24.2.09

Cuatro novelas del salitre

Óscar Colchado
La República, Lima, 21/02/09


Yo siempre leo sobre lo que voy a escribir o estoy escribiendo. ¿Y qué estoy escribiendo? Una novela, aún no sé si breve o larga, sobre el tiempo de las salitreras en Chile. Hace exactamente 100 años que ocurrió una masacre de obreros donde murieron alrededor de tres mil, entre chilenos, peruanos, ecuatorianos, bolivianos y argentinos. Y... ¡cáiganse de la sorpresa! Allí estuvo también Luis Pardo, el famoso bandolero peruano trabajando como obrero, quien este año cumple cien años de su muerte en una balacera en los Andes.

Y bueno, las novelas que me están sirviendo de base son: Norte Grande de Andrés Sabella, Hijo del salitre de Volodia Teitelboim, La reina Isabel cantaba rancheras de Hernán Rivera Letelier, Santa María de las flores negras del mismo autor, Chacón de José Miguel Varas, Fulgor y muerte de Joaquín Murieta de Pablo Neruda, Hechos consumados de Juan Radrigán (estos dos últimos son de teatro), aparte de revistas o ensayos. Todo este material me los envía mi buen amigo Marco Chandía, de Valparaíso, quien está haciendo un estudio de las obras de José Diez Canseco y su relación con el mar.

9.2.09

Retratos de historia y dolor

José Clemente
La Primera, Lima, 31/01/09


Han pasado casi 130 años de la guerra de Chile contra el Perú y las heridas, para bien o para mal, no cicatrizan del todo. Más de un siglo y ambos países siguen trenzados, salvando las distancias históricas, en diferendos geopolíticos y comerciales. A Renzo Babilonia Fernández Baca, joven periodista y fotógrafo de profesión, además de docente de tres importantes universidades peruanas, no se le ocurrió mejor proyecto hace cinco años que indagar en uno de los capítulos poco tratados de aquel episodio bélico: La fotografía durante la Guerra del Pacífico. Investigación que le ha permitido conseguir algunas imágenes inéditas en el Perú, en su afán primordial de rescatar la labor de los primeros fotógrafos peruanos en el siglo XIX.

Quién podría pensar que mientras Chile ya le había declarado la guerra al Perú y miles de soldados se preparaban para resistir en Tarapacá e Iquique y otros tantos valientes marinos se alistaban para defender el mar peruano de la invasión enemiga, un grueso contingente de la Compañía Española de la Guardia Urbana se reunía frente al Palacio de Exposición de Lima para colaborar con el orden en la ciudad. No sólo era la época de los soldados y voluntarios de a pie, lo fue también de conocidos y casi anónimos fotógrafos que empezaron a retratar los tristes y heroicos capítulos de aquel infausto episodio.

El periodista Renzo Babilonia Fernández Baca cree en dos tipos de estos hombres que empezaron a reflejar aquellos hechos que duraron más de cuatro años: los que habían instalado sus estudios fotográficos con fines de lucro sin importarles la coyuntura bélica que se inició en 1879 y los que usaron este medio como paralelo a sus objetivos patrióticos y filantrópicos. Babilonia resalta mucho la presencia de los estudios fotográficos de aquella data como Courret (francés), Castillo y los aportes de Benjamín Franklin Pease, un ciudadano norteamericano que llegó al Perú para afincarse y contribuir con sus virtudes. En sus correrías investigativas, el autor de La guerra de nuestra memoria, crónica Ilustrada de la Guerra del Pacífico no sólo se ampara en fuentes nacionales sino extranjeras de Chile, Argentina, Gran Bretaña, etc.

Apela a imágenes conmovedoras posteriores a enero de 1881, como la inspección de las tropas chilenas en el campo de batalla de San Juan, luego de la heroica resistencia peruana. En ella se aprecia al comandante del batallón ‘Navales’ Martiniano Urriola y al general Marcos Segundo Maturana junto al diezmado campamento peruano tras la línea de defensa de los cerros, soldados muertos, personal de las ambulancias chilenas y un cañón Grieve peruano capturado por la tropa enemiga.

También se puede apreciar a Chorrillos devastado por el bombardeo, soldados enemigos heridos y las tropas invasoras en la cima del cerro San Cristóbal.

Otra escena impactante, tal vez indignante para muchos, es la imagen del regimiento chileno de Artillería Nº 1, en uno de los momentos precisos de la ocupación.

Destacan también las imágenes del muelle Dársena, saboteado por marinos peruanos apenas los chilenos se apoderaron del mar de Grau, la avería de la corbeta chilena Abtao a manos del Huáscar, la presencia de esta gloriosa nave en Valparaíso, ya capturada, y la histórica reunión de los pobladores de Concepción en Junín después de la masacre a una columna invasora.

