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25.8.08

Entre el Congo y la Amazonía

Por Humberto Márquez
Milenio Diario, Ciudad de México, 24/08/08

El escritor peruano Mario Vargas Llosa trabaja en una nueva obra de largo aliento, inspirada en la vida del diplomático irlandés Roger Casement, laureado cuando defendió a los pueblos del Congo y de la Amazonia y ejecutado en 1916 por conspirar a favor de su país contra Londres.

“Es un personaje de novela, de cuya existencia me enteré leyendo una biografía de Joseph Conrad”, dijo Vargas Llosas a periodistas en su fugaz paso por Caracas, donde presenció un montaje de su pieza teatral Al pie del Támesis. Relató entonces que Casement, nacido cerca de Dublín en 1864, cuando toda Irlanda estaba bajo la corona inglesa, fue un joven cónsul en África durante la conquista del Congo por cuenta de Leopoldo II de Bélgica, que se posesionó del territorio que hoy ocupa la República Democrática del Congo.

“Casement documentó y acompañó a Conrad (autor del relato sobre la conquista congoleña El corazón de las tinieblas) y denunció la muerte de unas 10 millones de personas en los años de la colonización belga, lo que le hizo popular en Europa como defensor de los derechos humanos y recibió condecoraciones británicas”, contó Vargas Llosa.

Así, cuando llegaron a Europa denuncias sobre los abusos de las compañías caucheras contra poblaciones indígenas en la Amazonia peruana y colombiana, Casement fue enviado a elaborar un informe y, como producto de él, varias de esas corporaciones quebraron en las bolsas y el diplomático fue víctima de algún atentado. Durante la Primera Guerra Mundial, Casement entró en negociaciones clandestinas con los alemanes para obtener armas y municiones para los independentistas irlandeses. Al enterarse de esos movimientos, Londres lo llevó a juicio, acusando de “traición a la patria” a quien fue adalid de los derechos humanos.

Cuando intelectuales como el irlandés George Bernard Shaw, el escocés Arthur Conan Doyle o el propio Conrad defendieron a Casement, la corona británica divulgó unos supuestos diarios del diplomático y activista irlandés para demostrar su presunta homosexualidad y gusto especial por los adolescentes. El juicio prosiguió y Casement fue ejecutado en la horca el 3 de agosto de 1916, condena a muerte que también sufrieron ese año otros dirigentes del movimiento independentista irlandés.

Vargas Llosa viajará en octubre de este año a la región del Congo y durante algunos meses de 2009 vivirá en Irlanda. La mayor parte de la obra de Vargas Llosa, de 72 años y también con nacionalidad española desde 1993, tiene como escenario su Perú natal, más los dos grandes frescos de Brasil en el siglo XIX y República Dominicana en el XX que son La guerra del fin del mundo (1981) y La fiesta del Chivo (2000). Pero recientemente amplió el horizonte en su quehacer de ficción y acentuó su presencia como hombre de teatro, incluso como actor de su propia adaptación de Las mil y una noches, junto a la actriz española Aitana Sánchez-Gijón.

En Lima, hace una semana, fue el gran homenajeado en el Festival Latinoamericano de Cine de esa ciudad, hubo una exposición en su honor y se bautizó un teatro con su nombre. En Venezuela, la Universidad Simón Bolívar le otorgará en diciembre un doctorado honoris causa. El autor asistió el fin de semana en Caracas al montaje de su obra Al pie del Támesis, dirigida por Héctor Manrique y con elenco del Grupo Actoral 80, donde se narra la historia de dos amigos que se reencuentran al cabo de 30 años de una separación un tanto amarga y se consiguen con que uno de ellos cambió de sexo y es una experimentada mujer.

Vargas Llosa narró que se inspiró en el poeta venezolano Esdras Parra, a quien conoció en Caracas hace cuatro décadas y, cuando 30 años más tarde se lo refirió en Londres el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, lo encontró convertido en una señora.

“Fue una reunión extraña en la que constantemente metía la pata, pero se convirtió en el eslabón que estaba buscando” para una obra. ¿Por qué la convirtió en teatro y no en novela? Porque, explicó Vargas Llosa, cuando tiene una historia entre ceja y ceja imagina con cual género podrá sacarle mayor provecho, aunque carece de una regla fija para tal divisoria de aguas.

La política no podía estar ajena en una conversación con Vargas Llosa en Venezuela, a cuyo presidente Hugo Chávez el novelista ha criticado desde que llegó al gobierno en 1999. En ese año escribió un artículo alertando sobre una “nube negra” que se cerniría sobre el país petrolero. “La respuesta de hasta cuándo tendrán esta nube negra corresponde darla a los venezolanos. Como en el caso de Bolivia, son gobiernos elegidos por sus pueblos. Salvo casos excepcionales, los pueblos tienen los gobiernos que quieren tener”, afirmó.

