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22.7.08

Redoble por Manuel Scorza

Redoble por Rancas, La danza inmóvil de Manuel Scorza y el libro Homenaje a la palabra de Lilly Hoyle de Scorza, se presentan el 25 de julio a horas 6.30 p. m., en el Auditorio Ricardo Palma. 13 Feria Internacional del Libro. Centro de Convenciones Jockey Plaza. Comentan: Oswaldo Reynoso, Lilly Hoyle de Scorza.

Hace 80 años del nacimiento del poeta y novelista Manuel Scorza y 25 años de su muerte, en un accidente de aviación. La Universidad Alas Peruanas se ha propuesto publicar la Biblioteca Manuel Scorza.

El Fondo Editorial de la Universidad Alas Peruanas, publicará la obra completa de Manuel Scorza; es decir, todas sus novelas, poemas y además un libro titulado: Homenaje a la palabra, texto que reúne su autobiografía, testimonios y entrevistas, cuya autora es Lilly Hoyle de Scorza.

Cuando en 1970 irrumpió en el ambiente literario latinoamericano, la novela Redoble por Rancas, la somnolienta literaria crítica quedó desconcertada, debido a que nunca antes la novelística descubrió la realidad de entonces. Por lo general, la novela en América se ocupaba de fabular, sin tocar el fondo de la realidad social.

Hasta que llegó Scorza y con Redoble por Rancas, América y el Perú empezaron a tener un rostro distinto, sus personajes estaban vivos, luchaban por sus derechos contra la Cerro de Pasco que destruía el hábitat, sus pastizales y la vida de comuneros.

Y sucedió que Manuel Scorza, empezó a escribir novelas con un gran aliento poético, a narrar hechos referentes a una lucha desigual. El Estado Peruano, al servicio del saqueo de sus riquezas, desarrollaba una sistemática represión contra los indefensos comuneros. Entonces, Scorza, supo unir con talento y valentía literatura y compromiso con los más débiles, habló por ellos en distintos lugares de América y ellos también hablaron en sus novelas.

Después publicó La danza inmóvil; Garabombo, el invisible; El jinete insomne, Cantar de Agapito Robles y La tumba del relámpago. Se ha confirmado que se encontró entre los restos del avión siniestrado, a Scorza abrazado de su novela El Descubrimiento.

Su muerte física no sólo significó que se truncara su producción literaria y hayamos perdido la lectura de otras obras mayores en ensayo como si hubiera logrado escribir, la historia de la novela latinoamericana. Ahora, nos hace una falta sin fondo sus juicios políticos acerca del Perú, su coraje para denunciar tanto dolor y latrocinio al amparo de gobiernos, que siempre actuaron contra los intereses del Perú.

(De La Primera, Lima, 22/07/08
)

28.1.08

Crónica y ficción en la obra de Scorza

Escribe
Juan González Soto*

Manuel Scorza ha demostrado que el relato en línea recta, el avance narrativo en porfiada simplicidad, no es la única salida posible para el enfoque del mundo y de la problemática del campesinado indígena. Manuel Scorza no es, naturalmente, el primero en llevar a cabo esta pequeña pero importante proeza. Juan Rulfo había mostrado con Pedro Páramo (México: FCE, 1955) una insospechada propuesta con que sobrepasar lo que venía siendo una especie de desidia de estilo. Hasta entonces parecía que únicamente el ímpetu del tema y su carga de denuncia eran suficientes en sí mismos y eran capaces de exonerar al novelista de otros riesgos estructurales o estilísticos.

El sistema fragmentario ha servido a Manuel Scorza para llevar al lector a un esfuerzo de composición novelesca, de reconstrucción del todo. El lector, así, se ve obligado a establecer las vinculaciones adecuadas, las debidas relaciones, las ilaciones coherentes entre las partes, que nunca han sido nombradas por el narrador más que de una manera implícita, de una forma levemente sugerida. La obra adquiere existencia autónoma y revela sus sentidos sólo tras una lectura atenta y minuciosa. La guerra silenciosa convoca a la libertad y a la creatividad del lector. Le ofrece la posibilidad de elegir, y de atinar o de equivocarse tras la elección; le ofrece la capacidad de componer, acertada o erróneamente, lo que estaba descompuesto en fragmentos. En este sentido, La guerra silenciosa se halla en la más extrema cercanía de la modernidad, porque ―según afirma Emil Volek― modernidad “es el conocimiento cada vez más profundo y matizado del hombre, de la sociedad y del universo; es hacer posible lo que antes no lo era y, de este modo, acrecentar la libertad del hombre y su capacidad real de intervenir conscientemente (para bien o para mal) en el mundo”.

