Marcha en su mayoría, un poema inédito y tres discursos pronunciados durante la campaña del Frente Amplio. Después del golpe de Estado del 27 de junio de 1973 renunció a su cargo de director del Departamento de Literatura Hispanoamericana en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de la República.

Y llegó el exilio; lo arrancaron de cuajo de su ciudad. Primero cruzó el charco y trató de instalarse en Buenos Aires, en 1973. Fue aquí donde inauguró el “llavero de la solidaridad”: cuando las cosas comenzaron a ponerse oscuras acudía a ese manojo que le abría la puerta de las casas de cinco o seis amigos. Pero la Triple A le “concedió” un plazo de 48 horas para que se fuera y se dirigió a Perú. La peste del terrorismo de Estado y las amenazas parecían seguirlo. En Lima fue detenido y deportado. Los brazos de Cuba lo acogieron en 1976, pero finalmente, Benedetti recalaría en Madrid, donde estuvo exiliado hasta 1983. Fueron diez largos años los que vivió alejado de su patria y su esposa, quien tuvo que permanecer en Uruguay cuidando de las madres de ambos. En esa década que lo vio luchar contra el terror de los años ’70, la versión cinematográfica de su novela La tregua, dirigida por Sergio Renán, fue nominada al Oscar en 1974, a la mejor película extranjera (aunque el premio, finalmente, lo obtuvo la película italiana Amarcord).

Benedetti escribía, lo ha dicho, para esclarecer la mente de un individuo, del ciudadano de a pie. “Las causas en las que creo y que son derrotadas son las que me impulsan, porque gracias a que las defiendo puedo dormir tranquilo. No me siento derrotado en cuanto a mis creencias ideológicas y voy a seguir luchando por ellas. Sin éxito, eso sí”, aclaraba el escritor con los pies en la tierra, pero con la mirada siempre enfocada hacia ese horizonte de utopías que abrazó desde joven. “Siempre digo que los tres grandes utópicos que ha dado este mundo son Jesús, Freud y Marx; gracias a ellos la humanidad ha dado pasos positivos. Aunque de cada utopía se realice un diez por ciento, gracias a ese diez por ciento la humanidad ha mejorado un poco. Yo soy un optimista incorregible.” Regresó a Uruguay, en marzo de 1983, un poco mejor de lo que se había ido, “más ecuánime, más tolerante, menos radical, pero sin perder mis obsesiones”. Fue nombrado miembro del Consejo Editor de la nueva revista Brecha, que sería la continuidad del proyecto de Marcha, interrumpido en 1974. En 1985 Joan Manuel Serrat grabó el disco El Sur también existe sobre poemas de Benedetti, contando con su colaboración personal. Con el “desexilio” llegan los reconocimientos en todo el mundo.

Las líneas no alcanzan para repasar la cantidad de títulos que ha publicado, son más de ochenta en todos los géneros que frecuentó. Se destacan, por mencionar un par, las novelas Gracias por el fuego (1965), La borra del café (1992) y Andamios (1996); los poemarios Inventario uno (1963), Cuando éramos niños (1964), Quemar las naves (1969), Letras de emergencia (1973), Viento del exilio (1981), El amor, las mujeres y la vida (1995), La vida ese paréntesis (1998) y Adioses y bienvenidas (2005) y Testigo de uno mismo (2008); los cuentos de La muerte y otras sorpresas (1968), Con y sin nostalgia (1971), Recuerdos olvidados (1988), Buzón de tiempo (1999) y El porvenir de mi pasado (2003); los ensayos Peripecia y novela (1946), El escritor latinoamericano y la revolución posible (1974), La realidad y la palabra (1991) y Vivir adrede (2007); y la obra de teatro Pedro y el capitán (1979). En 1999 fue galardonado con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana; en 2001 recibió el I Premio Iberoamericano José Martí; en 2002 fue nombrado Ciudadano Ilustre por la Intendencia de Montevideo; en 2005 obtuvo el Premio Internacional Menéndez Pelayo.