Se declaró espantado de que “todavía en América Latina hay ejemplos absolutamente plagados de autoritarismo y populismo, y sectores que aún piensan que ese puede ser el camino del desarrollo, aún a costa de lo que significan en recorte de libertades, corrupción y violencia”.

23.8.08

Belli desde México

Por Óscar Cid de León
Reforma, Ciudad de México, 20/08/08


A Carlos Germán Belli (Lima, 1927) lo gobiernan los impulsos, traducidos en una extensa bibliografía que lo ubica como una de las voces poéticas más significativas del Perú contemporáneo. Pero ahora, y lo lamenta, se sabe enmudecido.

Debo decirle que he tenido golpes muy fuertes en los últimos años con el fallecimiento de mi hermano inválido, a quien he querido entrañablemente, y la muerte de mi hija hace dos años, confiesa en entrevista.

Y aunque he escrito, en homenaje a ellos, dos o tres poemas por los que estoy muy contento, su partida me ha tenido enmudecido.

Alfonso, hermano minusválido de nacimiento, fue crucial en su formación, pues tras la muerte de su madre, en la década de los 50, se convirtió en su tutor, responsabilidad que le exigió auto-disciplina ante la vida.

El amor fraternal asomó entonces como tema recurrente de su obra, en El pie sobre el cuello, El buen mudar y En el restante tiempo terrenal.

Ante la ausencia de Alfonso y la posterior muerte de su hija, Belli se encuentra en un momento de extrañeza que espera superar. Pero ¿qué hace un poeta mientras se mantiene enmudecido?, se le pregunta.

Bueno, el otro día me enteré de que hay que traducir, traducir a otros poetas. Creo que es un buen sistema, aunque no lo he hecho porque la vorágine de mi vida, en estos últimos tiempos, ha sido continua, señala quien ha sido candidato al Cervantes y ganador del Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda.

Belli, quien está en México por invitación de la Casa del Poeta, ofrecerá hoy y mañana a las 19:00 horas, una charla y lectura de su obra; es reconocida su fusión de la lírica clásica con la poesía contemporánea.

El manejo de las sextinas (herencia de la poesía provenzal antigua) y el uso de baladas medievales y villanelas (composiciones francesas pastoriles del siglo XVI), son recursos de forma que asoman en su creación, entretejiéndose con un lenguaje que obedece a las vivencias del siglo XX.

Todo es una aleación de la tradición con la modernidad, resume Belli, cuya obra se ha visto influenciada por autores como Petrarca, Rubén Darío y Francisco de Medrano.

El autor Mario Vargas Llosa decía que en Belli se entremezclaba la métrica del Siglo de Oro con la jerga callejera de Lima, confluencia que, reconoce, le aleja de ser considerado un poeta decimonónico.

Me interesa la poesía antigua, primero, como una especie de terapia lingüística, y de esa terapia me he deslizado a un adiestramiento estilístico, sin darme cuenta. Por otra parte, me intereso por ese desapego que tengo hacia el facilismo estético, principalmente en las artes plásticas, que con sus experimentos e ismos extremos me producen escalofríos.

En noviembre se publicará en España una antología de su obra, misma que presentará en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

16.8.08

Páginas arrancadas de un libro

Por Fietta Jarque
Babelia, El País, Madrid,16/08/08


Qué corta es la memoria del ser humano y cuánto puede cambiar la historia del pasado tal como lo concebimos hasta ahora! Y, sobre todo, qué mal hemos sabido respetar los indicios que las antiguas civilizaciones desaparecidas dejaron, para poder interpretarlos y conocerlas mejor. Si hay unos sentimientos que han dominado a los estudiosos de las culturas precolombinas en América Latina son la indignación y la impotencia ante el expolio sistemático y la destrucción que han sufrido los yacimientos arqueológicos durante siglos. Sólo la puesta en valor de esos vestigios del pasado está impulsando a los actuales gobiernos a proteger el patrimonio cultural con algo más de celo.

En las últimas semanas han saltado a la prensa las noticias de importantes hallazgos arqueológicos tanto en México como en Perú. Ambos, cerca de lugares estudiados y conocidos desde hace tiempo. La más reciente, a poca distancia de las imponentes ruinas de Chichén Itzá, en la península de Yucatán, un enclave muy visitado por el turismo. Según el arqueólogo mexicano José Osorio León, encargado de campo del proyecto, lo que han encontrado a menos de un kilómetro de Chichén Itzá podría ser la construcción más temprana del lugar, una ciudadela habitada por la élite maya, de una antigüedad entre 800 y 1000 después de Cristo, con un palacio y diversas construcciones ceremoniales.

