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22.1.08

Arguedas en el diario de Ángel Rama

8 de marzo de 1980: Relectura tensa y jocunda de la novela de Arguedas, Los ríos profundos, sobre la que quiero escribir para la reunión de Texas el 20 de marzo (1). Admiración por su escritura precisa y rápida, por el movimiento empinado de la acción, por los niveles de la construcción que la transforman en una "ópera" más que en una novela. La fabulosa ópera de los pobres (2).

Quisiera obviar todo lo consabido sobre los indios y ver el libro exclusivamente como la esmerada obra de arte que es, que me recuerda justamente los orígenes de la ópera en el Renacimiento italiano, tratando de captar la estructura de la tragedia griega. Mejor escrita que los Cien años, con un don poético esencial, ríspido, original, que maneja pasmosas visiones. Mucho Dostoiewski secreto y narradores nórdicos como en Rulfo (Hamsun, Lagerloff, Laxness) y sobre todo una violencia delicada que pone en ascua a toda la historia, le da un fuego que ilumina y no quema.

25 de marzo de 1980: Trabajo concentradamente en el ensayo sobre Arguedas que calculo tendrá una dimensión suficiente para proporcionarle un fragmento a Ortega para las Actas de su Coloquio y otro a Cornejo para el número de su revista dedicado al homenaje a Arguedas. Con ese motivo he revisado lo que he escrito sobre él a lo largo de esta década desde su muerte y es prácticamente un libro. Podría reunir todo haciendo un volumen de unas 200 páginas que podría titularse, siguiendo el proyecto con que lo inicié para un más ambicioso libro: Los transculturadores narrativos - José María Arguedas, pues alguna vez me propuse considerar esas operaciones narrativas con el examen de Arguedas, Guimaraes Rosa, Rulfo y García Márquez. No la haré ya. De todos, trabajé insistentemente sobre Arguedas y el análisis que estoy haciendo de Los ríos profundos concluye esa parte que puede funcionar como el modelo para los otros casos que ya no tendré tiempo de hacer (3). Pero no puedo imaginar que nadie se interese en el libro. No puedo imaginar que nadie se interese por un libro mío. No sé si esto es parte de mi enconada autocrítica, o una comprobación objetiva.

(Ángel Rama: Diario 1974-1983,
Caracas, Ediciones Trilce, 2001, págs. 136-137 y 145)

Notas

(1) Es el simposio "José María Arguedas: Literature and Andean Society".
(2) "La novela-ópera de los pobres" es el título del ensayo que el gran crítico uruguayo Ángel Rama (1926-1983) consagró a Los ríos profundos y que integra el volumen Transculturación narrativa en América Latina (México, Siglo XXI, 1982).
(3) Finalmente los trabajos sobre Arguedas integraron el libro mencionado en la nota anterior.

2.12.07

El Vallejo de Elena Garro

A mí me gustaba César Vallejo. Nunca entendí la manía que le tenía Pablo Neruda ni la persecución que ejercía contra él. En España Pepe Bergamín me dijo: "Envidia de La Chirimoya". (Así llamaba a Pablo. Ambos llevaban una riña encarnizada, a tal punto que después de que Pablo recibió el Premio Lenin, el Comité Ejecutivo del Partido Soviético tuvo que intervenir, llamar a los dos y obligarlos a terminar la querella.) Esto lo contaba Pepe Bergamín, riéndose con gran malicia. Pero a pesar de las "paces" impuestas, Bergamín continuaba llamándole "La Chirimoya". "¿No recuerdas que era muy envidioso? Y como los dos eran poetas de América, pues no se lo perdonaba, sobre todo que Vallejo era mucho mejor poeta que él, ¡"La Chirimoya" no era tonta y lo sabía...!".