El humor es también un rasgo esencial en todo el ciclo novelesco. Este indispensable y humano amortiguador de la tensión y de la violencia se abre paso con mucha frecuencia a lo largo de la ficción. Y es algo más que un simple recurso. Va más allá de ser un mero suavizador de la tragedia que se cierne sobre los personajes. Quizá sea uno de los más activos resortes con capacidad para superar el pintoresquismo, los marcos geográfico e histórico en que discurren las novelas del ciclo, los ámbitos humanos por los que deambulan los personajes, que son capaces, mediante el humor, de reflexionar sobre las situaciones que viven y sobre el mundo que habitan, también de reflexionar sobre ellos mismos. La vida, compuesta de infinitos fragmentos singulares, logra gracias al humor hacerse universal. Y lectores lejanos ―y aun ajenos― a la problemática novelesca se acercan ―o incluso hacen suyos―, únicamente a través de la sonrisa, hombres y mujeres, inquietudes y felicidades, alegrías y desazones. Se trata, en definitiva, de una arriesgada empresa para el novelista, puesto que desea expresamente superar el realismo superficial. No sólo pretende mostrar cuanto vio, oyó o supo, sino que también desea hacer partícipe al lector de un cosmos en conflicto y pleno de relieves en los que el humor, claro, también ocupa su lugar y ejerce su influencia.

Otro elemento que coadyuva al alejamiento del realismo superficial es el lenguaje. El novelista no se limita a reproducir el habla popular, sino que lleva a cabo una operación de recreación. El barroquismo scorziano, en el que habitan altas dosis de poesía, logra configurar una atmósfera envolvente en que discurren personajes y acciones. El lenguaje, pleno de metáforas y de recursos estilísticos, consigue alejar la designación de novela-crónica o novela-documento e inscribe su escritura en un universo literario imaginativo y elocuente, pero no por ello menos creíble o menos eficaz.

Y todo este despliegue de rasgos tan significativos lo ha llevado a cabo Manuel Scorza cifrándolos en su experiencia vital, como partícipe de las revueltas campesinas de principios de los años sesenta en los Andes centrales peruanos. Resuenan vivamente las siguientes palabras de Ernesto Sábato: “No hay otra manera de alcanzar la eternidad que ahondando en el instante, ni otra forma de llegar a la universalidad que a través de la propia circunstancia; el hoy y aquí. La tarea del escritor sería la de entrever los valores eternos que están implicados en el drama social y político de su tiempo y lugar”.

Manuel Scorza presenció y vivió las acciones de quienes reclamaban sus derechos. Después, urdió un vigoroso monumento literario cuyas partes se nutren de una encendida imaginación, se sostienen mediante el milagroso embrujo de las palabras y consienten nombrar las pesadillas y el sueño de un hombre preocupado por la injusticia en que viven otros hombres y mujeres. Ana María Matute, en su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española, pronunció la esencia de un principio que sin duda alguna palpita en las páginas de La guerra silenciosa: “Siempre he creído, y sigo creyendo, que la imaginación y la fantasía son muy importantes, puesto que forman parte indisoluble de la realidad de nuestra vida. Cuando en literatura se habla de realismo, a veces se olvida que la fantasía forma parte de esa realidad, porque, como ya he dicho, nuestros sueños, nuestros deseos y nuestra memoria, son parte de la realidad. Por eso me resulta tan difícil desentrañar, separar imaginación y fantasía de las historias más realistas, porque el realismo no está exento de sueños ni de fabulaciones... porque los sueños, las fabulaciones e incluso las adivinaciones pertenecen a la propia esencia de la realidad. Yo escribo también para denunciar una realidad aparentemente invisible, para rescatarla del olvido y de la marginación a la que tan a menudo la sometemos en nuestra vida cotidiana”.