Sobre estos y otros retratos de Patricio Greve, fotógrafo chileno que estuvo del otro bando, Babilonia prefiere hacer conclusiones sobre el legado de sus antecesores colegas peruanos como Luis Castillo, un fotógrafo que apoya con creces la defensa de nuestro país. “Castillo no sólo retrata los duros momentos sino que se enrola en la reserva y desde allí contribuye con sus conocimientos de sepia fotocopiando los mapas de las zonas estratégicas del país en momentos que Chile ya iniciaba la ocupación”, resalta.

Narra cómo los fotógrafos de aquella data, como los corresponsales de guerra en la actualidad, acompañaban a los ejércitos. La diferencia, por razones tecnológicas, es que las tomas gráficas se hacían en función de la luz solar y la larga exposición de los personajes y protagonistas de aquel episodio. No había fotos fugaces y en pleno movimiento. Por ello las imágenes fueron tomadas antes o después de la batalla o combate.

Babilonia ha “capturado” más de 120 imágenes para plasmarlas en su libro, una importante contribución para preservar la memoria histórica de nuestro país.

Renzo Babilonia Fernández Baca es conciente de que la publicación de su libro La guerra de nuestra memoria, crónica Ilustrada de la Guerra del Pacífico (1879-1884), aparece en plena coyuntura del diferendo marítimo con Chile y las constantes rencillas políticas y diplomáticas con el país vecino del sur. Pero, ¿cuándo no hubo una coyuntura difícil con Chile?, pregunta con razón.

“No es un libro antichileno, ni nada por el estilo. Mi postura es sólo peruana y profesional, afirma.

Fernández Baca sostiene que se trata de un proyecto de tesis que empezó hace cinco años, cuya investigación se da desde la perspectiva de los medios de comunicación. “Ojo no soy un historiador”, aclara.

Admite lo difícil que es realizar una obra. “Tocar puertas a varias editoriales, tener compromisos iniciales que al final se pierden, puede ser hasta frustrante”, admite.

¿Qué lo empujó a realizar esta iniciativa? El autor de este libro, que cuenta con el respaldo y sello del Fondo Editorial de la Universidad Cayetano Heredia, refiere que haber tenido al general EP Marco Fernández Baca como abuelo y su pasión por la fotografía, fueron sus grandes referentes en su carrera.

“El valor de mi trabajo tiene como esencia la historia”, sostiene. Renzo Babilonia dice estar seguro también que no será su primer y único libro. Este joven docente ya está esbozando una segunda entrega.

26.1.09

Los hijos de Poe

Fernando Savater
Babelia, El País, Madrid, 24/01/2009


De pocos autores puede decirse que hayan dado origen a un nuevo género literario, pero a Edgar Allan Poe se le atribuye a justo título la paternidad de dos: el cuento fantástico moderno y la narración detectivesca. Dejemos en esta ocasión a un lado a Dupin y su progenie de sabuesos. Poe introduce en literatura el virus hasta hoy felizmente incurable de una nueva forma de lo macabro y lo espeluznante, elementos ancestrales de los relatos desde que los primeros humanos se sentaron a escucharlos en torno al fuego recién inventado, mientras en la negrura circundante acechaban los tigres de dientes de sable y barritaban los mamuts. Sin duda el autor norteamericano toma algunos ingredientes para su pócima -la comicidad grotesca, los personajes caricaturescos y las visiones opiáceas- del inevitable E. T. A. Hoffmann, pero su receta es absolutamente personal. Para empezar, descarta las concesiones a la superstición, a la leyenda milagrosa y a los demonios de sacristía. Su pánico no viene de fuera sino que nace en el interior descreído del hombre moderno. Como bien aclara en el prefacio de sus Cuentos de lo grotesco y arabesco con orgullo de precursor: "Si el terror ha sido el tema de buena parte de mis obras, este terror no proviene de Alemania sino de mi alma".

En sus narraciones lo sobrenatural siempre es la prolongación de lo natural por otros medios: lo que desafía a las leyes de la naturaleza es la subjetividad que las interpreta y quisiera transgredirlas hasta sacudirse su yugo fatal. En la mayor parte de los casos los cuentos están narrados en primera persona para que el lector tenga menos escapatoria cuando llegue lo irremediable. Sus protagonistas llevan dentro de sí una grieta precursora del inminente desastre, como la fachada de la casa Usher. Por esa grieta penetran -o salen- los espectros encarnados del pavor. Pero no hay en dichos relatos concesiones a la vaguedad ni la incoherencia de corte romántico: son artefactos lógicos, de precisión clínica, en los que cada acontecimiento y cada detalle ambiental se encaminan a producir un efecto único y traumático. Por eso resultan inolvidables y hasta quienes menos aprecian sus recursos truculentos no pueden ya librarse nunca de lo que les sucedió al encontrarse por vez primera con el corazón delator o cuando conocieron al señor Valdemar.

