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25.7.08

Mariátegui y los 7 Ensayos

Por Rafael Ojeda

A veces la teoría suele encubrir las vicisitudes políticas y biográficas, ocultando que tras un corpus determinado de ideas, se encuentran vidas en perpetua tensión, hasta traspasar esas limitaciones contextuales, hasta hacerse figuras referenciales del período histórico que los albergó. Un ejemplo típico de pensador que supo armonizar una atroz tragedia personal con una obra que será fundacional de la imagen moderna que tendremos del país, fue José Carlos Mariátegui, quien, en noviembre de 1925, recuperado ya del mal que le había hecho perder una de sus piernas, postrándolo en una silla de ruedas, pudo dedicar algo de su tiempo a organizar y publicar dos libros disímiles entre sí, pero de importancia documental para entender la época en la que fueron escritos, La escena contemporánea y los 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana, en 1928, libros de una importancia a la vez biográfica, si consideramos que fueron los únicos que José Carlos pudo publicar en vida.

Encontramos en Mariátegui a uno de los pensadores peruanos más importantes, si consideramos la resonancia mundial que con el paso de los años fue alcanzando su obra, fundamental si deseamos reconstruir los derroteros políticos y sociales seguidos por una sensibilidad ubicada en el tránsito que media entre la generación novecentista, de García Calderón, Riva Agüero y Belaunde; y la del Centenario, de Porras, Haya, Basadre y Sánchez, como parte de un período de cambios visibles, que vio surgir los primeros alegatos de una noción de identidad nacional, en un país que batallaba por reconstruirse, tras el desastre que había significado la guerra con Chile, como vía crucis en pos de un acceso inclusivo a la modernidad desde nuestra periferia Latinoamericana.

Pero la modernidad en el Perú no solo significó un cambio geopolítico y la reconfiguración económico-social del país, ese paso que Sinesio López ha llamado el tránsito de "una sociedad cerrada de señores a una sociedad de ciudadanos", que fue transformándose con ese cambio de perspectivas en la relación entre gobernantes y gobernados, que fue gestando, de a pocos, la idea de ese nuevo Perú, que dio origen a los cimeros intentos por concretar una noción de peruanidad y realidad nacional.

Este año se celebran los 80 años de la publicación de uno de esos estudios, los 7 Ensayos, libro que resultó el esfuerzo orgánico más audaz de principios del siglo XX, por cimentar una visión global de la realidad peruana en conjunto, anunciando la inquietud por un pensar no colonial, que a partir de una revisión económica, etnocultural, educacional, religiosa y literaria, indagó en una esencia de lo nacional, catalizadora de lo que llamara un "Perú integral".

Contrariamente a lo que se suele pensar los 7 Ensayos no ha sido el primer intento orgánico, global y moderno de representar la realidad nacional, pues pese a que pueden rastrearse antecedentes dispersos en Manuel González Prada, esto lo encontramos concretamente en El Perú contemporáneo, libro precursor, de Francisco García Calderón, publicado originalmente en francés, en 1907, y que tuvo que esperar más de setenta años, hacia 1981, para ser traducido y publicado en nuestro país.

Paradójicamente, el libro de García Calderón, leído por pocos en nuestro país pese al éxito que alcanzó en Francia, en solo unas décadas fue envejeciendo, perdiendo su contemporaneidad, debido tal vez al alejamiento que le había hecho perder el tono de los cambios nacionales, ante la emergencia de un nuevo sujeto que acababa con uno de los conceptos fuerza de El Perú contemporáneo: la idea de raza, al descuidar el elemento indígena y campesino en sus reflexiones sociales, haciendo esto más contemporáneo al libro de Mariátegui.

Pero, ¿debemos acaso entender que un libro de esta magnitud ha envejecido también hasta resultar inaplicable a nuestra realidad? Si consideramos que en estas décadas la sociedad peruana ha experimentado cambios dramáticos, producto de los conflictos generados por la crisis económico-política, los desplazamientos migratorios que han reconfigurado la ciudad, el cambio cívico, aparentemente inclusivo, en el que los gobernados han pasado de ser objetos a sujetos de poder, tras el boom de la informalidad, la violencia política y el impacto brutal de la globalización en la noción de nacionalidad, tras la crisis del ideal de Estado-Nación.