Mario, ese Cupido involuntario que no merece quedar libre de culpa y cargo por la cantidad de parejas que unió, sabía que la vida es un paréntesis entre dos nadas. “Yo soy ateo, no creo en Dios ni nada por el estilo. Hay gente que tiene sus creencias religiosas y tiende a sentir que después de la muerte está el Paraíso, o el Infierno, porque muchos han hecho mérito para ir al Infierno. Yo creo en un dios personal, que es la conciencia”, afirmaba el poeta, que trabajaba en un nuevo libro de poesía cuyo título provisional es Biografía para encontrarme. “Muchos de mis poemas son producto de ser hombre de pueblo, y estar cerca del pueblo siempre ha sido una máxima para mí. Lo mejor que me pudo haber pasado en la vida es que lo que escribo le haya tocado el corazón a esa gente, a ese pueblo, a ese hombre de a pie.” Las lágrimas, esta vez, no tienen tregua posible. Y por favor, pensarán muchos ahora que hay que despedirse del compañero, no se olviden del bolígrafo de Mario.

8.5.09

El marxista rabioso

Por Mariana Enriquez
Radarlibros, Página/12, Buenos Aires, 03/05/09


Oswaldo Reynoso es uno de los secretos mejor guardados y aún muy resistido de la literatura peruana. En los ’60, Reynoso, declarado marxista, publicó Los inocentes, suerte de Juguete rabioso limeño, libro que provocó reacciones bien encontradas. Ahora se publica en Argentina En octubre no hay milagros (Ediciones El Andariego), su segunda novela de 1965. Homoerotismo, miseria y vitalidad en un momento crucial en que la ciudad se expandía hacia sus propios límites.

El libro empieza a las 8 de la mañana y termina a las 9.22, algo más de doce horas de un día que no es cualquiera, es el día de la procesión del Señor de los Milagros en la Lima de la década del ‘60. Por un lado está Don Manuel, un poderoso lúbrico, obeso, empresario y banquero, uno de los dueños del Perú que observa la procesión desde su balcón colonial tapándose la nariz con un pañuelo para que no le llegue el olor a sudor, cansancio, pescado y cerveza del pueblo; y la observa junto a Tito, su amante jovencísimo, uno de los hijos de ese pueblo que Don Manuel “compró” (pero que en este día de mantos morados se está rebelando, y de qué manera). Por el otro está don Lucho, que recorre Lima desde bien temprano en busca de una nueva casa: es que están por desalojarlo, y quedará en la calle con su esposa y sus tres hijos, jóvenes y adolescentes en riesgo, un riesgo palpable que desespera a Lucho y al lector, porque la familia no parece poder encontrar un destino alternativo al de la exclusión: “Si usted supiera todo lo que he caminado en busca de casa”, dice don Lucho. “No estoy en condición de pagar un alquiler por encima de los mil, ni puedo llevar a mi familia a una barriada ni a un barrio de maleantes.”

La otra protagonista de En octubre no hay milagros (1965), la segunda novela del escritor peruano Oswaldo Reynoso y la primera que se publica en Argentina, es Lima. Una ciudad que cambia y expulsa, que se ve cruzada por una manifestación de fe y por la violencia, todavía incipiente, pero próxima. “En octubre no hay milagros fue una de esas grandes novelas urbanas que coincidieron con el proceso de redefinición simbólica de una nueva ciudad”, explica Enrique Planas, narrador y periodista cultural peruano, en conversación con Radarlibros. “Por entonces, Lima recibe de forma caótica las grandes migraciones del campo y empiezan a consolidarse los grandes cinturones de pobreza. Este fenómeno de éxodo del campo a la ciudad no sólo obligaría a Lima a mirar hacia dentro, sino también a aceptar, no sin conflictos, que su perfil social sea mucho más coherente con el país. Novelas como Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa, o En octubre no hay milagros supieron reflejar el inicio de ese gran cambio que hasta hoy continúa en una ciudad en permanente búsqueda”.