Sí, algo pasaba con César Vallejo, estaba muy aislado, vivía con Georgette, su mujer, en un hotelito muy pobre del barrio latino y formaban una muy hermosa pareja: ella menuda, blanquísima, de ojos verdes de gato y él enjuto, alto, moreno, de rasgos indígenas muy severos. Estaban muy pobres e iban vestidos con ropas raídas y ligeras para la crudeza del invierno. Georgette, siempre muy cerca de él, levantaba la vista para contemplarlo con veneración. Una noche en la que fuimos con ellos a un mitin, Vallejo quiso colocarse hasta adelante, para no perder ni una palabra de lo que allí se iba a decir. El teatro estaba repleto y nos quedamos de pie en el pasillo, muy cerca de la escena. A mí no me interesaban los oradores, me fascinaba el rostro grave de Vallejo, como si estuviera devorado por un terrible sufrimiento, y no pude quitarle la vista de encima. Él se dio cuenta de cómo lo miraba y me echó un brazo al cuello, sin dejar de escuchar a los oradores. A su contacto, me invadió una corriente de bondad que nunca más he vuelto a sentir. Aquel hombre era un hombre aparte, era un poeta. Creo que la poesía va unida a la profundidad de la bondad. Todavía veo su suéter de lana cruda y sus ojos trágicos.

César Vallejo nunca se quejo. Tal vez sabía ya que el hombre moderno tiene el corazón de piedra y que era inútil pedir socorro. Nosotros no podíamos imaginar la miseria que sufría: los jóvenes, o cuando menos yo, carecen de imaginación para adivinar el sufrimiento y el terror que ocasiona el hambre. Yo sentía que Vallejo era desdichado, pero no sabía la causa a pesar de su mirada febril y terriblemente profunda. Vallejo se sabía el elegido de la desdicha. Los mayores conocían a fondo el drama de Vallejo, pero preferían el mutismo y hacerle el vacío. El desdichado nunca tiene razón, siempre es culpable. Esto lo he comprobado a lo largo de mi ya larga vida. Nos- otros sabíamos que Neruda no lo quería, pero no imaginábamos que su poder fuera tan grande como para hundir a César Vallejo en aquella desgracia. Poco tiempo después supe que Vallejo había muerto de hambre en París. ¡De hambre! No era una frase, era una terrible verdad. Su muerte me produjo una impresión extraña. Los comunistas tenían razón: unos eran demasiado ricos y otros demasiado pobres, y esto se daba hasta entre los propios comunistas.

En Nueva York, durante la segunda guerra mundial, conocí a Gonzalo More, el mejor amigo de César Vallejo. Ambos eran peruanos. En el restaurante Sevilla y en el hotelucho Jai-Alai, Gonzalo me hablaba de César. Se habían conocido desde jóvenes. A Gonzalo le preocupaba mucho Georgette, que pasaba la guerra sola en Francia. No le preocupan los manuscritos de Vallejo: "Yo sé que Georgette los guardará mejor que su propia vida", concluía en el cafetín de Bank Street. Y así fue. Después de la guerra un diplomático peruano, Roca, buscó a Georgette para pedirle los manuscritos de César. Ella no quiso entregárselos. Si en Perú querían editar a Vallejo, ella iría a vigilar la edición. Hubo un forcejeo y al final Georgette se fue al Perú con los papeles de César. Después sólo he escuchado: "¡Ah, esa mujer!", "¡Ah, esa mujer nefasta!". Y me asombra la frivolidad de los que la juzgan, ya que ni la conocieron ni conocieron a Vallejo, ni supieron el gran amor y el grave sufrimiento que los unió para siempre. Yo digo: "¡Ah, los advenedizos"...

(Elena Garro: Memorias de España 1937,
México, Siglo XXI Editores, 1992, págs. 138-140)