Es difícil comprimir en pocas líneas la nómina de seguidores que tiene Poe, tanto entre los escritores como primordialmente entre los lectores, aunque naturalmente sólo puedo referirme con nombres y apellidos a aquellos. Los primeros estuvieron, por supuesto, en su propio país, como su contemporáneo de origen irlandés Fitz James O'Brien (su impresionante cuento ¿Qué era aquello? prefigura El Horla de Maupassant y las pesadillas de Lovecraft, ambos también discípulos del bostoniano) o Ambrose Bierce, el mejor de todos por su humor macabro y el trato familiar con fantasmas, que sólo igualará M. R. James. Después Baudelaire lo importa a Europa y así impregna a los mejores de cada país: Villiers de l'Isle-Adam, Gustavo Adolfo Bécquer (algunas de sus Leyendas cuentan entre lo más exquisito del género), Sheridan Le Fanu o el mismísimo Charles Dickens. Quizá el mejor heredero de Poe sea R. L. Stevenson, no sólo en la obra maestra Jeckyll y Hyde sino también en Olalla o Markheim. Después, Arthur Machen, El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde y la lista inacabable de los contemporáneos: Borges, que sigue la línea lógica y cosmológica menos frecuentada, Robert E. Howard (Palomos del infierno, La sombra de la bestia), Ray Bradbury, Julio Cortázar, Richard Matheson (¡aquella negra maravilla de tres páginas con que se dio a conocer, Nacido de hombre y mujer!), Robert Bloch, Jean Ray, Stephen King o buenos autores españoles como José María Latorre o Pilar Pedraza... Porque ¿quién de los que ayer o incluso hoy mismo de verdad cuentan no sigue la traza de Poe, es decir, su poe-ética?

Lamentamos que su vida fuese breve, como si supiésemos cuánto debe durar la vida de cada cual para realizarse plenamente. Y le compadecemos porque fue desdichado, atendiendo superficialmente a su neurosis, a su pobreza, a la pérdida temprana de su amada Virginia, a su alcoholismo... Demasiada presunción por parte de nosotros, los felices. ¿Desdichado? Nada sabemos del gozo sombrío de inaugurar esa alameda rigurosa y siniestra por la cual aún transitamos, con la jauría infernal en los talones. Quizá él nos espera, sonriente y verdoso, al otro lado.

16.1.09

Gregorio Martínez recibe consagración honorífica

Por Roland Forgues

Al pie de los pirineos franceses, no muy lejos de la ciudad de Tarbes, en el triángulo formado por las ciudades de Lannemezan, Bagnères de Bigorre y la milagrosa ciudad de Lourdes, en el centro del Departamento de los Altos Pirineos, se extiende la bella y acogedora región montañosa y verde llamada Les Baronnies que con motivo de los eventos internacionales organizados por ANDINICA, o simplemente con motivo de algún viaje a Francia, muchos intelectuales peruanos y latinoamericanos, escritores, poetas, artistas, profesores universitarios o gentes de medios más modestos han podido descubrir y apreciar.

Entre ellos el narrador peruano Gregorio Martínez que en 1982 pasó varios días en la abadía de Couyou de Bourg de Bigorre. Lugar que siempre ha recordado con humor y afecto en sus crónicas y libros publicados en el Perú, especialmente en una sabrosa crónica titulada “Palabra del lobo de Oc” (Perú 21, Lima, mayo 2005) y en su Libro de los espejos que dedica al peruanista Roland Forgues, arcipreste del Hameau de Couyou, “mi yunta en innumerables recorridos por aire, tierra y fuego”.

Por ello y en reconocimiento del aprecio y apego que el escritor peruano ha mostrado siempre a estas tierras montañosas y ariscas cuyos habitantes que hablan la lengua de Oc se parecen tanto a aquellos que hablan el ladino en las tierras arenosas y secas de Coyungo, Gregorio Martínez fue declarado el 25 de noviembre pasado “Ciudadano de Honor des Baronnies y de Bourg de Bigorre”.