Hace menos de un mes, se daba también la noticia del descubrimiento de lo que podría ser la ciudad más antigua de América, construida hace 5.500 años, en el complejo arqueológico de Sechín, en la costa norte de Perú, llevado a cabo por un grupo de arqueólogos alemanes y peruanos, encabezado por Peter Fuchs. “Ha habido mucho expolio durante siglos. Los huaqueros (saqueadores de tumbas) venden los objetos valiosos a los coleccionistas y años más tarde muchas piezas terminan en los museos o en subastas. Lo que nos duele a los arqueólogos es que el objeto, al quedar separado del yacimiento, pierde todas las posibilidades de asociación. Son como las páginas arrancadas de un libro. Se puede leer algo, pero no se sabe de qué totalidad forma parte”, afirma el arqueólogo Federico Kaufmann Doig, actual embajador de Perú en Alemania. Él fue uno de los encargados de dar una buena noticia en Berlín hace poco más de un mes (el 12 de julio), el descubrimiento en Sechín.

Se calcula que en Perú hay cerca de 100.000 sitios arqueológicos y sigue habiendo hallazgos continuamente. Sólo en 2005 se encontraron restos en 5.000 localizaciones nuevas. Después del descubrimiento de El Señor de Sipán, en 1987, se ha revitalizado la arqueología en Perú. Tras siglos de saqueo descontrolado, se encontró la tumba intacta de un gobernante, con todos sus tesoros y su parafernalia. Desde entonces hay mayor conciencia social de que no sólo vale descubrir objetos sino todo lo que está detrás. El arqueólogo Walter Alva, su descubridor, sigue en racha. Continúa las excavaciones en Huaca Rajada y hace menos de un mes encontró la pieza del puzle que faltaba. “Desde 1987 a 2000 encontramos a tres de los cuatro personajes de la alta jerarquía: el gran señor, el sumo sacerdote y la sacerdotisa. Faltaba uno, que es el que hemos hallado ahora en un valle más al sur, el jefe guerrero. Es una tumba menos suntuosa que las anteriores, pero también está en buen estado. Estamos en un momento de gran expectativa”, afirma.

“El Señor de Sipán tuvo en Perú un efecto equivalente al descubrimiento de la tumba de Tutankamón en Egipto”, reconoce Alva. “Fue el primer yacimiento arqueológico en el Perú visitado por un presidente de la nación. Ahora empieza a haber mayor apoyo del Estado, por primera vez han entrado en los presupuestos dotaciones para la conservación e investigación”, señala. Aunque se estén dando los primeros pasos, el país andino está muy atrasado en la política museística sobre su patrimonio. Ni siquiera Machu Picchu tiene un museo en condiciones. “Lo más importante de todo esto es que la gente se empieza a dar cuenta de que ser coleccionista de arte antiguo no significa ser más culto, ni que eso te da prestigio. Hay que mantener una lucha constante contra el tráfico de obras para que no se destruya por completo el patrimonio”, concluye Walter Alva.

No sólo los ladrones de tumbas han dispersado el patrimonio histórico y cultural. En octubre pasado un tribunal reconoció la propiedad del Estado peruano sobre las cerca de 4.000 piezas extraídas en 1916 de Machu Picchu, por su descubridor, el norteamericano Hiram Bingham. Se prestaron esos objetos a la Universidad de Yale por 18 meses, ya que contaban con mejores equipos de investigación, pero siempre se negaron a devolverlos, hasta la sentencia. Según el acuerdo, Yale y Perú realizarán una exposición itinerante para exhibir unas 350 piezas de la colección y construir un nuevo museo en la zona, donde serán instaladas las piezas que serán devueltas a Perú a fines de 2009.

México es el otro gran polo de la arqueología precolombina. Con una política de protección al patrimonio mucho más avanzada, es también objeto de expolios sistemáticos. Según datos recientes, han sido saqueados 10.485 sitios arqueológicos de los más de 35.000 localizados en su territorio, antes de que pudieran acceder a ellos los investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). El escritor venezolano Fernando Báez acaba de publicar en México un ensayo titulado El saqueo cultural de América Latina. De la conquista a la globalización (Debate). En él se afirma que México es el país más saqueado en toda Latinoamérica y que, posiblemente, en los próximos 50 años habrá perdido la mitad de su patrimonio. El actual director de la Biblioteca Nacional de Venezuela relata que la investigación fue muy arriesgada. “Ciertamente, existen mafias semejantes a las del tráfico de drogas”, explica a través de un correo electrónico. “América Latina ha sido considerada como la más confiable despensa de bienes culturales. El tercer delito más rentable en la región, según la Interpol, es el tráfico ilícito de obras de arte, libros antiguos, fotografías, piezas religiosas y objetos arqueológicos: una agresión que aprovecha la falta de seguridad en museos, bibliotecas y asentamientos, y responde a un mercado clandestino de compradores inescrupulosos interesados en cualquier muestra fundamental de las culturas prehispánicas. En su busca, los traficantes han destruido monumentos, tumbas e iglesias en Ecuador, Colombia, Belice y Honduras. Los asentamientos recuerdan los paisajes lunares que hemos visto gracias a los telescopios. En Amazonas, roban las urnas de las tribus; en Costa Rica y Panamá, trafican con águilas colgantes de oro. No hay un museo arqueológico que no haya sido robado con saña y bajo la astuta complicidad de los vigilantes. Los pecios, localizados bajo las aguas con los restos de barcos que transportaban oro y plata o minerales a España, hoy atraen a cientos de piratas modernos que utilizan buzos y submarinos especiales para saquear estos hallazgos que, por falta de presupuesto, son explorados sin continuidad”.