19.11.07

Los apremios del poeta Eguren

Viendo sus amigos que [José María] Eguren se debatía en la pobreza, y conociendo la invencible delicadeza del poeta, imaginaron un medio para ayudarlo económicamente. Isajara [Isabel Ramos Bodero] no quiere que este aspecto llegue a las letras de molde pero el cronista, seguro de que con ello no se hace daño a nadie, ni a la memoria del poeta ni a la reputación de los que fueron verdaderos amigos suyos, no puede vencer esa indiscreción que es superior a la promesa, por el hecho de llevar en sí rasgos positivos. Dos o tres amigos convinieron en decirle a Eguren que sus acuarelas habían gustado muchísimo a un señor que solía hacer viajes frecuentes a Nueva York, quien había solicitado algunas para exhibirlas o venderlas en aquella metrópoli. Cuando Eguren escuchó de boca de Isajara tan excelente noticia, permaneció confuso e incrédulo, sobre todo al saber de que sus acuarelas iban a ser compradas al contado. ¡Todo había pensado Eguren, menos que sus pinturas podían ser materia de especulación artística y económica en Nueva York! Mas como las seguridades que se le dieron fueron tan concretas, el ingenio socarrón jamás sospechó que otros le iban a sacarronear generosísimamente. Y se puso a trabajar. Esto ocurrió allá por los años 30 o 32, antes de que sobre el espíritu del poeta cayera una tremenda desilusión que había de paralizarlo posteriormente, y hasta el fin, en casi todas sus actividades aleatorias, y aún en las que se relacionaban con su poesía misma. Solía llevar el poeta a casa de sus amigos sus pequeñas acuarelas debajo de las cuales firmaba con Joesem, por las que les pagaban cantidades que le permitían cubrir las más imperiosas necesidades de su casa, porque Eguren tenía dos o más personas por quienes responder. Estas transacciones se llevaban a cabo con discreción y regularidad, pues el señor de Nueva York venía a Lima con cierta periodicidad. Como todo artista, Eguren era susceptible a las caricias de la Fama, quizás si más todavía que a las de Creso. La inocente y generosa comedia se desenvolvía sin tropiezos, para alegría de unos y otros, porque todos recibían contento con la trama. Mas un día, Enrique Bustamante y Ballivián, íntimo amigo y admirador de Eguren, al descubrir lo que se desarrollaba detrás de la tramoya, le relevó a su amigo el juego."¿Pero José María —le dijo—, como crees que tus acuarelas pueden ser exhibidas en Nueva York? … ¡Estas son cosas de Isabelita!". Eguren se quedó de una pieza y sin esperar más fuese volando a la Casa Columbia. Al saber Isajara el motivo de la visita de Eguren, se quedó a su vez de una pieza, sobre todo al tener conciencia de que la revelación hecha por Enrique tenía autoridad suprema. Pero Isajara reaccionó rapidísima e inteligentemente. "¡Este Enrique es de lo más curioso! ¡Qué cosas las que quiere hacerte consentir él! Y para que te convenzas, te voy a presentar al señor Durán que es la persona que se interesa por tus acuarelas, y que debe llegar uno de estos días". Y en efecto, llegó el señor Durán, a quien hubo que confiarle el sentido de la comedia, recomendándole que se mostrara lo más parco en palabras porque Eguren era sutil. Tenía el pálpito de los inocentes. Y Durán desempeño su papel, a maravilla, como un verdadero "marchand de tableaux". Ese fue el acto más conmovedor de la comedia, en el que el personaje principal recupera la fe perdida, no sin antes haber caminado por el borde de un precipicio.

(Ernesto More: Huellas Humanas,
Lima, Editorial, San Marcos, 1954, págs. 115-117)

13.11.07

Domingo Martínez Luján

Entre mil novecientos once y mil novecientos doce, La Opinión Nacional, el elegante diario de don Andrés Avelino Aramburú tenía sus oficinas y sus talleres en la calle del Correo, en la zona que hoy ocupa la sección apartados. Todavía no habían llegado a esos talleres los linotipos. Entiento que La Prensa y El Comercio ya los tenían. En La Opinión Nacional, el chivalete seguía siendo rey. Colaborábamos, regularmente Roberto Badhan, Abraham Valdelomar, Félix del Valle, yo y quizá alguien más que se me escapa. A mi cargo estaba la sección "Alrededor de la crónica". Domingo Martínez Luján era de los visitantes habituales; pero no era, no podía ser, colaborador regular. ¿Qué regularidad podía esperarse de Domingo? Pocas veces un hombre ha sido tan dura y trágicamente víctima de los filisteos y de los fariseos, como el pobre Domingo, quizá el primero de nuestros líricos románticos; más grande, sin duda, que ese tambor mayor que fue José Santos Chocano. Pero Chocano era un hombre y un aventurero. Un conocedor de la vida y todos sus recovecos. Domingo era niño, un colegial con vocación de eremita e ignoraba completamente las cosas del mundo. El alcohol lo aprisionó inexorablemente. Y cuando se dio cuenta de que las terribles garras del veneno ya no iban a soltarlo, se limitó a cantar esa alegre elegía que empieza diciendo: "mientras lloren las viñas, yo beberé sus lágrimas". Estos versos salvan a un poeta y consolidan una gloria y una fama. Domingo vivió y murió como un niño mendigo. Nadie supo lo que el Perú tenía mientras Domingo vivió. Nadie supo lo que el Perú había perdido cuando murió Domingo. Dejó una obra trunca y vaga en la que el genio es un relámpago. No le fueron conocidas la piedad y la ternura. Nadie se las brindó.