La resolución firmada por Henri Forgues, presidente de la Comunidad de los Pueblos des Baronnies por Louis Tapie, alcalde de Bourg de Bigorre, y los alcaldes de los 17 pueblos que conforman del Consejo de la Comunidad dice que “Por haber dado a conocer en el Perú y en el mundo tanto por sus artículos periodísticos publicados en la prensa peruana como por su abundante obra literaria traducida a varias lenguas, entre otras el francés, nuestra bella y acogedora región des Baronnies el pie de los Pirineos (Departamentos de los Altos Pirineos, Francia), en particular el villorio de Bourg de Bigorre y su Hameau de Couyou”, decide otorgar al Señor Gregorio Martínez Navarro, nacido en Coyungo (Perú) y hoy día residente en Arlington (Estados Unidos) el título honorífico de “Citoyen d’Honneur des Baronnies et de Bourg de Bigorre”, agradeciendole el interés que muestra por nuestra región y la oportunidad que nos ofrece de darla a conocer en el mundo.

La resolución precisa que el diploma y la medalla correspondientes le serán remitidos en una de sus próximas visitas a nuestra tierra des Baronnies.

Estamos esperando, pues, la próxima visita de Gregorio Martínez y no dudo de que en esta nueva oportunidad del reencuentro en Couyou nos lea como discurso de recepción uno de esos maravillosos y truculentos textos eróticos y humorísticos del que sólo él tiene el secreto como ese “Ábrete” que encabeza La gloria del piturrín y otros embrujos de amor (1985).

13.1.09

Escribir en colaboración

Por Silvina Friera
Página/12, Buenos Aires, 8/01/09

El extraño tabú que atraviesa la historia de la literatura, la escritura a cuatro manos, se ha naturalizado tanto que de pronto, gracias al formidable ensayo Escribir en colaboración (Beatriz Viterbo), de Michel Lafon y Benoît Peeters –traducido por César Aira–, el lector repara en cuánto se ignora o desdeña a los dúos literarios. Persiste la idea de que una obra digna de estudio debe emanar de una sola persona. El autor único sigue siendo el dogma; el acto de creación sólo se declina en singular. “La ideología del ‘yo’ impera hasta en las esferas más inesperadas –observan en el prólogo del libro Lafon y Peeters–. Pensador del intelectual colectivo, Pierre Bourdieu se ocupa, una vez llegado a la celebridad, de borrar de la lista de sus obras los nombres de sus coautores.” Algunos críticos escamotean al dúo, como si la colaboración no fuera más que una máscara. Un ejemplo reciente: ¿Qué es la filosofía?, de la dupla conformada por Deleuze y Guattari, en las páginas literarias de un diario francés, se convierte en la obra que Deleuze “nos debía desde hace tanto tiempo”.

“El fenómeno de la escritura a varias manos sigue fundamentalmente incomprendido –plantean Lafon y Peeters, que han investigado el meollo de la cuestión durante quince años–. Todo sucede como si no hubiera nada que decir de la escritura en colaboración. Como si, simplemente, no existiera.” Siguiendo la pista de manuscritos, ediciones sucesivas, correspondencias, entrevistas, fotografías y testimonios, los autores ponen el acento en las prácticas y los métodos de trabajo de los dúos de escritores para esclarecer la alquimia por la que dos “yo” devienen en un “nosotros” muy distinto. Al revisar esa galaxia de documentos, sobre la marcha, descubrieron que las obras escritas en colaboración hablan con frecuencia de dúos y de dobles, de paternidad y filiación, de amistad y de traición, de propiedad y robo. Un breve repaso por los hallazgos de tamaña investigación. Las más famosas novelas de Alexandre Dumas primero fueron escritas por Auguste Maquet. El marxismo es una “invención” de Friedrich Engels. Durante su viaje por Bretaña con Maxime du Camp, Flaubert “encontró” a Madame Bovary. El capitán Nemo es un homenaje a Jules Hertzel, el editor sin el cual los Viajes extraordinarios, de Jules Verne, nunca hubiera existido. A André Breton, padre del movimiento surrealista, le gustaba distinguir, línea por línea, en Los campos magnéticos, las frases de Philippe Soupault, el coautor del libro, y las suyas. Honorio Bustos Domecq, el “tercer hombre” surgido de la amistad de Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, disimula en su grandilocuencia una verdadera poética de la escritura a dúo. El matrimonio compuesto por Julio Cortázar y Carol Dunlop fijó las reglas de un juego, que conjugó viaje y escritura, en Los autonautas de la cosmopista.