En ese tránsito, tal vez la historia del Perú pueda ser resumida a partir de sus conflictos y fenómenos sociales, algo que de alguna manera los 7 Ensayos había previsto, a partir de los avances en la conformación de una comunidad nacional y una noción ciudadana, con el Perú desplazándose, desde la hegemonía cerrada de la oligarquía de raíces coloniales a comienzos de siglo, que García Calderón pretendía solucionar con una salida cosmopolita y liberal, hacia una frágil democracia de masas de los ochentas, que incidía en lo que Mariátegui había estudiado como el problema del indio, de la tierra y de la descentralización, en la polarización étnica y cultural entre criollos e indios que caracterizó al siglo XIX, y seguida por un trazado histórico que fue desplazándose hacia una entidad intermedia, mestiza, en el acriollamiento y la cholificación del Perú del siglo XX –planteada por Quijano y Nugent–.

Quizás por ello sea los 7 Ensayos, el libro que más lecturas críticas, diversos enfoques, debates y procesos de instrumentalización política ha tenido en nuestro país. Este año se celebran los 80 años de la publicación de uno de esos estudios, los 7 Ensayos, libro que resultó el esfuerzo orgánico más audaz de principios del siglo XX, por cimentar una visión global de la realidad peruana en conjunto. Un texto que pese a su provisionalidad prevista por su autor, que no consideraba acabado ninguno de sus ensayos, y decía que "no lo estarán mientras viva y piense y tenga algo que añadir a lo por mí escrito, vivido y pensado". Una obra que lamentablemente su muerte prematura terminó por frustrar, pero que aún podría servirnos, debido a su incidencia en esa heterogeneidad que producto del auge global e híbrido estamos tentados a olvidar.

(Artículo publicado originalmente en Variedades, Año 100, 3ª Etapa, N° 78, suplemento de El Peruano, Lima, 14/ 07/ 08)

8.6.08

Desmitificar a Mariátegui

Por Raúl Mendoza
La República, Lima, 08/06/08


Con José Carlos Mariátegui, según los estudiosos de su obra, se da un caso especial: en él confluyen el intelectual y el político. Una síntesis que pocas veces ha ocurrido en nuestra historia. Pero luego de su muerte ha sido convertido –como decía Alberto Flores Galindo en un texto de los 80– en el "marxista ortodoxo por excelencia, el guía de la revolución socialista, el sendero luminoso, el Amauta. Una imagen desmesurada y aplastante". Esa mitificación ha impedido una aproximación a algunos aspectos de la vida y pensamiento de Mariátegui con ojo crítico y afán cuestionador.

‘EDAD DE PIEDRA’: ESCRITOR FRÍVOLO

Hoy, para el común de la gente, José Carlos Mariátegui es poco más que el formidable pensador que escribió los Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana y otros textos de izquierda. Pocos conocen su llamada "Edad de Piedra" –así la llamó él mismo– en que como joven periodista escribió sobre temas que sus seguidores soslayaron o tildarían hoy como superficiales. El joven Mariátegui escribía crónicas hípicas, críticas de teatro, notas sociales, cuentos, poemas románticos. Lo mismo se puede encontrar en su producción un artículo sobre el triunfo del caballo Rudyard Ring que una crónica sobre el Señor de los Milagros, o un texto sobre las gitanas. ¿De no haberse ido a Europa, pudo ser Mariátegui solo un periodista de temas de actualidad?

"Las crónicas del joven Mariátegui pueden parecer frívolas, y de hecho lo eran, pero en muchas de ellas ya mostraba preocupación por los desposeídos. En esta etapa se vincula con Valdelomar, los Colónida, y el mundo intelectual, lo cual acaba siendo muy importante en su formación", dice Osmar Gonzales, director de la Casa Museo Mariátegui. El joven que se va a Europa ya tiene una emoción social, aunque no una ideología. "Valdelomar y otros más tenían un discurso fuerte contra el gamonalismo. Y Mariátegui abreva en esas ideas. Ya en Italia articula una propuesta política e ideológica".

El historiador Ricardo Portocarrero, autor del libro Invitación a la vida heroica: José Carlos Mariátegui, textos esenciales señala que lo valioso del joven Mariátegui es que va a contracorriente de su época: la república aristocrática, diletante y modernista, que era el Perú de los años 20. "Habiéndose formado en una sociedad conservadora, tras su viaje a Europa, elabora un pensamiento marxista, incorporando además obras de pensadores no marxistas". Una forma creativa de interpretar la realidad nacional. No obstante, el propio Mariátegui le resta importancia a su etapa juvenil: "Por los caminos de Europa encontré el país de América que yo había dejado y en el que había vivido extraño y ausente", escribió.