En todo caso, si bien la responsabilidad de los gobiernos de cuidar patrimonios tan extensos exigiría presupuestos y decisiones políticas que aún no se han abordado, hay algunas iniciativas que están siendo positivas. Una de ellas es la de las grandes exposiciones. Felipe Solís Olguín, director del Museo de Antropología de México DF, fue el comisario de la exposición Aztecas, que se expuso en 2005 en el Guggenheim de Bilbao, y ahora prepara otra sobre Teotihuacán. En su sede recibirá próximamente la exposición española Encrucijada de civilizaciones. “Mientras más nos conozcamos tendremos mejores relaciones entre los pueblos. Se despierta también la curiosidad por viajar y conocer esos países”, dice. “Todos los países somos una encrucijada de civilizaciones. Vamos hacia una sociedad multiétnica sin fronteras, ¿cómo convivir en armonía sin conocer nuestras raíces? La discriminación que sufren muchos inmigrantes proviene en gran parte de la incomprensión y el desconocimiento del otro. Las exposiciones son la mejor manera de acercarse a nuevos públicos”.

14.6.08

El otro viaje del Che

Por Stella Calloni (Corresponsal)
La Jornada, Ciudad de México, 13/06/08


Buenos Aires, 12 de junio. El que muchos llaman “el otro viaje” de Ernesto Che Guevara comenzó el pasado 27 de mayo en un barrio de esta capital, cuando una enorme estatua de bronce de casi cuatro metros de alto y tres toneladas de peso fue llevada desde el estudio del artista Andrés Zerneri, montada sobre un camión, paseada por varias calles céntricas de Buenos Aires, hacia el puerto, donde fue embarcada rumbo a Rosario de Santa Fe, su destino final.

La monumental obra, que recorrió un largo trayecto por el río para ser emplazada en la ciudad donde nació Guevara, el 14 de junio de 1928, comenzó con el sueño del escultor y sus seguidores, que convocaron a enviar llaves desde todos los lugares del mundo para fundir y levantar la escultura. Hubo momentos de fuerte emoción por las calles, entre ellas la tradicional Corrientes, por donde pasó la figura monumental inspirada en la famosa fotografía de Alberto Korda, con la boina, el pelo largo y esa mirada hacia el infinito que está en millones de casas en el mundo. Acompañaban al escultor varios de los que habían trabajado sin descanso para cumplir el sueño y se formó una caravana de automóviles, bicicletas y motocicletas que pusieron un color distinto en una tarde gris.

La imponente figura está colocada sobre lo que imita una roca, donde también pueden verse algunas llaves que fueron distribuidas en relieve por Zerneri, como una alegoría del significado colectivo que tuvo esta iniciativa. También se han coleccionado las cartas y anécdotas de las casi 75 mil llaves recibidas y otros objetos de bronce donados, que llegaron desde miles de lugares del mundo. En todas las calles por donde pasó en “su otro viaje” el Che, simbolizado en esa escultura, recibió el homenaje emocionado de sorprendidos transeúntes, de los trabajadores, muchos de los cuales se descubrían la cabeza a su paso. Hubo lágrimas, aplausos y cánticos, y otros salieron a los balcones a vitorearlo y arrojar papeles y hasta flores. La estatua estuvo un rato frente al tradicional Obelisco. “Fue un proyecto de muchos, los que inspiraron la idea, los que enviaron llaves, los que las recogieron, los que trabajaron conmigo y tantos solidarios en una historia que empezó hace casi dos años. Se eligió reunir llaves para que todos pudieran sentirse construyendo esta figura del Che. Lo importante en este caso es el inmenso amor que vimos en toda la gente que se movilizó para cumplir este sueño, y eso es evidente.” En esa construcción colectiva lograron fundir unos 3 mil kilos de bronce, y Zerneri tenía su taller abierto para que todos los que quisieran participar colaboraran en forma directa. Nadie quería faltar y quedar fuera de este extraordinario acontecimiento colectivo.