Esa Lima es narrada por Reynoso con el estilo que después los críticos llamarían “realismo urbano”, pero que es bastante más: pasajes de un apasionado lirismo se contraponen con diálogos en la más cerrada jerga limeña juvenil y le siguen pasajes secos, narrativos, de belleza austera. Reynoso exhibe su virtuosismo en cualquier registro, pero jamás parece ostentoso o arrogante. Y esto es porque En octubre no hay milagros está claramente atravesada por la ideología del autor, por la política: Oswaldo Reynoso se identifica como marxista –entonces y ahora–, y un año después de la publicación de En octubre no hay milagros formó el grupo Narración junto a Miguel Gutiérrez y Antonio Gálvez Ronceros. En la presentación del Nº 1 de la revista queda clara la mirada sobre la realidad del grupo: “Como hombres y narradores, seres sociales, luchamos por la transformación integral y completa de nuestra Patria. Queremos la instalación de un sistema socialista de trabajadores, porque comprendemos que es la única manera de hacer de nuestro país un lugar donde todos puedan vivir como hombres. Comprendemos, como narradores revolucionarios, comprometidos con su pueblo, que nuestra tarea es formar, a través de la acción y de la obra creadora, en la conciencia de las clases explotadas, la necesidad urgente de la Revolución. Por eso nuestra misión es aprender del pueblo, para poder escribir, sin equivocarnos, sobre la realidad nacional”. Sin embargo, Reynoso jamás resultó un escritor programático: su prosa es demasiado sofisticada, demasiado elegante y en ocasiones, en libros como El escarabajo y el hombre de 1970, casi experimental. Su trabajo con la lengua es obsesivo, y en su búsqueda obtiene pasajes de luminosa belleza.

La ciudad del pecado


En octubre no hay milagros
no fue un libro bien recibido por la crítica allá por mediados de los ’60, y eso a pesar de que el primer libro de Reynoso, Los inocentes (1961), había sido celebrado nada menos que por José María Arguedas. En el influyente diario El Comercio, por ejemplo, el crítico José Miguel Oviedo escribió: “Trataremos a su autor como lo que evidentemente es: un autor fascinado por la abyección, la morbosidad y la inmundicia en que se revuelca el hombre de esta misma pudibunda ciudad. Las relaciones sexuales son un camino de perfección en la perversidad: la sodomía no basta y se le injertan estímulos (drogas, bestialismo, alcohol). Hay páginas hediondas que deben arrojarse, sin más, a la basura y el autor es un marxista rabioso”. Extrañamente, entre los poquísimos defensores de En octubre no hay milagros –novela que, sin más, podemos considerar uno de los frescos urbanos más importantes de la literatura latinoamericana– fue Mario Vargas Llosa, quien hoy está a mundos de distancia de Reynoso en cuanto a sus opiniones políticas. Pero entonces supo ver la importancia de esta flor en la mugre: “La novela de Reynoso no es pornografía ni es obscena”, escribió en Expreso, 1966: “Es un libro de una crudeza fría y áspera como la realidad que la inspira y tiene los altos méritos –raros, entre nosotros– de la insolencia y de la ambición. El ha querido trazar un fresco verídico y múltiple de Lima, una radiografía horizontal y vertical de la ciudad, tal como lo hizo con México Carlos Fuentes en La región más transparente, y lo ha conseguido en gran parte”.