El hombre de genio no roba, conquista

Intimidado y deslumbrado por Dumas padre, Maquet se conformó con aportar su trabajo al más famoso autor de su tiempo. De esta asociación saldrían 17 novelas, en cuya lista hay varias obras maestras: Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo, La reina Margot y La guerra de las mujeres, entre otras. Gracias a Gustave Simon, autor de Historia de una colaboración, Alexandre Dumas y Auguste Maquet, primer ensayo consagrado por entero a un dúo de escritores, se conoce el funcionamiento de la pareja. “En general, era Maquet quien tomaba la iniciativa; tenía la ciencia de construir los esquemas argumentales. Dumas le enviaba observaciones o le sugería alguna idea o algún desarrollo que se le ocurría, o bien intercalaba él mismo algún episodio, advirtiéndoselo a su colaborador.” Los “robos” de Dumas a escritores vivos o muertos, franceses o extranjeros, nunca turbaron su conciencia. Siempre profesó una teoría del derecho al plagio. “Son los hombres los que inventan, no el hombre. Cada cual toma cosas conocidas por sus padres, las pone en acción por medio de combinaciones nuevas y después muere tras haber agregado algunas parcelas a la suma de conocimientos. En cuanto a la creación completa de una cosa, la creo imposible –decía el escritor–. Dios mismo, cuando creó al hombre, no pudo o no se atrevió a inventarlo: lo hizo a su imagen.” A partir de la publicación en paralelo de los textos de Maquet y el de Dumas de una famosa escena de Los Tres Mosqueteros, la de la muerte de Milady, Simon extrae la siguiente conclusión: “No le quitemos a Dumas lo que le corresponde. Modificó el orden de algunos capítulos, agregó algunos desarrollos, pero fue Maquet quien concibió y llevó adelante la novela”. Lafon y Peeters plantean sus objeciones citando al propio Simon. “Los dos hombres se identificaban de modo tan completo que se confundían la manera y el estilo.” Ninguno de los diferentes convenios firmados por Dumas y Maquet fue verdaderamente respetado. Dumas firmaba solo y cobraba solo. Gastaba por anticipado las sumas cobradas y destinaba a menudo a otros colaboradores más impacientes las cantidades debidas a Maquet.

“Marx y Engels” es la marca de un producto. Los dos nombres se asociaron pero sin que se sepa exactamente de qué índole fue la colaboración. Engels es víctima de una relativa ocultación. Por origen social y trayectoria intelectual, eran dos hombres muy diferentes: Marx fue un producto de la universidad alemana; Friedrich Engels, que no pudo hacer estudios superiores, enfrentó muy temprano las realidades de la condición obrera. Se encontraron por primera vez en París, en agosto de 1844. La primera colaboración, La sagrada familia, fue un violento ataque a las tesis de los hermanos Bauer. Inicialmente concebido como un breve panfleto –Engels había redactado unas páginas y Marx debía completarlas–, el entusiasmo de Marx por el tema lo lanzó a la redacción de un libro entero de veinte capítulos. “No es justo que dejes mi nombre en la tapa –le escribió Engels a Marx–, porque yo apenas si escribí un capítulo y medio.” En septiembre de 1845, ambos se pusieron a redactar La ideología alemana, una larga investigación, que sólo se publicaría póstumamente, elaborada de modo conjunto, en una larga serie de conversaciones.

Aunque el Manifiesto del Partido Comunista es la más célebre de las obras firmadas por ambos, su escritura fue mucho menos conjunta comparada con La ideología alemana. Engels había redactado un primer esbozo, bajo la forma de “catecismo”, con preguntas y respuestas. “Creo que es preferible abandonar la forma de catecismo y titular al folleto Manifiesto comunista –le explicaba Marx en una carta de noviembre de 1847–. Como debemos hablar más o menos de historia, la forma actual no conviene. Llevo el esbozo que hice aquí, quiere ser muy narrativo, pero está muy mal redactado porque lo hice terriblemente rápido.” El texto definitivo fue escrito por Marx sólo durante los últimos días de enero de 1848. La contribución de Engels a la obra común resultará más decisiva después de la muerte de Marx (el 14 de marzo de 1883), que dejó una masa considerable de borradores y de notas que Engels era el único, junto con las dos hijas de Marx, en poder descifrar. Durante los doce años que sobrevivió a su amigo, Engels fue a la vez su incansable defensor, su principal comentador y el editor minucioso de los libros II y III de El capital. “El marxismo no vino al mundo como un producto auténtico del pensamiento de Marx, sino como fruto legítimo del espíritu de Friedrich Engels”, escribió Maximilien Rubel, editor de las obras de Marx en la colección Pléiade. El marxismo, en tanto doctrina, sería una suerte de engelsismo. “Marx mismo había desaconsejado referirse a su nombre en el programa de un nuevo partido inglés. Según él –confesaba Engels–, convenía evitar en un programa político todo lo que dejara ver ‘una dependencia directa de un autor o un libro’.”