Antes de embarcar en Buenos Aires la estatua de Guevara, hubo un festival en el que participaron, entre otros, Vicente Feliú y Jorge Marziali, que transcurrió bajo una ola de frío polar. Este 14 de junio quedará instalada la escultura en la antigua estación Central de Rosario, donde se levantará además un museo y otros proyectos. Se espera un homenaje multitudinario en el 80 aniversario de su nacimiento y que lleguen caravanas desde distintos lugares de Argentina.

11.1.08

Laura Restrepo y la tumba de Vallejo

En el suplemento Babelia, del diario El País (Madrid, 12/01/2008), Laura Restrepo acaba de publicar un interesante reportaje que seguramente será del agrado de todos los vallejianos habidos y por haber. Aunque lleva un título muy poco poético (“Vámonos al diablo. Cucaracha blues”), es un texto muy bien escrito y que cuenta, entre otras cosas sumamente conmovedoras, cómo la tumba de César Vallejo en París se ha convertido en el único rincón de Europa donde no les exigen visa a los miles de latinoamericanos que la visitan.

“Hay, madre, en el mundo un sitio que se llama París", le escribía desde esa ciudad el peruano César Vallejo a su madre, una viejita indígena que nunca había salido de Santiago de Chuco, la más perdida de las aldeas perdidas en las altas alturas de los Andes. Y a mí me enamora esa frase, que siembra la duda sobre si es verdad que lo lejano es realmente Santiago de Chuco, todos los Santiagos de Chuco del Tercer Mundo, o si la cosa viene siendo más bien al contrario. ¿París, la periferia? A lo mejor. Y para muchos de los latinoamericanos que la visitamos, el mero centro de esa ciudad, su corazón que más palpita, es la tumba de Vallejo en el cementerio de Montparnasse.

"Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo. Me moriré en París -y no me corro- tal vez un jueves, como es hoy, de otoño", había predicho él mismo en un poema, de donde se deduce que lo ortodoxo es visitar su tumba en jueves, y ojalá con aguacero, aunque el devoto bien puede tomarse la licencia y acudir en otro clima y cualquier día de la semana, porque si bien la predicción le atinó al dónde, se equivocó en el cuándo, y el poeta se vino a morir más bien un viernes, por más señas Viernes Santo, al parecer bajo un cielo azul radiante por completo ajeno a sus penas.

La peregrinación se inicia con el mapa del cementerio en la mano, 12 el número de la división, 3 el número de la sepultura, y a partir de ahí todo es un problema, porque yace bajo una placa de mármol poco menos que a ras de suelo, gris en medio de la grisura uniforme del lugar, tan discreta y escondida, e invisible en los días de lluvia, que aún quien conozca las coordenadas se las va a ver a gatas para encontrarla.

Quien sí sabe encontrar el lugar es Alejandro Calderón, también él poeta peruano del Perú, perdonen la tristeza, y ni modo que no supiera, si lo ha visitado religiosamente todos los domingos durante el cuarto de siglo que lleva viviendo en la ciudad.

-Vallejo se vino buscando a París -me dice-, y yo me vine buscando a Vallejo. Me acerco a él para matar soledades, porque en este país me he sentido dolorosamente extranjero. Sobre todo durante los diez primeros años.

-¿Y después ya no?

-Y después también, cómo crees que no, con esta cara de indio siempre eres ajeno en tierras de blancos.

Otro tanto le ocurriría a César, porque pese a su nombre de emperador romano fue indio y pobre hasta la raíz del pelo, con su traje negro rebrillado a punta de plancha, su presencia taciturna y digna, su eterno abrigo y su piel color cobre, valga decir, ya sin eufemismo: tremendo morenazo. Papito lindo, flor de poeta, indio divino, y a callar los políticamente correctos que nos salen con que debe decirse persona de color porque no es educado decir oscuro o negro. Frente a él, tan olvidado en vida y tan visitado en muerte, van desfilando mestizos, cafés con leche, negros renegros, mulatos, piel-canela, tostados, cholos, zambos, todos con el corazón en vilo y el Kleenex presto, para llorar un poco porque sí, porque no, porque su tumba es el único rincón donde podemos estar sin visa. Y que no falte declamarle, déle que déle, esos poemas suyos que él mismo compuso y que debe saberse de recontramemoria, sólo que ahora los escucha cantaditos en mexicano, llorados en peruano, declamados en colombiano, a ritmo de son cubano, susurrados en nicaragüense, en guatemalteco, en boliviano, comenzando con su "hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé", que para nosotros viene siendo como el padrenuestro.