(*) Nacido en 1959 en Cabezas del Villar, Ávila. Doctor en Filología, profesor, ensayista, editor y poeta. Ha escrito los poemarios Línea de flotación (1998), Cuerpos, esfuerzos, deseos (2000), Toro o azar (2002), Martel.lus, poeta de Tàrraco (2004) y Lugar cerrado (2004). También es autor del trabajo La palabra labrada. La obra poética de Luis López Álvarez (1995). En 1999 sustentó en la Universidad Antoni Rovira i Virgali, de Tarragona, la tesis Temas y formas en La guerra silenciosa de Manuel Scorza, que obtuvo la calificación de sobresaliente cum laude. El ensayo de González Soto publicado en Wayra proviene de esta valiosa tesis que aguarda ser publicada completamente por algún editor inteligente.

(El texto completo de este importante trabajo se puede leer en
Wayra, Año III, N° 6, Uppsala, segundo semestre de 2007)

14.1.08

El nuevo número de la revista "Wayra"

Ya se encuentra en circulación el número seis de Wayra, la revista semestral de artes y letras del “Grupo Perú” del Centro de Estudios y Trabajo “América Latina” (Cetal). Uno de los temas centrales de esta nueva entrega de Wayra es la obra de Manuel Scorza, quien es recordado a través del ensayo “Crónica y ficción en La guerra silenciosa, de Manuel Scorza”, de Juan González Soto, y del artículo “Cuando la tierra tiembla”, de Patricio Lennard. El número seis de Wayra incluye también otros ensayos igualmente interesantes como “Los cien años de El Perú Contemporáneo, de Francisco García Calderón”, de Osmar Gonzales, “El hibridismo (im)posible: El Pez de Oro, de Gamaliel Churata”, de Meritxell Hernando Marsal, “Ribeyro mujeres y desamor”, de Sara Beatriz Guardia, y “La poesía ‘en peruano’ de Róger Santiváñez”, de Julio León. Esta nueva edición de la revista trae además el poema “Para no ver un asesinato en la calle o que sueñen con un santo (asalto) llamado poesía”, de Salomón Valderrama Cruz, el cuento “La vida no vale nada”, de Mario Guevara Paredes, y la crónica “El 12 de octubre, ¿Día de la Raza”, de Víctor Montoya. Por último, el número seis de Wayra cierra con los comentarios “Sobre los cuentos de Morituri, de Alfredo Pita”, de Dámaso Vicente Blanco, y “Una ventana hacia adentro”, de Andrea Cabel.

Las personas e instituciones que quieran suscribirse, adquirir ejemplares sueltos, iniciar intercambio de publicaciones, enviar alguna colaboración o realizar cualquier tipo de consulta pueden dirigirse al editor de Wayra:

Carlos Arroyo Reyes
Bernadottestigen 19 D
756 48 Uppsala – Suecia
E-mail: carlos.arroyoreyes@telia.com

15.10.07

Manuel Scorza en Argentina

Desde hace varios meses, gracias al empeño y entusiasmo de la editorial De la Campana, viene circulando en Argentina una nueva edición de las novelas Redoble por Rancas y Garabombo el invisible, del recordado escritor peruano Manuel Scorza (1928-1983). Esta iniciativa forma parte de un importante proyecto editorial que contempla la reeedición de El jinete insomne, Cantar de Agapito Robles y La tumba del relámpago, que son las otras tres novelas que integran la saga a la que el propio Scorza le dio el significativo nombre de La guerra silenciosa. Cada una de estas novelas, hasta donde tengo entendido, va acompañada con un prólogo escrito por el poeta y crítico español Juan González Soto, quien es autor de la valiosísima tesis Temas y formas en La guerra silenciosa de Manuel Scorza (1999).

La reedición de Redoble por Rancas, a juzgar por la nota de tapa que el día de ayer apareció en el suplemento cultural Radar Libros, del diario Página/ 12, de la ciudad de Buenos Aires, es algo que no ha pasado desapercibido para la crítica argentina. Nos estamos refiriendo, naturalmente, al artículo "Cuando la tierra tiembla", de Patricio Lennard, que copiamos a continuación.