Flaubert emprendió un viaje por la Bretaña junto a su inseparable amigo, Maxime du Camp, entre mayo y agosto de 1847. Los incipientes Bouvard y Pécuchet decidieron escribir a dúo el diario de su expedición, Par les champs et par les grèves. Optaron por una distribución en doce capítulos, que respetarían hasta el final del trabajo: Flaubert eligió los impares (del I al XI), Du Camp, los pares (del II al XII). El espacio de la obra coincidía con el espacio y el tiempo del viaje, en un estricto paralelismo entre relato e itinerario. Pero del plan al hecho, hubo mucho trecho. En el camino, no llegaron a redactar más que los dos primeros capítulos, que Flaubert juzgó “débiles”. Seis semanas después del viaje, los dos coautores se reunieron en Croisset, donde siguieron escribiendo en conjunto, pero Flaubert terminaría su primer borrador en enero de 1848, mientras que Du Camp recién puso el punto final en mayo de ese año. ¿Cómo están ligadas sus respectivas contribuciones? En vida de los autores sólo se publicaron algunos fragmentos. Ninguno se tomó el trabajo de editar la obra. En 1973, en las Obras Completas de Flaubert, se publicó la edición integral del texto.

Los campos magnéticos, de André Breton y Philippe Soupault, publicado en 1920 en una tirada de 300 ejemplares, es uno de los textos poéticos más influyentes del siglo XX. La escritura automática fue una experiencia que practicó en un principio Breton solo. Soupault, que nunca llegó a tomarse nada en serio, en especial la literatura, se sumó después. La escritura se prolongó apenas unas pocas semanas, pero fue de una extrema intensidad. Algunos días, trabajaban durante ocho o diez horas seguidas. Sentados uno frente a otro en un café, llenaban decenas de páginas. Al comienzo del libro, aparece un “nosotros” extraño y frágil, imagen perfecta de los poetas exaltados: “Esta noche somos dos frente a este río que desborda nuestra desesperación. No podemos siquiera pensar. Las palabras escapan de nuestras bocas torcidas, y cuando nos reímos los que pasan se vuelven, asustados, y vuelven a sus casas precipitadamente”. Aragon, que insistía en el lazo indisoluble entre la escritura en colaboración y el riesgo representado “por ese libro sin precedente”, señaló que “el hombre cortado en dos” es ante todo un ser bicéfalo. “La mirada doble es lo que les permitió avanzar por un camino donde nadie los había precedido, en las tinieblas donde los dos hablaban en voz alta.” A pesar de que Soupault participó sin reservas en la experiencia, jugando plenamente su papel durante las semanas de escritura intensiva, no parece haberse interesado en la puesta en obra del resultado. La organización del volumen correspondió enteramente a Breton. Para Soupault, arquetipo del colaborador débil, se había tratado de un simple momento.

Borges y Bioy Casares establecieron un sorprendente dispositivo creador: oralidad libre y triunfante, propuestas alternadas, exigencia mutua, permanente derecho de veto, un abandono simultáneo de todo ego, prioridad dada al juego y al placer, risa irreprimible, sacando de quicio a todos los que los rodeaban (Bioy evocaba a menudo la exasperación de su mujer y de sus amigos, que los “veían como dos idiotas”), del mismo modo que sacaron de quicio la literatura. El resultado se tradujo en Seis problemas para don Isidro Parodi (1942, bajo el seudónimo de Honorio Bustos Domecq), Dos fantasías memorables (1946, también firmado por Bustos Domecq), Un modelo para la muerte (1964, bajo el seudónimo de B. Suárez Lynch), Los orilleros y El paraíso de los creyentes (1955, dos guiones cinematográficos), Crónicas de Bustos Domecq (1967, firmado por los nombres de los dos autores) y Nuevos cuentos de Bustos Domecq (1977). El seudónimo dual (formado con el apellido de un bisabuelo de Borges y el de un bisabuelo de Bioy), según analizan Lafon y Peeters, no es la única fantasía propuesta por Seis problemas..., libro que comienza con una “silueta” biobibliográfica del autor imaginario, escrita por una maestra de provincia, y con las “palabras liminares” de un académico grotesco y grandilocuente, Gervasio Montenegro. “La ironía de los dos autores tiene por blanco privilegiado la sociedad y la literatura. La sátira social toca todas las clases, desde las más bajas hasta las más altas”, anotan los escritores franceses.