(Federico More: Andanzas,
Lima, Editorial Navarrete, 1989, pág. 52)

BRINDIS

(Poema de Domingo Martínez Luján)

Dame la lira,
esa que es anacreóntica que pasa;
pero que tiene distensión de nervios
que emiten notas que parecen almas;
dame esa lira
que cantar quiero y en mi vaso escancia
el vino rojo que parece sangre
y mientras canto y bebo, bebe y baila.

Venga la musa
a refrescar un cráneo con sus alas;
no la que en medio al popular tumulto
imita a Orfeo si su numen canta,
sino la musa de mirar lascivo,
de seno eréctil y flotante falda
que en el festín de los paganos dioses
aloja el néctar en las copas áureas.

Y viva el vino
que hace soñar con desnudeces de hadas;
con rostros de doncellas que suspiran
por mancebos que mueren sin besarlas;
y viva el vino porque el vino tiene
notas, latidos, pensamientos y alas...

Mientras lloren las viñas,
yo beberé sus lágrimas.

7.11.07

Los sueños de Chocano

Alojado como [José Santos] Chocano en el Hotel Santa Cruz de la calle de Alcalá, durante mi primera estancia en Madrid, tuve ocasión de vincularme con los literatos y poetas españoles, íntimos amigos y colegas del poeta peruano. Y así conocí yo a Rubén Darío, creándose entre el maestro y su oscuro admirador peruano un vínculo de simpatía que él reflejó en una significativa dedicatoria de Prosas Profanas. Uno de los rasgos geniales de Darío era su bondad y su carácter infantil en contraste con Gómez Carrillo, malicioso, chispeante y lleno de intención, diríase un granuja genial de las letras. Conocí también a Amado Nervo y me sedujo desde entonces su sentido místico y la dulzura de su trato, amistad que debería cultivar de nuevo en Montevideo hasta su muerte. En aquellos animados almuerzos del Hotel Santa Cruz oía a Rubén leer con voz pausada su cordial dedicatoria al nuevo libro de Chocano Alma América: Hay un tropel de potros sobre la pampa inmensa./ ¿Es pan que se incorpora?/ No, es un hombre que piensa…

Chocano, entre broma y serio, hablaba de su futura candidatura a la presidencia de la República, a veces, de la restauración del Incario. En cierta oacasión le preguntó Rubén: ¿Qué me harás, José Santos, cuando seas Emperador? Te haré Virrey de Guatemala, le repuso Chocano.

(Víctor Andrés Belaúnde: Trayectoria y destino. Memorias Completas,
Lima, P. L. Villanueva, 1967, Tomo I, pág. 317)

29.10.07

El poeta Juan Parra del Riego

En una de esas tardes de mis constantes visitas fue Zorrilla [de San Martín] quien me presentó a Juan Parra del Riego. Escuchaba arrobada las hermosas estrofas de la leyenda patria, cuando las notas de un violín surgieron de pronto entre la resonancia enfática del poema. La música venía de muy cerca, sin duda de la pieza contigua. Observando el poeta mi sorpresa, interrumpió la recitación. "Es mi hijo Juan; está con él un poeta peruano. ¿Te gustaría conocerlo?". Y el anciano que me dio el nombre que llevo había que señalar también mi destino de mujer ese día.

Un mes después, Parra del Riego y yo nos casábamos. Fueron nuestros testigos, entre otros, el poeta Julio Supervielle, el escritor Eduardo Dieste, su hermano Enrique, el escultor Bernabé Michelena, Waldemar Curbelo Brum. Todos aquellos que creyeron en nuestra felicidad y dieron testimonio de una edad que estaba muy lejos de tener, pues miembros de mi familia y las propias monjas se oponían a esta boda de una niña con un poeta, minado por la tuberculosis.

El poeta, ya delicado de salud, obtuvo el premio que la Municipalidad de Montevideo otorgaba cada año al mejor canto al Carnaval. El canto extenso y maravilloso que había de recitarlo una hermosa noche al aire libre en el Prado de Montevideo. Los escritores, los pintores, los escultores, estudiantes y pueblo acompañaron al poeta en esa gran noche.

Parra había publicado Himnos del Cielo y de los Ferrocarriles, Polirritmos y Blanca Luz. Parte de esta poesía había recorrido América a través de la garganta mágica de Berta Singerman, amiga predilecta del poeta. En esa noche inolvidable, Parra ya estaba consagrado, estaba mimado por la fama y la gloria.