CUANDO LA TIERRA TIEMBLA

Escribe
Patricio Lennard

Un día del mes de junio de 1983, la esposa de un juez fue secuestrada de su hacienda por combatientes de Sendero Luminoso, y luego ejecutada en una plaza pública de Yanahuanca, departamento de Cerro de Pasco, en los Andes centrales del Perú. Decir que esa mujer era la esposa del juez Francisco Montenegro, y que en el lugar en que la ultimaron transcurre Redoble por Rancas, la novela que en la década del 70 le dio fama internacional a Manuel Scorza, acaso sería invocar una simple coincidencia. Decir, no obstante, que esa mujer es un personaje que aparece fugazmente en la novela, y que su esposo el juez Francisco Montenegro es uno de sus protagonistas; o que ese asesinato, como el autor sugiere en el epílogo a la edición de 1983 de su novela, en parte se debió a lo que allí denuncia acerca de ese hombre abusivo y de su "temida, todopoderosa, legendaria esposa", prueba que los hechos no constituyen sólo una de las tantas noticias policiales que los diarios publicaron ese año en que Sendero Luminoso se cobró el mayor número de víctimas de toda su historia, sino una intrusión de la realidad en la ficción, un efecto colateral de la literatura, una coda sangrienta que se le añadió al texto.

Pero la sangre, también, fue un punto de partida...

Un día del mes de octubre de 1956, luego de que la dictadura del general Manuel Odría lo obligara a vivir ocho años en el exilio a raíz de su militancia política en el APRA, un movimiento que conjugaba el antiimperialismo con una prédica indigenista, Manuel Scorza regresó a Lima. Trabajando como periodista, se enteró de unos levantamientos campesinos que se venían dando en la zona de los Andes centrales, en donde una compañía minera norteamericana, la Cerro de Pasco Corporation, con la connivencia del gobierno, se estaba adueñando de grandes terrenos para crear una división ganadera. Los desalojos masivos y las usurpaciones, y las sucesivas protestas y revueltas, habían dado lugar al encarcelamiento y la matanza de muchos campesinos. Para el momento en que Scorza decidió emprender el viaje e iniciar en el lugar una investigación que le llevaría meses, y que realizaría de manera clandestina, la prensa peruana prácticamente no había hablado del asunto.

"Asistí a las más terribles escenas: prisiones, fusilamientos, masacres, asaltos", recordaría Scorza. Hechos que lo llevaron a comprometerse casi de inmediato con la lucha de los pobladores, aceptando el cargo de secretario en el Movimiento Comunal del Perú, que pugnaba por la recuperación de las tierras usurpadas, y publicando manifiestos de denuncia que le valieron años después una nueva partida al exilio bajo la acusación de "atacar la seguridad del Estado". En los meandros de esa experiencia, en los testimonios recogidos entre los sobrevivientes, en las fotos y grabaciones que acopió como pruebas, Scorza dio con la materia prima de lo que sería su ciclo de cinco novelas que empezaría a escribir en París en 1968, y que tituló La guerra silenciosa.

Redoble por Rancas fue su primera entrega.

En clave politica

Traducida a más de treinta idiomas, lectura obligatoria de quienes en los 70 mantenían el sueño revolucionario, y pretendida culminación de la narrativa indigenista en la que si alguien descolló fue José María Arguedas, Redoble por Rancas es una novela que denuncia los atropellos perpetrados en Perú por la Cerro de Pasco Corporation y por el "gamonalismo", el régimen que se basaba en el poder semifeudal de los latifundistas y en la explotación de los campesinos. Algo que Scorza realiza en su novela adaptando la "cuestión indígena" a los nuevos patrones literarios que había traído consigo el boom latinoamericano y buscando, de paso, imprimirle "eficacia política" al realismo mágico. No en vano, en Redoble por Rancas, Héctor Chacón, su protagonista, tiene el don de ver en la oscuridad, y el Cerco con que la compañía circunda las tierras crece como si fuera un monstruo, descontroladamente. No en vano una partida de póquer llega a durar tres meses, un personaje habla con los animales y convence a los caballos de que abandonen la hacienda de sus patrones para después venderlos, y los personajes escarban agujeros en la tierra para poder, como en Pedro Páramo, contarse de tumba a tumba lo que les ha pasado una vez que ha sobrevenido la masacre que clausura la novela.