¿Qué tenía En octubre no hay milagros para causar tal revuelo? Por un lado, el registro hasta entonces muy raro en la literatura peruana, del habla y las costumbres de las clases populares. Por otro, y quizá aún más impactante, la aparición de personajes gays, de jóvenes que se prostituyen para solaz de los poderosos, de cuerpos esbeltos deseados en las calles de Lima. Esto ya aparecía en Los inocentes, la colección de cuentos sobre adolescentes que convirtió a Reynoso en escritor de iniciación y a su libro en talismán. “Ahoritita le saco la mierda a ese viejo que simula ver la vitrina cuando en realidad me come con los ojos. Está mira que te mira que te mira. Pensará: camisa roja y pichón en cama. Simulo no verlo. Su mirada quema. Seguramente estoy sonrojado. Eso le gusta: inocencia y pecado”, escribe en el primer cuento. El que habla es Cara de ángel, uno de los personajes más célebres de la literatura peruana. Los inocentes tuvo una reedición definitiva en 2006, vía la editorial independiente Estruendomudo, dirigida por el muy joven editor Alvaro Lasso, que dice en charla con Radarlibros: “Decidí reeditarlo porque las ediciones que había no hacían justicia al libro. Aunque todos sabíamos que era un clásico, las ediciones tenían problemas de erratas y diseños poco llamativos que no correspondían a la agresiva belleza del texto. Entonces decidí que era necesario preparar una edición bien cuidada, y ya que estaba en ello, con material adicional. Oswaldo aceptó gustoso nuestra propuesta, y fue tan generoso que nos abrió su cajón de los recuerdos cuando le hablamos del material extra, por eso contamos con tantas fotos personales y de juventud”.

¿Qué significa Los inocentes, y por lo tanto la figura de Reynoso, para los jóvenes escritores y lectores peruanos? Explica Lasso: “Es un libro muy comentado e influyente en la última generación de narradores. Lo han leído muchísimos peruanos, y en especial gente de los estratos más bajos, gracias a que el propio Oswaldo se va de gira por los colegios de provincia todos los años. En los espacios sociales desde los cuales se dicta el canon peruano, en cambio, se le ningunea. Antes, en los ’70, se criticaba al autor por ser gay y por usar groserías en sus textos, y ahora se le critica por mantener su ideología de izquierda. Pero si hablamos de un verdadero transgresor en la literatura peruana, de un narrador que debe estar sentado en la misma fila que Vargas Llosa, Bryce Echenique y Arguedas, ése es Oswaldo Reynoso”.

El hablador


Oswaldo Reynoso nació en Arequipa en 1931, y desde adolescente se dedicó por un lado a la literatura, y por otro a la docencia. En 1952 se trasladó desde la Universidad de San Agustín, en su ciudad natal, hasta La Cantuta de Lima, para convertirse en profesor y escritor. Ejerció en muchas universidades peruanas (Huamanga, Villareal, San Marcos, Ricardo Palma), pero además supo ser maestro de escritores jóvenes, que le llevaban –aún le llevan– sus manuscritos. Cuenta Enrique Planas (a quien Reynoso alguna vez le dijo “tienes una buena novela pésimamente escrita”): “Hoy Oswaldo sigue siendo un viejo amigo para los lectores y escritores jóvenes, y un autor incómodo para los colegas de su generación, incorrecto, perturbador para las almas nobles. Extractos de sus libros están en los textos de la enseñanza escolar a pesar de la intolerancia de los directores de colegio y maestros mediocres. De lo que yo puedo dar fe es de una infinita generosidad para quien le pide consejo”.