“Yo había inventado algo que nos parecía un buen argumento para un cuento policial. Una mañana lluviosa, Bioy me dijo que debíamos hacer una prueba. Yo acepté de mala gana y, un poco más tarde, esa misma mañana, la cosa ocurrió. Apareció un tercer hombre, Honorio Bustos Domecq, que se adueñó de la situación. Era el tercer hombre que a la larga terminó dirigiéndonos con mano de hierro. Primero divertidos y luego consternados, vimos cómo –con sus propios caprichos, sus propios juegos de palabras y hasta su propia y rebuscada manera de escribir– se diferenciaba totalmente de nosotros”, recordaba Borges. La inclusión del autor ficticio en el título Crónicas de Bustos Domecq y su intervención como personaje principal coinciden con la desaparición de la apocrifia. Borges y Bioy asumen la paternidad ya en la tapa del libro, donde figuran sus nombres reales. Para ciertos críticos, los rasgos “típicamente borgeanos” que abundan en la primera crónica transforman a ese libro en una creación esencialmente de Borges en la que Bioy no tendría más que un papel secundario. “Esta actitud constituye el mayor contrasentido que se pueda cometer frente a una obra producida en colaboración”, subrayan Lafon y Peeters. Suponer que cada colaborador aporta al texto común su propia temática, sus propios clichés, procede de una visión bastante primaria, en todo caso muy positivista de la escritura en colaboración, aunque más no sea porque anula todas las posibles figuras de intercambio o el homenaje.”

Bioy escribió junto a Silvina Ocampo Los que aman, odian (1946), novela policial de factura clásica; Borges, además de Literaturas germánicas medievales (1966) con María Esther Vásquez, escribió el cuento La hermana de Eloísa junto a Luisa Mercedes Levinson. “Para el club de escritores hedonistas reunidos alrededor de Silvina, Adolfo y Georgie, la colaboración es como la consecuencia visible y previsible de vidas consagradas a las aventuras de la literatura”, sugieren Lafon y Peeters, quienes recuerdan que Silvina y Juan Rodolfo Wilcock publicaron en 1956 una tragedia romana en verso, Los traidores. Esta escritura atípica entre Borges y Bioy, clandestina y rebajada durante mucho tiempo, cuando no ignorada, esta “literatura menor”, en el sentido de Deleuze y Guattari, aparece al fin como uno de los lugares más subversivos y más productivos del espacio literario argentino.

20.12.08

Singular lectura de Onetti

JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD
Babelia, El País, Madrid, 20/12/2008


La actividad de Mario Vargas Llosa como crítico literario, aunque ocasional, ha alcanzado una proyección eminente. Desde su ensayo sobre Martorell y el "elemento añadido" en Tirant lo Blanch -incluido como prólogo en la edición de Martín de Riquer de las cartas de batalla de Joanot Martorell (Barral Editores, 1967)- hasta este último estudio sobre Juan Carlos Onetti, El viaje a la ficción, Vargas Llosa ha publicado no pocos textos claves para el conocimiento integral de escritores tan diversos como Flaubert, García Márquez, Arguedas, Grosz, Borges o Victor Hugo. En todos ellos, el autor de La fiesta del Chivo ha dado muestras sobradas de dos notables atributos filológicos: la inteligencia del lector y la lucidez del investigador. Es muy posible que alguien descubra, aquí y allí, ciertas naturales desavenencias de enfoque, pero nadie dejará de reconocer que la obra crítica de Vargas Llosa es en conjunto de una notoria singularidad.

Con El viaje a la ficción, el novelista rinde tributo a otro novelista predilecto. Indagar en la obra de un escritor a través de una serie de soldaduras entre su vida y su literatura supone sin duda un ejercicio gustoso, pero también un tácito homenaje. En el texto que prologa y da título a este libro, el autor reflexiona primeramente sobre el carácter social y simbólico de los antiguos contadores de historias, esa figura del "hablador" que subyugó a Vargas Llosa durante un viaje por la Amazonía de su país y usó como embrión especulativo de una novela y de reclamo para alguna incursión en la teoría de la literatura.

Vargas Llosa vincula en este libro toda una serie de pesquisas biográficas sobre Onetti con la propia evolución cíclica de su obra. El método resulta de veras provechoso y responde a un impecable engranaje entre las calas filológicas y su canalización comunicativa, entre el análisis textual y la eficiente manera de conducirlo. Vargas Llosa aborda así un análisis esclarecedor y pormenorizado de cada una de las novelas de Onetti, demorándose en muy distintas vertientes de esa mezcla de fascinación y complejidad que fundamenta su universo narrativo. Afirma Vargas Llosa que Onetti, desde su primera novela, El pozo (1939), "abre las puertas de la modernidad a la narrativa en lengua española". Una aseveración tal vez demasiado tajante, pero que no lo es si se atiende a la diversificación del punto de vista y en la discontinuidad temporal fácilmente rastreables en la obra del autor de El astillero y oriundas, como bien se sabe, de la maestría innovadora de Faulkner. Los nexos presuntos entre la mítica Santa María y el faulkneriano condado de Yoknapatawpha han sido aceptados alguna vez por el propio Onetti.