En Santiago de Chuco, cuna del poeta, donde la población lo venera tanto o más que al apóstol y santo patrón, le pregunté a un indígena si podría explicarme el significado de una de las estrofas más oscuras de Trilce.

-¿Sus poemas? No siempre los entendemos -me respondió-, pero siempre nos llegan al alma.

Allá mismo, en la plaza del mercado, unas muchachas que me vieron cara de afuerana quisieron saber si conocía París, y como dije que sí, me preguntaron de qué murió él, allá tan lejos. Se quejaban de la maestra, que no había sabido explicarles en la escuela. Les dije que no era culpa de ella, porque la cosa había quedado en el misterio. "Me voy a recostar un momento porque estoy cansado", había anunciado el poeta unos días antes, y ya no se había vuelto a levantar. Indiferentes, los médicos franceses dieron su diagnóstico: de cansancio no muere nadie.

Se dice que lo mató el hambre. Pero no lo tomó por sorpresa, porque ya desde antes de dejar el Perú, le advirtió al amigo que lo acompañaría en el viaje: "Acostúmbrate a comer poco. En París tendremos que vivir de piedrecitas". Y así fue. Comería piedrecitas, más las mandarinas que de tarde en tarde le regalaban en la Rue Ribouté; el cognac aquel que se echó al coleto en un salón trasero de la Regence, según consta por alguna foto que le tomaron; el café y el arroz que fueron su único sustento durante los meses en la Avenue du Maine; la botella de leche, y a veces de vino, que bajaba a comprar a la Rue Molière, contando los centavos.

-Pero acaso quién no -objeta Eduardo García Aguilar, poeta colombiano en París-, aquí todos hemos tenido que contar los centavos, recién llegados todos hemos pasado hambre, y sin embargo aquí estamos, porque lo que es morir, no hemos muerto.

Habrán sido entonces la soledad y el frío... Que no, me asegura Alejandro, el poeta peruano. Eso tampoco, porque aun cuando estaba en las peores, Vallejo pudo arreglárselas para calentar su cama. Ahí donde lo ven, flaco y silencioso como un árbol seco, con las francesas el cholo sabía darse maña; está claro que al menos una Henriette y una Georgette cayeron en sus brazos y lo amaron locamente.

Tercermundista Vallejo, extracomunitario, desplazado, indocumentado, indeseable, sin empleo, ¿lo mataría París? ¿No pudo con el sombrío trasegar por las habitaciones más baratas de la orilla izquierda? Mucha cucaracha en esos huecos, mucha cucaracha, me dice Julito Olaciregui, escritor barranquillero en París, y Alejandro me asegura que hoy, como ayer, a los poetas pobres que van llegando, deslumbrados por la ciudad, ésta los recibe con la misma serie interminable de mínimas chambres de bonne, compartidas clandestinamente con otros dos o tres, sin calefacción, sin baño ni luz del sol, encaramadas en el séptimo piso, o en el octavo, al final de una empinada escalera de caracol. Es el ritual de la miseria que según Enzesberger, París ofrece a quienes le venden su alma: colchones de espuma sobre el suelo pelado, hornillos de petróleo, cajas de escaleras embadurnadas, bidés, soledad y cafard.

Si éste es el frío de la vida, cómo será el de la muerte, pensaba yo la tarde de invierno en que fui a visitarlo por primera vez, en compañía de mi amiga Teresa Vieco. Dábamos vueltas sin ton ni son en busca de su tumba, con la oscuridad pisándonos los talones, y como se acercaban las cinco y media de la tarde, hora en que el cementerio cierra sus puertas, los guardias se largaron a merodear por los pasadizos funéreos como perros sueltos, arreando con sus silbatos a los vivos hacia las puertas para que se fueran a vivir sus vidas y dejaran dormir en paz a los muertos. Aprovechando la falta de luz, nosotras nos ocultábamos de los sabuesos detrás de arbustos y mausoleos, resueltas a no permitir que nos frustraran el encuentro, cuando de repente la Teresa, que traía en la mano unas rosas, medio achicopaladas ya por los carrerones y los escondites, se tropezó con una lápida y se pegó un porrazo. Al ayudarla a levantarse, muertas ambas de la risa, vi el nombre que allí estaba inscrito: César Vallejo. La Teresa se había ido de narices, con todo y rosas, justamente sobre la tumba del poeta. Suena a cuento chino pero juro que así sucedió, ella puede dar fe, y no es literata sino arquitecta.

5.1.08

La hoja de coca y los pueblos andinos

Guillermo García Espinosa
(Especial para La Jornada, México, 4 de enero de 2008)


Cusco, Perú. El aroma de la hoja de coca se expande en el ambiente. Salas de espera de autobuses y trenes, oficinas de servicios públicos, locales comerciales y el aliento de mujeres y hombres quechuas y aymaras está generalmente permeado por la fragancia amarga de un arbusto de la cordillera de los Andes, nacido silvestre, ahora casi proscrito.

