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6.9.09

El grito de Trotski

Javier Goñi
Babelia, El País, Madrid, 05/09/2009


En agosto de 1940, Trotski en su casa-fortaleza de Coyoacán, en México DF, ultimaba un libro sobre Stalin, que dejó inacabado; incluso la introducción: "La primera cualidad de Stalin era una actitud despectiva hacia las ideas. La idea había...", y ahí se quedó, pues como es sabido el 20 de agosto un tal Frank Jacson o Jacques Mornard, en realidad el comunista español Ramón Mercader del Río, le asesinó clavándole en la cabeza un piolet (Padura) o un zapapico (según Julián Gorkin, autor del muy célebre, por razones que ahora no hacen al caso, Cómo asesinó Stalin a Trotsky). Me detengo en Gorkin: en la contracubierta de una edición barata de 1965, se escribe: "...la obra es una verdadera novela de acción, cuya base real hace más dramática esta historia". Esta historia, el asesinato de Trotski, es lo que cuenta Leonardo Padura, autor de una estimable serie policiaca, en la que radiografía moralmente -quédense con el adverbio- Cuba. El hombre que amaba a los perros es, sí, el relato pormenorizado del asesinato de Trotski, contado con gran nervio narrativo -es en sí misma una apasionante novela de lealtades, u obediencias: no es lo mismo, y traiciones, y también, claro, una película: la hizo Losey en 1972-; es también una pormenorizada reconstrucción de los últimos años de la vida errante de Trotski, presintiendo que Stalin le alcanzaría; y es, por último, la historia de un joven cubano, Iván, para quien la vida es un callejón sin salida y que conoce en 1977, en una playa, a un hombre que amaba a los perros, que pasea dos viejos galgos rusos, dos borzois, esos animales que tanto amó -también- Trotski, como ama -también- el cubano a los perros en general. Ese misterioso español, enfermo y abandonado, le confía su secreto; el lector ya lo adivina enseguida, Iván tarda más: es Ramón Mercader, quien falleció en Cuba en 1978. Los perros, pues, con una insistencia que a mí no me acaba de convencer, unirán las tres historias y con las tres Padura ha escrito una ambiciosa novela, que se lee con mucho interés, aunque tal vez se hubiera beneficiado con una mayor capacidad de síntesis. La parte del Trotski huyendo es muy prolija, como si Padura no hubiera acertado al manejar la mucha documentación; la parte de Mercader no se libra tampoco de un exceso de datos, aunque es la que mejor fluye; y, por fin, la parte cubana, con la que Padura está comprometido moralmente, es por sí misma una novela: es acertado ese "efecto mariposa" de la utopía socialista y cómo aquella barbarie estalinista acaba, tantos años después, tantos sueños rotos después, tanta sangre derramada después, perjudicando las vidas anónimas como las de Iván o Ana, su mujer, también ella amaba a los perros. El único pero, pues, aunque estructural, que cabría hacer es éste, que nos da seiscientas páginas, donde caben tres novelas, y el total se resiente algo. En cambio, la ambición se le reconoce.

12.3.08

Padura y su novela sobre el asesinato de Trotsky

Todavía sigue en compás de espera la publicación de la novela del escritor cubano Leonardo Padura acerca de las peripecias, intrigas y persecuciones que rodearon el exilio y el asesinato en México de León Trotsky, uno de los principales líderes de la Revolución de Octubre. Se trata de El hombre que amaba los perros, un título con el que Padura pretende rendir homenaje al escritor estadounidense Raymond Chandler, pero que también tiene mucho que ver con un hecho concreto y puntual de la historia cubana: que el catalán Jaime Ramón Mercader del Río, el hombre que asesinó a Trotsky por encargo de los servicios secretos soviéticos y pasó 20 años en una prisión mexicana sin hablar nada de nada, se radicó al final de sus días en La Habana, Cuba, donde, simulando ser uno de esos viejitos apacibles y un tanto bobalicones, solía pasear a diario con sus perros por la Quinta Avenida del residencial barrio de Miramar.