De lo que se puede dar fe, también, es de la posición atípica de Reynoso en la literatura peruana. Su producción, para empezar, es brillante pero escasa: después de El escarabajo y el hombre, de 1970, permaneció en silencio hasta 1993, cuando publicó En busca de Aladino, y luego, en 1995, Los eunucos inmortales. ¿Qué pasó en esos años de silencio? Reynoso se había ido a vivir a China, donde fue profesor y corrector de estilo en la Agencia de Noticias Xinhua de Beijing. En Los eunucos inmortales, la novela que revive los años de trabajo en China y la revuelta estudiantil que culminó con la masacre de Tian’anmen en 1989 (de la que Reynoso fue testigo), explica el porqué de este exilio voluntario. Escribe: “Quería vivir en un país socialista y tenía la sospecha de que aquí iba a encontrar la felicidad”. Según Planas, “Los eunucos inmortales es un parte aguas en su obra. Nos remite a su experiencia en China, país al que viajó creyendo en la ilusión por encontrar el paraíso. No lo encontró, y lo admite. Pero sí encontró el placer y esa fascinación por la belleza siempre evasiva. Es el primer libro donde se encuentra al hombre maduro fascinado por los púberes, ángeles asexuados, con los que mantiene relaciones de solemne distancia y deseo subterráneo. Creo que ésa es su obra mayor”. Diez años después escribió otra obra homoerótica, llamada El goce de la piel (2005). En 2006 publicó Las tres estaciones, libro de relatos sobre los años universitarios, parte de un material inédito que guardó durante años su hermano. Junto al texto llegaron entrevistas y charlas que acrecentaron la fama de díscolo y disidente de Reynoso. Por un lado, se mostró molesto con escritores jóvenes compatriotas como Jaime Bayly o Santiago Roncagliolo, que según Reynoso son demasiado “ligeros”, el uno en el tratamiento de la violencia política, el otro en el de la homosexualidad. En la misma línea, declaró que a Bryce Echenique se le permite todo “porque tiene un apellido inglés. Por ejemplo, que se presente totalmente borracho en un programa de televisión. Y la alta clase social de Lima lo ha aplaudido y mimado, y ha dicho qué bonito. Lo de Bryce es la manifestación de la decadencia de una clase social”. En marzo de 2007 concedió una entrevista a El Hablador donde reivindicó su marxismo, la posición militante tomada en el primer número de la revista Narración, y se negó a opinar sobre Sendero Luminoso. Poco después, se refirió en público a los años de guerra interna como “guerra popular”, lo que le valió más enojos, acusaciones de “populismo intelectual” e irritaciones de críticos y escritores como Gustavo Faverón Patriau (profesor en el Bowdoin Collage de Maine, EE.UU.) e Iván Thays. Para muchos, Reynoso se victimiza: es un éxito de ventas y cuenta con presencia en los medios y, sin embargo, afirma ser discriminado. Para otros, como Lasso, Reynoso no tiene “el reconocimiento que se merece, ni el lugar que debería ocupar en el canon latinoamericano. Merece traducciones y ediciones en otros países; felizmente los argentinos son los primeros en darse cuenta”.

Mientras tanto, Reynoso prefiere escaparle a las polémicas y continuar trabajando, no sólo en literatura –está escribiendo una novela provisoriamente llamada Huamanga, Huamanga– sino en el taller de narrativa que dicta en su propia casa del distrito limeño de Jesús María. Cuenta, lo sabe, con gran cantidad de fieles y de alumnos; sabe que a los 77 años, con su melena blanca, sigue siendo un escritor joven e incómodo; además, un escritor casi secreto, poco conocido fuera de su patria. “Creo sin vanidad que soy el best seller clandestino del Perú”, decía en una entrevista de 2006. “Mis libros se siguen vendiendo luego de más de cuarenta años, aunque nunca aparecen en la lista de los más vendidos. Es que yo vivo y escribo para el Perú: que mis libros tengan resonancia fuera del país es algo que no me interesa.”

19.4.09

Ranulfo Fuentes Rojas

Luego de una estancia de varias semanas en Lima y en su querido Ayacucho, el gran compositor andino Ranulfo Fuentes Rojas retornará a Barcelona, España, donde preside una importante institución cultural y, además, se da tiempo para desempeñarse como profesor de quechua. Para que la despedida sea emotiva, la revista Festival con un colectivo de artistas presentarán un concierto musical en honor al autor de tan hermosas canciones. La cita es el martes 21 de abril, a partir de las 7:30 p.m., en la Derrama Magisterial, Av. Gregorio Escobedo 598, Jesús María. Hasta el momento, han asegurado su participación destacados exponentes de la música peruana, como Amanda Portales, Kiko Revatta, Juan de Dios Rojas, Luciano Quispe, las hermanas Ascarza, entre otros. Los educadores, estudiantes y jubilados ingresarán abonando media entrada. Informes en los teléfonos 7984000 / 996220408 / Nextel: 402*6823, RPM #676831, RPC Claro 997548690.