MADUREZ: ERRORES DE APRECIACIÓN

Los autores que han escrito de Mariátegui han sido muchos y quienes han señalado errores son pocos. Pero son. En un artículo de 1980, Mario Castro Arenas señala por ejemplo que Mariátegui idealiza a los colonizadores de Norteamérica, por sobre los conquistadores españoles en el Perú. "No estimó que hubiéramos ganado algo, sino más bien perdido mucho con un tipo de colonizadores como los que arribaron a Norteamérica, diezmando implacablemente a los indios, rechazando la fusión de razas, borrando todo vestigio de huella cultural de los naturales (…). Ningún colonialismo es bueno...".

Otros han resaltado los prejuicios de Mariátegui sobre el aporte de negros y asiáticos en la "nacionalidad peruana en formación". Para JCM los negros no estaban "en condiciones de contribuir a la creación de una cultura, sino más bien de estorbarla con el crudo y viviente influjo de su barbarie".

El crítico Marcel Velázquez también ha hecho salvedades al ensayo sobre la literatura peruana, indicando que JCM yerra al considerar que la cultura andina no llegó a la literatura por no tener escritura. "Esta concepción era ya anacrónica para su época; años antes, Adolfo Vienrich había recopilado textos orales andinos en Azucenas quechuas (1904) y demostrado la vitalidad de esa literatura", dice Velázquez en "Los siete errores de Mariátegui o travesía por el útero del padre".

Así como ellos, otros autores han señalado otros "errores" en la obra de Mariátegui. Ricardo Portocarrero contesta las planteadas aquí: "Respecto a la idealización de los pioneros norteamericanos, se trata de una visión anterior a Mariátegui que contrapone la mística protestante anglosajona y su interés por la producción y el desarrollo, con la visión feudal de los conquistadores españoles. Él analiza los modelos contrapuestos, no el caso específico". En el tema de las alusiones a las razas, menciona que "el mayor peso –en su concepto de la nacionalidad peruana por construir– lo tenía la raza andina con su tradición cultural, vinculado a la visión socialista que tenía para el país".

EL ÍCONO: LA IZQUIERDA CULPABLE

Después de la muerte de Mariátegui la izquierda peruana recogió su legado. "Pero en la mayoría de casos los herederos de Mariátegui lo leyeron y lo citaron textualmente, dogmáticamente, antes que debatir y desarrollar sus ideas", dice Osmar Gonzales, de la Casa Mariátegui. De eso hablaba Alberto Flores Galindo cuando señaló en los 80: "La veneración bíblica sustituye a la discusión. De esta manera, y a pesar suyo, Mariátegui acaba convertido en un obstáculo para el desarrollo del marxismo en el Perú". En ese sentido, pedía desmitificar a Mariátegui.

¿Hoy cuál es la vigencia JCM? "Mariátegui murió en 1930. El déficit es no haber podido crear desde entonces una reflexión, una visión creativa del Perú, como él tuvo desde la izquierda. Pero está vigente como el más importante pensador marxista latinoamericano. Su tesis del tema indígena sigue siendo pertinente en el sentido de que los campesinos, la población andina, siguen siendo los excluidos, los no ciudadanos, los más pobres. También está el tema de los trabajadores, la reivindicación de sus derechos. Hoy en muchos casos siguen siendo ciudadanos de segundo orden", dice Gonzales.

¿Qué pasa hoy con el legado de Mariátegui? "Lastimosamente ha pasado a un segundo plano. Hoy todos los que publican algo sobre Mariátegui tienen más de 40 años. No hay estudioso joven que lo haga. Tampoco hay un debate político de sus ideas", dice Ricardo Portocarrero. ¿Qué queda por hacer? Osmar Gonzales dice: "Los Siete Ensayos dieron una visión global marxista de los problemas del país. El ejemplo de Mariátegui es que fue un intelectual que ingresó a la política y trató de acercar ambas esferas. Cuando lo intelectual y lo político se juntan, se potencian muchas posibilidades para el país. Hoy no sólo lo deberían leer sus herederos ideológicos, sino todos los peruanos".