Según ha trascendido, Padura trabajó cerca de tres años en la obra que será publicada, si todo va bien, en el otoño de 2008, por la conocidísima editorial Tusquets, de Barcelona. Durante ese tiempo nuestro autor buscó documentos originales, leyó libros de historia y ficción, consultó mapas urbanos y aprendió, prácticamente casi de memoria, los diarios del exilio de Trotsky. Pero, en todo el proceso previo a la escritura de su novela, Padura siempre tropezó con el mismo obstáculo: el silencio irritante de Mercader del Río, quien, como se sabe, estuvo 20 años en la cárcel en México y nunca dijo esta boca es mía. Lo mismo ocurrió el tiempo que el sicario de Stalin vivió en Moscú y en Cuba: desapareció y fue como un fantasma o, mejor, un muerto en vida. Sin embargo, en la novela de Padura, Ramón Mercader se muestra muy locuaz y le cuenta todo, incluyendo pelos y señales, a un joven cubano estudiante de veterinaria que, a pesar de su promesa de no decirle a nadie, 20 años después, ¡oh, casualidad de casualidades!, le pasa todos los detalles a un amigo escritor, que ya se imaginarán quién es. De este modo, tal como explicó el mismo Padura durante un reportaje que en noviembre del 2007 Dalia Acosta le hizo para IPS, los perros se convierten en la conexión entre Mercader del Río y el muchacho que, a su vez, marca la distancia necesaria entre la histórica y la ficción: "Como Ramón Mercader amaba los perros, también los amaba el hombre que él asesinó. Trotsky tenía cuatro galgos rusos y cuando parte al exilio a Alma-Ata se lleva uno consigo. El mismo amor lo compartía también el joven veterinario cubano. Cualquiera de ellos puede ser el hombre que amaba a los perros".

El hombre que amaba a los perros, hasta donde sabemos, se cuenta en tres líneas paralelas: el exilio de Trotsky desde 1929 hasta su muerte en 1940, la preparación y ejecución de su asesinato y el destino posterior del asesino o "brazo ejecutor", en Moscú y luego en Cuba. Padura cuenta el recorrido del exiliado Trotsky por Alma-Ata (Kazajstán), Turquía, Francia, Noruega y su estancia definitiva en una "casa-fortaleza" en Coyoacán, ciudad de México. Y, por otro lado, sigue los pasos de Mercader del Río desde sus tiempos como soldado del Ejército Popular español, Moscú, Francia, Nueva York y México. Así, como en sus libros policíacos, donde la trama es sólo un pretexto para ahondar en la sociedad cubana, Padura parte de lo que considera uno de los asesinatos más significativos del siglo XX, para ahondar en la lucha por el poder tras la muerte de Lenin y el ascenso del fascismo. "Stalin y Trotsky –tal como ha dicho Padura- pensaban de dos modos diversos sobre la revolución. Stalin, para consolidar su poder, se aferrró a su teoría del socialismo en un solo país, y coartó todo atisbo de democracia y pluralidad. Trotsky, con su teoría de la revolución permanente, pensaba que la victoria en Rusia era sólo un paso para luego seguir por Europa. Pero Stalin prácticamente traicionó a la posible revolución china en 1926-1927, no permitió una alianza entre las fuerzas de izquierda en Alemania que pudieron evitar el ascenso de Hitler al poder, maniató a la Internacional Comunista y en España, durante la guerra civil, exigió que se luchara por la victoria sin hacer la revolución. Era el menos brillante, pero demostró ser el más astuto y sibilino. Trotsky era brillante, orador, culto, mundano, famoso y mítico. Eliminar a Trotsky se convirtió en una exigencia para que Stalin pudiera conseguir la preeminencia y el poder absoluto, incluso la posibilidad de reescribir la historia y robarse un protagonismo que nunca tuvo".

Aunque el final de esta historia se conoce desde el inicio y ya ha sido objeto de diversos acercamientos literarios, donde se pueden incluir, entre otros, la pieza teatral Trotsky debe morir, del recordado escritor peruano José B. Adoph o la biografía novelada El grito de Trotsky. Ramón Mercader, el asesino de un mito, del periodista mexicano José Ramón Garmabella, el caso El hombre que amaba a los perros es un tanto distinto, pues allí Padura trata de enfatizar sobre todo en el cómo o, para usar sus propias palabras, en la búsqueda de las verdades simbólicas. "¿Por qué, se pregunta desesperadamente el autor de El hombre que amaba a los perros, se frustró la gran utopía del siglo XX?". Y él mismo ensaya una respuesta que no convence mucho pues suena un poco a lo de la Fuenteovejuna de Lope de Vega: "La perversión comenzó en los mismos años 20 y el asesinato de Trotsky puso el punto final a cualquier salvación de esta utopía. Es algo que también tiene que ver con nosotros. El ser humano no puede vivir sin utopía".