No sólo fueron los artistas sus mejores amigos. Contaba con la amistad y la admiración de grandes políticos como Lorenzo Batlle, Emilio Frugoni, el Presidente de la República Baltasar Brum, de Eduardo Blanco Acevedo, Santín Rossi, de la poetisa Esther de Cáceres, Maruja Blanco Acevedo, de Juana de Ibarbourou que me llamó siempre "Blanca niña".

Viajamos a Buenos Aires invitados por los escritores argentinos que participaban también de aquella euforia lírica y fraternal. Regresando después a Montevideo donde nos esperaba nuestro hogar. Parra estaba gravísimo cuando nació nuestro hijo, un año después de nuestra boda.

Él había caído víctima del "mal terrible y solitario" como llamaban a su enfermedad. En un cielo dramático y oscuro vino a ocultarse aquella estrella radiante que había iluminado un amor romántico y fugaz.

Sus amigos no eran ajenos a la tragedia que se aproximaba y establecieron una guardia fiel en torno a su lecho. El Padre Fuel, director del Seminario de Montevideo, llevaba cada día la comunión al enfermo, y yo me separé de él sólo dos días, para dirigirme a la clínica donde había de nacer mi hijo, regresando inmediatamente a su lado. Seis días después de nacer el niño, el poeta cerró sus ojos en mis brazos. Él tenía al morir treinta y tres años, y yo veintidós.

(Blanca Luz Brum: Mi vida. Cartas de amor a Siqueiros,
Santiago de Chile, Editorial Mare Nostrum, 2004, págs. 43-45)

19.10.07

Con Mariátegui en Europa

Emilio Pettoruti, pintor argentino

Mariátegui vino a Milán y lo acompañé cuando pude. Me invitó a pasar unos días en Frascati, donde vivía en una hermosa villa. Fui con la idea de quedarme junto a ellos una semana y me retuvieron casi un mes, lapso que reconozco fue agradabilísimo e instructivo para ambos. Sirvió a Mariátegui para ponerse al corriente de los movimientos artísticos contemporáneos y a mí para conocer las luchas de nuestra América coercionada.

No perdimos el tiempo, por cierto; por las mañanas, él escribía para sus diarios que le pagaban en esterlinas, y yo dibujaba; por las tardes y por las noches, conversábamos de cuántas cosas, mi Dios. Me posó para un retrato que no terminé y que se halla en Lima, en poder de sus familiares. Vivimos juntos en Berlín al año subsiguiente, luego regresó a su patria. Mantuvimos una correspondencia regular hasta que sobrevino su muerte, tan prematura. Fue una pérdida para el Perú. En 1925 escribió sobre mi arte en la revista limeña Variedades, e hizo insertar otro artículo en Amauta, de la cual era director, firmado por Baldomero Sanín Cano.

* * *

Una habitación me aguardaba en el alojamiento berlinés de José Carlos Mariátegui. Fue un verdadero placer encontrarnos de nuevo y reanudar nuestras charlas. Pasamos juntos muy lindos días; recuerdo con un agrado especial que le presenté en la ocasión a un poeta de Colonia, cuyo nombre desgraciadamente olvidé, ser encantador y muy inteligente que dominaba varios idiomas, incluido el ruso. Se hicieron grandes amigos.

A mi alojamiento vino un periodista enviado por la revista Atlántida de Buenos Aires. Se llamaba Julio de la Paz y su misión en Europa, me dijo, era entrevistar a algunos argentinos. Le hice ver los cuadros, bella y frescamente enmarcados, que tenía conmigo, aunque no sin prevenirlo contra el susto que iba a pegrarse. El choque fue violento, a pesar de todo, y se asustó. ¿Cómo hacerle comprender mi arte? Me escuchó hablar sin tomar apuntes; luego fuimos a un café donde lo puse en contacto con Mariátegui, compatriota suyo. En verdad, yo esperaba un artículo sin pies ni cabeza; debo reconocer que escribió una nota afable y, en síntesis, simpática.

(Emilio Pettoruti: Un pintor ante el espejo,
Buenos Aires, Solar/ Hachette, 1968, págs. 146 y 151)

Retrato de Mariátegui que Pettoruti dejó inconcluso en Frascati