19.10.07

Con Mariátegui en Europa

Emilio Pettoruti, pintor argentino

Mariátegui vino a Milán y lo acompañé cuando pude. Me invitó a pasar unos días en Frascati, donde vivía en una hermosa villa. Fui con la idea de quedarme junto a ellos una semana y me retuvieron casi un mes, lapso que reconozco fue agradabilísimo e instructivo para ambos. Sirvió a Mariátegui para ponerse al corriente de los movimientos artísticos contemporáneos y a mí para conocer las luchas de nuestra América coercionada.

No perdimos el tiempo, por cierto; por las mañanas, él escribía para sus diarios que le pagaban en esterlinas, y yo dibujaba; por las tardes y por las noches, conversábamos de cuántas cosas, mi Dios. Me posó para un retrato que no terminé y que se halla en Lima, en poder de sus familiares. Vivimos juntos en Berlín al año subsiguiente, luego regresó a su patria. Mantuvimos una correspondencia regular hasta que sobrevino su muerte, tan prematura. Fue una pérdida para el Perú. En 1925 escribió sobre mi arte en la revista limeña Variedades, e hizo insertar otro artículo en Amauta, de la cual era director, firmado por Baldomero Sanín Cano.

* * *

Una habitación me aguardaba en el alojamiento berlinés de José Carlos Mariátegui. Fue un verdadero placer encontrarnos de nuevo y reanudar nuestras charlas. Pasamos juntos muy lindos días; recuerdo con un agrado especial que le presenté en la ocasión a un poeta de Colonia, cuyo nombre desgraciadamente olvidé, ser encantador y muy inteligente que dominaba varios idiomas, incluido el ruso. Se hicieron grandes amigos.

A mi alojamiento vino un periodista enviado por la revista Atlántida de Buenos Aires. Se llamaba Julio de la Paz y su misión en Europa, me dijo, era entrevistar a algunos argentinos. Le hice ver los cuadros, bella y frescamente enmarcados, que tenía conmigo, aunque no sin prevenirlo contra el susto que iba a pegrarse. El choque fue violento, a pesar de todo, y se asustó. ¿Cómo hacerle comprender mi arte? Me escuchó hablar sin tomar apuntes; luego fuimos a un café donde lo puse en contacto con Mariátegui, compatriota suyo. En verdad, yo esperaba un artículo sin pies ni cabeza; debo reconocer que escribió una nota afable y, en síntesis, simpática.

(Emilio Pettoruti: Un pintor ante el espejo,
Buenos Aires, Solar/ Hachette, 1968, págs. 146 y 151)

Retrato de Mariátegui que Pettoruti dejó inconcluso en Frascati

7.10.07

Hacia la celebración del 80 aniversario de la publicación de los "7 Ensayos" de Mariátegui


El 8 y 9 de noviembre de 2008 se realizará en la ciudad de Lima, Perú, un importante Simposio Internacional en conmemoración del 80 aniversario de la publicación de los 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928) de José Carlos Mariátegui.

Entre los convocantes a este importante encuentro internacional, figuran algunos de los más notables estudiosos de la vida y obra de Mariátegui, como Estuardo Núñez (Perú), Aníbal Quijano (Perú), Sara Beatriz Guardia (Perú), Antonio Melis (Italia), Roland Forgues (Francia) y Michael Löwy (Francia).

Para inscripciones e información de cualquier tipo, los interesados pueden dirigirse a los siguientes correos electrónicos:

30.9.07

Gamaliel Churata en la blogósfera


Una experiencia digna de encomio es la del blog Gamaliel que, desde Takana-Marka (Tacna, Perú), anima un gran amante de la cultura andina que ha elegido que lo identifiquemos sólo con el nombre de Wilmer. Dedicado exclusivamente a la vida y la obra de Gamaliel Churata, el blog de Wilmer viene difundiendo una serie de textos de lectura imprescindible, muchos de los cuales no se conocían en el Perú. El último de ellos es, por ejemplo, este valioso artículo que Gamaliel Churata publicó en el diario Última Hora, de La Paz, Bolivia, el dos de julio de 1949.