Confundida con la cocaína y sometida a una visión prejuiciosa y errada que la equipara con la causa de una adicción, la hoja de coca es al mismo tiempo el eje de un movimiento de resistencia cultural, de expresiones contraculturales y de aplicaciones tecnológicas en las industrias alimentaria y farmacéutica.

Todo eso, a pesar de que la llamada Guerra contra las drogas la tiene en la mira desde hace tres décadas y criminalizó su imagen.

Cualquier rincón de los Andes es territorio cocalero. En estanquillos de Cusco o Lima, junto a botanas de maíz, hay dulces envueltos en celofán, con una etiqueta donde destaca una hoja ovalada de tono verde olivo y un anuncio que dice: “revigoriza”.

En mercados de ciudades andinas, como Potosí, Bolivia, la hoja de coca está a la vista y se vende como cualquier otro artículo.

La gente prepara infusiones o mastica el vegetal para extraerle, junto con su sabor amargo, intenso, todas sus propiedades alimenticias y estimulantes; se trata de un uso ancestral que en Perú y Bolivia denominan con la palabra quechua acullico, cuyas evidencias arqueológicas se ubican en el año 2200 antes de nuestra era, en las tierras bajas de Valdivia, cerca de la frontera entre Ecuador y Perú.

“Es algo autóctono, de nuestros ancestros; por eso reivindicamos la coca, porque es un producto que está en nuestros genes”, dijo Fredy Olivera, dueño de una pequeña fábrica de caramelos hechos a base de la hoja, en Cusco, quien sostiene que la industrialización es parte de la defensa cultural.

La coca es un vegetal que crece entre los 400 y mil 800 metros sobre el nivel del mar, pero la producción mundial de alrededor de 300 mil toneladas se concentra en los Andes, sobre unas 180 mil hectáreas, según la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Es una planta resistente, capaz de sobrevivir en temporada de secas, en tierras de pobres nutrientes. La yerba (científicamente conocida como Erythroxylum coca) es sobre todo generosa, no sólo porque sus hojas se pueden cosechar tres o cuatro veces al año, sino porque es portadora de vitaminas A, B y C, calcio, hierro y fósforo.

Salvo excepcionales plantíos en Brasil, Guyana, Venezuela, India y Madagascar, la mayoría de los cultivos están en Perú, Bolivia, Ecuador y Colombia.

Perú es el país donde se asienta la mayoría de las pequeñas empresas que industrializan la planta, con una compañía estatal a la cabeza de ese proyecto, la Empresa Nacional de la Coca (Enaco), que tiene el monopolio legal de la comercialización a granel e industrializa productos como el té de coca, que es de lo más común en los anaqueles de tiendas de abarrotes.

Más que una superstición

“Para muchos (la coca) podría ser sólo una tradición o una superstición. Pero es uno de los vegetales más alimenticios del mundo. Esto lo descubrieron científicos de la Universidad de Harvard, y el Instituto Boliviano de la Altura ha encontrado que los efectos son sumamente benéficos. Regula la circulación de la sangre, evita la trombosis. Hay mayor absorción de oxígeno en el cerebro, cura y previene la osteoporosis”, dijo Sdenka Silva, socióloga, cofundadora del Museo de la Coca en La Paz.

La industrialización de la coca se ha extendido también a la producción de galletas y panes de harina de coca, tan populares en Perú y Bolivia como en Colombia, donde inclusive hay empacadoras.

Pero si Perú ha tomado una posición más agresiva en la producción industrial, Bolivia ha tomado la iniciativa diplomática para revertir una decisión de la ONU de 1961, que impuso límites a la producción de coca en los Andes, donde la cultura aymara de Tiwanaku, a orillas del lago Titicaca, consagró la hoja de coca hace dos mil 500 años.

Un estudio patrocinado en 1951 por un banquero de apellido Fonda llevó sin objeciones de los gobiernos boliviano y peruano de entonces a la conclusión de que la coca era causa de retraso mental. Con base en esa información, Naciones Unidas lanzó una campaña de erradicación en Perú y Bolivia, aduciendo que era el origen de la pobreza en esos países y de la drogadicción en el mundo.

Un siglo antes, la valoración de la coca era diferente. Los europeos la importaban en grandes contenedores de barco para producir el vino Mariani, en Francia, y como derivado de esta idea, el farmacólogo John Pemberton, en Atlanta, Estados Unidos, creó la bebida que finalmente se transformaría en la Coca-Cola.

Las industrias farmacéuticas europea, estadunidense y japonesa, que es junto con Coca Cola la principal compradora de la hoja, también redescubrieron las propiedades anestésicas que las antiguas culturas andinas le dieron para realizar trepanaciones con fines rituales y religiosos.