En 1970, Ranulfo Fuentes Rojas, nacido en 1940, en la Comunidad de Santiago de Punqui, provincia La Mar, Ayacucho, escribió El Hombre, un hermosísimo huayno que todavía es cantado como una suerte de himno reinvindicativo. Se trata de una canción que, según el propio autor, “intenta pintar la situación infrahumana no solo del Perú sino del mundo”.... -Yo no quiero ser el hombre / que se ahoga en su llanto, / de rodillas hechas llagas / que se postra al tirano... Al poco tiempo, este huayno se convertiría en la página antológica que permitió que Ranulfo Fuentes Rojas fuese considerado como uno de los más representativos compositores de la canción popular andina. Pero, además de El Hombre, Fuentes Rojas es autor de más de doscientas composiciones, como Lucía, homenaje a su madre y con ella a la madre campesina; Hermano, recuerdo esperanzado del hermano ausente; Jilguero, hermosa afinidad con las aves, el tierno escondido amor y su canto libertario; Punchullay, el recuerdo de su madre que en noches de luna, le tejía, el más tierno y blanco poncho; o El Pajarillo, sentido homenaje a Nery García Zárate, quien, junto con su hermano Raúl, formó el prestigioso Dúo García Zárate). En 1990 La etnomusicóloga Chalena Vásquez y el antropólogo Abilio Vergara Soto publicaron el libro Ranulfo, El Hombre, que marcó el inició del proyecto Historias de Vida y continúa con aportes como el del joven estudioso Marino Martínez Espinoza, quien hace unas semanas presentó el libro Manuel Acosta Ojeda, Arte y Sabiduría del Criollismo. Por último, en el 2003, por sus 452 años de creación, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, tributó el reconocimiento “Excelencia Artística” a importantes exponentes de nuestra música como Ranulfo Fuentes, Zenobio Dagha, Victoria Santa Cruz, entre otros.

30.3.09

Soberano y transgresor

Pedro Escribano
La República, Lima, 28/03/2009


La poesía y figura del poeta peruano César Moro, en su tiempo casi proscritas o relegadas a la periferia, hoy en día ejercen un poderoso magnetismo, no solo en los poetas jóvenes, que lo buscan, lo leen y le profesan innegable culto, sino también en los estudiosos y profesores universitarios quienes ensayan nuevas lecturas.

Mariela Dreyfus, poeta, traductora y ensayista –que estudió Literatura en la U. de San Marcos y ahora es profesora de la U. de Nueva York–acaba de sumar un nuevo título, Soberanía y transgresión: César Moro, libro publicado por el Fondo Editorial de la U. Ricardo Palma.

Como anota la autora, el libro reúne cuatro ensayos en torno a la vida y obra del autor de Trafalgar Square. En realidad, explica Dreyfus, se trata de versiones revisadas y actualizadas de un amplio trabajo que fue su tesis doctoral en la Universidad de Columbia, Nueva York, en 1996.

Los cuatro ensayos tienen una secuencia que conducen de la mano al lector a presentar, primero, al ser humano y luego la complejidad y dimensión creadora del artista.

El primero, “Je n’ai pas de Maison: la vida itinerante de César Moro” rastrea la difícil, accidentada e incomprendida biografía del poeta. Pero no se trata de un recuento existencial plano. Dreyfus, con la detallada información que cuenta, asocia aspectos de la obra con los que ilumina y relumbra la vida del poeta. La estudiosa, en ese sentido, no deja cabo suelto.