Homenaje a Mariátegui, el hombre matinal

Escribe
Gamaliel Churata

La formación intelectual de José Carlos Mariátegui es, seguramente, la mayor proeza de todos los tiempos americanos. Su radiación espiritual, el fenómeno sidéreo más cautivador. La intención de su obra y sus resultados, la cosecha más jocunda que pueda anotar en su haber un escritor de nuestra América. Sanín Cano, al leer sus Siete Ensayos de la Realidad Peruana, dijo que aquel escritor tenía aliento universal. Waldo Frank atinó sólo a llamarle: ¡Hermano! Por doquiera se le comprendió y se le amó. Es que pocas veces un libro en tal grado encerraba a un hombre. Hubo quien sostuvo que ello se debía a que ese libro encerraba un continente, que era la mayor interpretación de América hecha por un suramericano. Mariátegui volcó en sus páginas -eran páginas periodísticas escritas al dorso de los días urgidos de tragedia y de epitalamio- su mensaje al mundo. Ya podía morir, y se fue. Qué alegría más juvenil la de este maestro austero y noble frente a la muerte y frente a la vida. En carta que escribía no un mes antes de irse a un su camarada, decíale: “entiendo que no tenemos sino espacio para vivir y luchar”. Y así fue cómo quién vivió muriendo, infundía eternidad a unas páginas destinadas a la vida undívaga del tiempo inmutable.

Seguramente la vida de Mariátegui es lo más bello que él hizo. Sus libros lo eran igualmente, eso es verdad. No eran los libros suyos de combate crudo y menos crudamente escritos; eran libros mimados con amor de artífice, su prosa no era la de un polemista de clase, sino la de un artista de clase. Prosa ágil, saltarina, aguda, como venablo, solía adoptar la prestancia de mármoles eternos. Explica esto que CUADERNOS LITERARIOS dedique esta columna para recordar al gran escritor, y renovarle, en nombre de los intelectuales bolivianos, su admiración y su lealtad.

Mariátegui era un hombre de fe. Cultivaba ese don místico de la fe, precisamente porque todo lo deleznable de su vida escapaba dentro de sus dedos por la acción martirizadora del espíritu, sin dejarle sino el derecho a sonreír y luchar! Su fe era marxista. Nunca se llegó a explicar nadie en qué grado el profeta hebreo había atenazado su corazón. Lo efectivo es que arrancaba su marxismo del Génesis, y que lo renovaba a ratos, en el catolicismo griego de Pablo. Aplicando sistemáticamente esta disciplina dialéctica a su país nos explicó el fenómeno de su cultura; el fenómeno de su historia; de su agonía, y quiso establecer que el Perú no podría renovar su grandeza del pasado sino dentro de un sistema de ideas sociales en que desaparecieran los signos de toda injusticia social. Se dio a los humildes, él que era humilde, pero su triunfo no se lo dieron los humildes, puesto que su palabra estaba destinada a acabar con la soberbia de los poderosos. Es así que la prédica de Mariátegui hizo más impactos entre ricos y sabios que entre pobres e ignorantes. En esto, instintivamente, procedía conforme a la naturaleza social de nuestra América, donde solamente los cerebros son capaces de sentir la justicia impersonal y convertirla en hechos de la realidad. Sin este recurso la suya no habría sido la posición de un apóstol, que fue en tanto grado, habría sido cuando más la de un escritor brillante, de uno de los escritores americanos de visión más aguda y de una jerarquía estilística sin paralelo en las letras de este lado del mundo. Pero era un apóstol, se propuso finalidades proselitistas, se dirigió a los humildes, aunque sólo para derrochar el oro de su genio. No sabemos si los humildes lo entendieron. En la Universidad de San Marcos, donde le regatearon la cátedra de Economía Política, aunque la masa de estudiantes la pidiera –como para otros escritores soterrados la pidieron a la caída de Leguía- dio un cursillo de divulgaciones en esta materia. Entonces pudimos comprender hasta qué grado el fino y pulcro escritor podía descender a la fabla salvaje de la calle para hacerse entender de ella. Cierto es también que la suerte de Mariátegui como profesor no fue la del maestro. Como maestro su misión no tiene semejante. La suya fue una palabra que descendía, con toda su firme inclinación beligerante, del cielo, como la voz bautismal que invocó Jesús en el Jordán. Su misticismo habría sido repudiado por los escribas del marxismo, pues su delito era ser bella. Los escribas, del marxismo o de cualquier secta confesional, odian la belleza, que los ciega. Sin embargo es necesario dejar establecido que sin la belleza latina de su prosa sus ideas habrían ido muy poco más allá de lo que van las tesis para colación de grado.