“La estrategia de la Guerra contra las drogas impulsada por el gobierno estadunidense desde finales de los años 70 se basa en la erradicación de la hoja, con el supuesto de que es la causa de que exista la cocaína y también proponiendo que es la manera de acabar con el consumo”, dijo Silva

La socióloga suele ejemplificar la confusión sobre la coca y la cocaína con un símil entre la hoja y la uva.

“Te puedes comer las uvas que quieras y no terminas borracho. Por eso es que a nadie se le ocurriría prohibir la producción de uva. Pero en los Andes está limitado el cultivo de la hoja de coca y su comercio internacional está prohibido, salvo para el monopolio de la Coca-Cola y de 32 países –ninguno latinoamericano– que tienen el derecho a producir legalmente la cocaína”, explicó la socióloga.

Fracasa política de erradicación

A la fecha, informes oficiales de la ONU muestran que la política de erradicación sólo ha logrado que las plantaciones sean intensivas. En la década de los 90 la superficie plantada disminuyó de 280 mil a 180 mil hectáreas, pero el volumen de producción se mantuvo en alrededor de 300 mil toneladas, lo que abarca tanto la cosecha considerada ilegal, como la autorizada para alimentos y rituales andinos.

El Museo de la Coca, que difunde información desprejuiciada sobre la hoja y marca la diferencia con la adictiva cocaína, ocupa un espacio pequeño, sin lujos, donde los visitantes pueden degustar la hoja mientras observan las mamparas.

Hasta este año, el museo había sido un puntual símbolo de la resistencia cocalera dentro y fuera de Bolivia, con exposiciones itinerantes. Pero desde septiembre del año pasado fue el presidente boliviano, Evo Morales, quien llevó hasta la ONU la defensa de la coca y la necesidad de revertir la política restrictiva de 1961.

También es Morales, un líder cocalero de ascendencia aymara, quien propuso en abril pasado que la hoja de coca pase a formar parte de los iconos del escudo nacional de Bolivia, al lado de la llama y el cerro mineral de Potosí.

“El hecho de pasar al escudo de Bolivia representaría un reconocimiento a lo indígena, porque el escudo boliviano ha tenido siempre simbolismos europeos (laureles, por ejemplo). No es casual que el primer presidente indígena en América del Sur, Evo Morales, llegara a ese sitial (en enero de 2006) defendiendo la hoja de coca”, dijo la socióloga.

Morales formó un movimiento político en la región del Chapare, una de las dos principales productoras de coca, junto a Los Yungas, convertidas en el blanco central de la Guerra contra las drogas en Bolivia.

Cocalero, documental de 94 minutos del brasileño Alejandro Landes, estrenado en mayo pasado en Bolivia y Argentina –programado para México en febrero de 2008–, es una muestra de la lucha de Morales, quien hizo de la hoja su medio de vida y una bandera contra la injerencia externa en los asuntos de los bolivianos.

La gran batalla contra la política de erradicación de la coca tendrá lugar en la ONU en 2008 y para ello, Bolivia –y en menor medida Perú y Ecuador– preparan sus argumentos en contra de los límites a la producción y el monopolio comercial mundial, encabezado por Estados Unidos, Alemania, Francia y Holanda.

Esperan menos restricciones

Industriales andinos como Oliveira saben que la producción de más mercancías a base de coca está sujeta a las decisiones en la ONU y al monopolio comercial de Enaco, en el caso de Perú, pero tienen la expectativa de menores restricciones.

“El problema es que hay degeneración cuando utilizan la hoja para producir cocaína. Lo que tenemos que hacer es promover el consumo de manera más científica, con orden”, dijo el empresario, que dice vender un millar de paquetes diarios de los caramelos Vida.

Pero además de la industrialización, la resistencia cultural y la lucha política, la hoja de coca también se ha convertido en un símbolo de contracultura.

Conductores de minibuses en La Paz, negros colombianos, campesinos brasileños o jóvenes bolivianos de las ciudades recurren a la coca como un alimento alternativo; mujeres jóvenes en varios países de Sudamérica usan aretes hechos con hojas de coca envueltos en plástico cristalino.

Aunque con elementos comerciales, la batalla contra la desinformación causada por la Guerra contra las drogas también se refleja en la venta de playeras estampadas que en el pecho muestran una hoja de coca, con una leyenda que advierte: “La hoja de coca no es droga”.

“El uso de la coca es creciente”, consideró Silva. “Esas camisetas que venden estampadas con hojas de coca podrían ser parte de la contracultura; las hacen muchas personas, pequeñas empresas, buscando quizá una redición del concepto de cultura. Ojalá que más allá del concepto de consumo y comercio, se reconozcan también las raíces indígenas.”