Uno de los ascendientes literarios que Vargas Llosa atribuye a Onetti es el de Borges. Pues según y cómo, creo yo. El hecho de que puedan atisbarse -y así se razona en este libro- otros influjos de naturaleza propiamente estética, el de Borges resulta más bien debatible. Ni los aderezos de la prosa ni la sustancial poética que la enaltece se asemejan en ningún momento. Tampoco coinciden en nada la personalidad de ambos escritores. Pienso que una vaga impregnación de rasgos literalmente fantásticos no basta en puridad para hablar de influencias.

La ficción entendida como "mundo alternativo" constituye uno de los ejes conceptuales de este estudio. La consabida idea de que la literatura en modo alguno es una transcripción, sino una sustitución, una versión excéntrica de la realidad, funciona efectivamente como andamiaje teórico de El viaje a la ficción. Y está bien que así sea. Onetti resuelve la historia más o menos acotada en cada una de sus novelas por medio de unos modales léxicos y sintácticos que encubren una alternancia impredecible de hermetismo y luminosidad. Los personajes de ficción valen aquí tanto como autorretratos fantasmales. Y esos espacios cerrados donde se estacionan los mismos seres erráticos, los mismos perdedores, bien pueden ser el trasunto de una experiencia personal e histórica desdichada. Es a esa paráfrasis "alternativa" a la que remiten estas novelas.

El ensimismamiento, el aislamiento, el escepticismo de Onetti aparecen pues transferidos de algún modo a su mundo narrativo. A un mundo narrativo que, desdeñando todos los regionalismos y naturalismos al uso, instaura un "antirrealismo", una poética de los claroscuros que otorga el rango de maestro a quien la concibió. En cualquier caso, Vargas Llosa logra probar con inteligente rigor que la obra de Onetti "quedará como una de las más valiosas que ha producido la literatura de nuestro tiempo".

2.12.08

Narrativa peruana

Cumplimos con informar que ya se encuentra en circulación el séptimo número de Wayra, la revista semestral de artes y letras del «Grupo Perú» del Centro de Estudios y Trabajo «América Latina» (Cetal) de la ciudad de Uppsala, Suecia. La nueva edición de la revista abre con tres poemas de Roxana Crisólogo, que forman parte de Trenes, un libro todavía sin publicar, y el cuento «La importancia del boxeador», de Carlos Meneses. El reciente número de Wayra trae también un dossier dedicado a la narrativa peruana de ayer y hoy, que está conformado por el texto de una interesantísima entrevista que el profesor Luis Veres, de la Universidad Cardenal Herrera, de Valencia, España, sostuvo con Santiago Roncagliolo, el celebrado autor de la novela Abril rojo y del reportaje periodístico La cuarta espada. Además, como si lo anterior fuese poco, el dossier incluye dos ensayos no menos interesantes: «Ciudad, periferia y retrato de época en la novela Bajo las lilas», de Alberto Sandro Chiri, y «Duque, de José Diez Canseco: La ciudad y el poder», de Gabriel Icochea Rodríguez. La revista incluye igualmente otros trabajos que seguramente concitarán la atención de más de un lector, como «Un cordobés por América, 1927-1930: José Malanca, Mariátegui y el Perú», de Sergio Raúl Díaz, y «Conflictos de la heterogeneidad: Pensar el Perú en perspectiva posmoderna», de Rafael Ojeda. Por último, Wayra cierra con su habitual sección de crónicas y revistas y un breve pero sentido homenaje a Alejandro Romualdo, que se expresa a través de la publicación de uno de sus poemas más intensos y representativos.

Las personas, instituciones, colectivos o redes que deseen suscribirse a Wayra o adquirir ejemplares sueltos de la revista, pueden efectuar el pago a través del PlusGirot del «Grupo Perú» de Cetal, cuyo número es el siguiente: 178478-4. Suscripción anual: -Suecia: 120 coronas suecas; -Europa: 20 euros; -Fuera de Europa: 30 dólares USA. Ejemplar suelto: -Suecia 60 coronas suecas (más gastos de envío); -Europa: 10 euros (más gas-tos de envío); -Fuera de Europa: 15 dólares USA (más gastos de envío).

Para efecto de agilizar nuestros servicios de envío y distribución, les rogaríamos que, después de realizar el pago correspondiente, se comuniquen con el editor de la revista:

Carlos Arroyo Reyes,
Bernadottestigen 19 D
756 48 Uppsala – Suecia (Sweden)
Telf. 018-303514
E-mail: carlos.arroyoreyes@telia.com