En Mariátegui no todo era peruanismo. El había recibido el bautismo espiritual en Francia, de manos de Henry Barbusse. Su primera revista debió llamarse como la de éste: Claridad, encontró un movimiento terrígena anterior: el Titikaka, que imponía, acaso, con dolencia, el retorno a la tierra. De este modo Mariátegui trocó Claridad en Amauta, y en su primer número consignó páginas de exaltación de la poesía indigenista que allí prendiera. Su exploración del mundo indígena, fue, entonces, teórica. Precisamente por eso es más admirable porque con raras excepciones casi todos sus planteamientos son de una pasmosa exactitud. No obstante, en algunos sentidos se observa que la visión del teórico no posee el argumento de la observación directa. Cuando enfoca el problema de la tierra no discrimina entre el valor real del latifundio y la parcialidad; y es de los que cree que en el imperio incásico puede encontrarse una base de organización comunista. En este error incurren casi todos los teorizantes del problema del indio; y es que se sirven del documento colonial, mal condicionado y peor interpretado. Solamente cuando se penetra en el examen de la realidad objetiva los descubrimientos se suceden unos a los otros, y se sabe en qué grado la nomenclatura en uso es falsa y traiciona el contenido histórico de la realidad incaica, la cual poseyó un grado tal de sistematización administrativa, que aún hoy subsisten sus instituciones aunque metamorfoseadas o desfiguradas por la catequesis jesuítica. Sin embargo, Mariátegui será siempre el primer escritor americano que aplicó esta interpretación socialista al estudio del problema de la tierra.

En todo sentido el suyo es un análisis regido por este sistema especulativo. Cuando analiza la historia de su país y su cultura sabe encontrar los factores de la herencia, no siempre en su significación negativa, sino, lo que vale más, en aquellos aspectos en que la Colonia constituye un punto de partida de la realidad americana. Entonces podemos aseverar que la interpretación de Mariátegui es magistral y definitiva. Nadie, dicho sea entre líneas, examinó con mayor severidad y agudeza el problema político civilista y nadie estableció la maléfica influencia que en la formación del espíritu peruano tuvo este partido, que era en realidad casta heredera de las taras coloniales, increíblemente empecinada en mantener su subsistencia dentro del Perú contemporáneo, a trueque de inmovilizar a un pueblo.

Qué grande y noble era este maestro! Cuando le visitaban admiradores que acudían de toda América; de México, lo mismo que de la Argentina, de Bolivia, lo mismo que de Colombia, encontraban en él al mutilado del carrito de manos, cuyos ojos fulgían con resplandores sublimes. Hubo un pintor argentino –el gran José Malanca- que mientras permaneció en Lima tomó a su cargo inducir el carro de José Carlos Mariátegui por las calles, pues sentía que nadie en ese momento de América era más grande y más digno de veneración que ese glorioso luchador del pueblo. José Carlos tenía siempre para estos romeros de su presentida inmortalidad, la palabra llana y viva. El recuerdo exacto y la cita precisa, como para dar a entender a quienes le amaban que él no era sino un pebetero en que se consumía el espíritu de América, de la nueva América, de aquella que amanecía o amaneció en él. Uno de sus ensayos menos marxistas se titulaba: El Alma Matinal. Todo lo que en él se anuncia es su espíritu. Niño sin fortuna y con padres pobres tiene que hacer de su taller su escuela, y aunque proviene de una de las más linajudas familias españolas del Virreynato, debe hacer vida de proletario. Es un tipógrafo, mientras su endeble naturaleza se lo permite, pasa reporter, a cronista; y ya entonces deslumbra su genio estético porque es un intérprete emocionado de esa Lima que inmortalizó Ricardo Palma y le dedicó crónicas, lo mismo a una corrida de toros que a la procesión del Señor de los Milagros. Asiste así, en Europa –y en tres años se apropia de cuatro idiomas- a la primera guerra mundial y extrae el alma trémula y agonista con que regresa a Lima, a perder las extremidades y ganar la gloria...

El tiempo justificará nuestro entusiasmo por esta figura señera; pues la república en la que sus palabras alcanzan resonancia se dilata en la medida en que su forma humana huye de la aprehensión angustiada de los americanos de hoy.