En el segundo capítulo, “Moro el amor”, Dreyfus ofrece una lectura de la poética del vate en los planos del amor, en donde el poeta es “un soberano” y “un transgresor”. Más aún, si en él opera el amor homosexual. Según Dreyfus se creó un personaje de sí mismo. “Reniega de los valores de la sociedad; no respeta las fronteras de la lengua; se burla de la familia, la patria, la religión; se ha exiliado en cualquier territorio para instalarse en el reino de la poesía. Anárquico y soberano, solo por la pasión se reconoce (...) ( pág. 81). La autora refrenda su juicio con una cita de José Miguel Oviedo que dice que Moro es un “bárbaro ansioso de sangre y erotismo”. En Moro, arriesga opinión Dreyfus a propósito del poemario Ces poèms: “La experiencia amorosa no se recrea ni se evoca sino que se imagina; más que ante los poemas de un enamorado, estamos ante los de alguien lanzado a la cacería del amor, dispuesto a entregarse a una pasión a fin de que se produzca el milagro” (pág. 92). Para nosotros es el capítulo más rico y sugestivo.

El tercer capítulo, “Vasos comunicantes: la poesía y plástica de Moro”, la ensayista trata de establecer correspondencias entre la poesía y pintura del poeta o hallar claves comunes entre ambas.

Finalmente, con el cuarto capítulo, “La tortuga ecuestre: visión y pasión”, Dreyfus cierra el círculo de su estudio. Si en los primeros capítulos ahonda en dimensiones temáticas, en esta última parte ejercita una tarea de exégesis en base de poemas de La tortuga... Prueba que la poesía de Moro está viva.

21.3.09

Con añoranza del Perú

Siu Kam Wen (China, 1951), radica ahora en Honolulu dedicado a trabajar como contador, ha publicado La primera espada del imperio, La estatua del jardín, y Viaje a Itaca. También presentó hace algunas semanas en Lima la reedición de su libro de cuentos Tramo final (Casatomada, 2009).

Cuando apareció La vida no es una tómbola (UNMSM-2008), nada se sabía acerca de Siu Kam Wen, hasta que finalmente estuvo en Lima para presentar su novela. He aquí una entrevista singular.

-¿Cómo define el lenguaje de sus novelas?
-Creo que uso fundamentalmente un lenguaje sencillo y conciso, sin necesidad de recurrir a palabras rebuscadas, porque los autores que trato de imitar son por ejemplo: Stendhal y Puskin, quienes se caracterizan por un estilo sencillo y no preciosista.

-¿Qué importante es la estructura literaria en sus novelas?
-Bueno, toda novela tiene que tener una estructura, una unidad. Por ejemplo en La vida no es una tómbola, hay tres hilos narrativos y al combinarse tiene que producir un todo literario, uniforme, mejor dicho, armonioso.

-¿En qué se diferencia o parece a Isaac Goldemberg puesto que lo dos son migrantes y desarraigados a la vez?
-Hace varios atrás que me comuniqué con él por correo electrónico y coincidimos en que los dos somos, primero: autores que escriben y viven en una Tierra de Nadie porque él usó ese título para uno de sus poemarios. Yo también usé esa palabra como título de mi Blog. Segundo: escribimos fuera del Perú, un país al que literariamente pertenecemos. Pero nosotros, coincidimos en sentir que como escritores estamos en la Tierra de Nadie. Estamos en la periferia de la literatura del Perú y por otro lado, la literatura judía y la literatura china no nos consideran como sus autores. Estamos en el aire, el limbo.

-En todo caso, ¿cómo se considera usted?
-Me considero un escritor peruano, escribo en español, aún cuando mi nacionalidad es norteamericana y soy chino de nacimiento. ¡Ah! Pelguano pe. Otra razón por la que me considero escritor peruano es porque escribo sobre el Perú, sobre mi experiencia y sucesos en el Perú.

-¿Qué temas literarios trabaja ahora?
-Algunas veces se agotan los temas de orden autobiográfico pero está presente el Perú, voy a recurrir a temas imaginarios o fantasiosos, pero sobre el Perú.

-Su libro La vida no es un tómbola está escrito con la añoranza, ¿es verdad?
-Sí, es cierto. Añoranza por mi infancia y juventud, se trata de una novela que cubre diez años de mi vida, desde los 14 hasta los 24, el colegio hasta los días en San Marcos. La vida cotidiana impone tareas, pero la literatura es una opción de vida o muerte.

(De La Primera, Lima, 21/03/2009)