Ya por el deseo de amenizar la carga política con dosis de imaginación narrativa, o por la tentación de valerse de una receta exitosa para acceder a un público masivo, Scorza realiza una operación que le permite subirse a la rompiente del boom latinoamericano y obtener una repercusión internacional que sólo había alcanzado en su país Mario Vargas Llosa. Eso hace sin duda aún más sorprendente el olvido en que su obra se ha visto sumida. Una obra que, además del ciclo de La guerra silenciosa, incluye cinco poemarios y una última novela, La danza inmóvil, publicada en 1983, año de su trágica muerte, y con la que el paso del tiempo ha sido ciertamente impiadoso como con gran parte de la literatura a la que alguna vez le cupo el mote de "comprometida".

La lectura en clave política que muchos hicieron de Redoble por Rancas, sujeta a las preocupaciones que la incitaron y al momento histórico al que quedó adherida, se vio alentada por los "efectos" que ésta puso a circular en su universo de lectores. "Como escritor me emociona comprobar que la literatura ayuda, también, a modificar el mundo", escribió Scorza refiriéndose a cómo la publicación de su novela suscitó que el comunero Héctor Chacón, uno de los tantos personajes "reales" que recogió en la ficción con su nombre verdadero, fuera liberado de la cárcel en 1971 gracias a una amnistía firmada por el entonces presidente del Perú, el general Juan Velasco Alvarado. Un hecho al que se le sumó, en 1975, la decisión del general Francisco Morales Bermúdez –quien ese año se había agenciado el sillón presidencial luego de dar un nuevo golpe de Estado– de anunciar en un consejo de ministros celebrado (no caprichosamente) en el pueblo de Rancas que "la reforma agraria era un hecho irreversible".

Mientras en la Argentina Rodolfo Walsh creía que a la novela, ese "género burgués", la superaban el testimonio y la denuncia como categorías artísticas apropiadas para ese contexto por demás convulsionado, Scorza incluía todo en uno y buscaba demostrar que no sólo a través de la censura podía manifestarse la influencia que el poder político le atribuía (se impone el pretérito) a la literatura. En su voluntad de darle una vuelta de tuerca a lo que con los autores del boom se había evidenciado como hecho al dedillo del mercado, Redoble por Rancas y las cuatro novelas que vinieron luego (Garabombo, el invisible, El jinete insomne, Cantar de Agapito Robles y La tumba del relámpago, publicadas entre 1972 y 1979) se formulaban implícitamente la pregunta sobre cómo militar en la propia obra, y arriesgaban una respuesta posible. "Sucede que yo he renovado la novela política indigenista incorporándole una intensa condición poética y onírica", decía Scorza en una entrevista. "Mis novelas, pues, tienen dos niveles: un nivel histórico y un nivel onírico. El nivel histórico muestra la realidad tal como es y, salvo excepciones, la recoge a través de personajes que figuran con sus nombres verdaderos en los libros. En tal sentido son testimonios. Pero al mismo tiempo son máquinas de soñar, porque para mostrar mejor la realidad yo la sueño."

Es esa misma duplicidad sobre la que el autor insiste cuando reconoce que los cinco tomos de La guerra silenciosa "han sido calificados como libros políticos porque se los ha leído mal, ya que han tenido un impacto muy fuerte sobre la política peruana". Quizás en los efectos de esa lectura es en donde se cifra el olvido en que ha caído la obra de Scorza: en cómo sus historias casi regionalistas no han podido terminar de volverse universales ni han prevalecido en su significado mítico.

La novela como testimonio

Al despótico juez Montenegro un día se le cae una moneda del bolsillo. El alcalde, Don Herón de los Ríos, se percata de ello y pega un grito para avisarle. Pero el juez sigue su marcha por la plaza de Yanahuanca sin darse siquiera por aludido. La orden de que nadie toque la moneda se propaga entonces rápidamente por el pueblo. Todos acuden a verla. Nadie se atreve a agarrarla. Y el que lo hace, un borracho mal aconsejado por el aguardiente, la devuelve casi de inmediato, con la expresión del miedo echada sobre su rostro lívido. El pueblo se acostumbra a salir de paseo a admirar la moneda, y su seguridad se vuelve poco menos que asunto de Estado. Eso, hasta que un día el juez Montenegro la encuentra en la plaza y se la lleva, sin sospechar que alguna vez fue suya, otra vez al bolsillo.

Resumir el espléndido comienzo de Redoble por Rancas no sólo sirve para exponer algo de la potente imaginación de Manuel Scorza (que junto a la construcción de personajes y a la eficacia formal que logra en su novela es digna de elogios), sino también para mostrar que el miedo y la sumisión del indio ante quienes detentan el poder es la obvia contraparte de su rebeldía. Así, el plan de Héctor Chacón de matar al juez Montenegro (quien es la encarnación más brutal del abuso de poder, al punto de que en El jinete insomne llega a detener el tiempo y paralizar los ríos) se entrelaza con las revueltas que los campesinos organizan en contra de quienes construyen el irrefrenable Cerco, aunque sin más consecuencia que la derrota y la muerte. Una evidencia que –citando lo que Octavio Paz veía como precariedad en la revuelta como herramienta política– "expresa muy bien la inquietud y la inconformidad de un pueblo que, aunque se amotine contra esta o aquella injusticia, está dominado por la noción de que la autoridad es sagrada". No por nada la revuelta ("la violencia del pueblo") o la rebelión ("la sublevación solitaria o minoritaria") son, a diferencia de la revolución, espontáneas y ciegas. Algo que en los levantamientos que se narran en La guerra silenciosa se trasluce, así como en la certeza de Scorza de que "siempre las rebeliones han acabado en masacres".

Pocos hoy suscribirían una frase de Sartre que se lee el prólogo a Los condenados de la Tierra, de Frantz Fanon, y que dice: "La violencia, como la lanza de Aquiles, puede cicatrizar las heridas que ha infligido". Pocos encontrarían hoy en la literatura de Scorza, e incluso en la de Arguedas, una plataforma política para la insurrección de los pueblos aborígenes. Eso sin contar, por supuesto, que la literatura indigenista ha podido ser leída, con los años, en el marco de las reivindicaciones de grupos minoritarios, no del todo diferentes de las de los negros o los chicanos en los Estados Unidos. Una realidad que no por ser tan diferente a aquella en la que Scorza concibió su obra nos exime de sentir un respeto nostálgico ante sus convicciones políticas y ante su creencia de que la literatura podía ser un recurso de apelación, un instrumento para despabilar conciencias. Algo que él sugiere cuando declaró en una entrevista: "Yo he dotado de una memoria a los oprimidos del Perú, a los indios del Perú que eran hombres invisibles de la historia, que eran protagonistas anónimos de una guerra silenciosa, y que tienen hoy una memoria: poseen estos cinco libros en los cuales pueden apoyarse y combatir. Tienen esa memoria, está dada ya irreparablemente y no se podrá borrar nunca, porque la han adoptado incluso los pueblos en combate; ese es uno de los hechos más emocionantes para mí como escritor. Incluso le diré una cosa: hay grupos políticos en el Perú que han incluido en su ideario el hecho de que sus luchas están contadas en estos libros; es algo, yo diría, sin precedentes".

Escribir la "gran novela social" del Perú fue el verdadero objetivo de Scorza. Aunque ello no implicó para él abrazar sin más la indulgente consigna de "darles voz a los que no tienen voz" ni rehuirle a una búsqueda estética. Más allá de ciertos giros o localismos peruanos (a diferencia de los libros que Arguedas salpica con palabras en quechua), la literatura de Scorza se lee sin glosario. "Yo cierro la novela indigenista dándole una épica y sacándola de la mítica para llevarla a la realidad", dijo tal vez pensando en los "capítulos" que el contexto (y no su pluma) le agregó a sus novelas. Y su gallardía es la del novelista que, más que un autor, se sabía un testigo.