31.5.08

Los espejos de Galeano

Por Armando G. Tejeda (Corresponsal)
La Jornada, Ciudad de México, 30/05/08


Madrid, 29 de mayo. A sus 63 años, Eduardo Galeano se dedica a diario a intentar resolver el mayor desafío del lenguaje, sabedor de que eso es “imposible”: utilizar en sus textos únicamente las palabras que sean mejores que el silencio. Desde esa voluntad de depuración del idioma, el escritor uruguayo escribió su libro más reciente, Espejos: una historia casi universal (Siglo XXI), en el cual mediante 600 historias breves ofrece un panorama inquietante sobre el devenir del mundo y la historia de la humanidad.

En entrevista con La Jornada, Galeano levanta la voz ante el “sistema mundial de dominio que nos está llevando a todos al matadero o al manicomio”. Ante el empecinamiento del ser humano por “mutilar” el arco iris terrestre con “el racismo, el machismo, el elitismo y el militarismo”.

–Da la impresión de que con este libro se ha vaciado, ha volcado el conocimiento, las lecturas y los aprendizajes acumulados a lo largo de su vida.

–Creo que sí. La idea era reunir en un solo libro estas 600 historias o relatos que viajan por el mundo y por el tiempo sin límites, sin fronteras. Y van y vienen por el mapa del mundo y por el del tiempo. Y sí que recogen una experiencia de toda la vida, muchas lecturas y muchas preguntas. Sobre todo recoge las preguntas que yo me he ido formulando a lo largo de mi propia vida. Desde que era chiquito e iba a la escuela y la maestra me decía que el vasco Núñez de Balboa fue el primer hombre que vio los dos océanos desde una cumbre de Panamá. Y yo levantaba la mano y le decía: “Señorita, señorita, entonces los que vivían ahí eran ciegos”. Y ella me echaba de la clase por insolente. Y las preguntas que después me fui formulando, que se fueron quedando y esperando respuestas que fueran a su vez nuevas preguntas. Por ejemplo, otra que abre el libro, cuando pregunto que si Adán y Eva eran negros, porque si el viaje humano empezó en África, desde ahí partieron nuestros abuelos a la conquista del planeta y el Sol fue el que hizo el reparto de todos los colores, pues somos todos africanos y somos todos emigrados. Es bueno recordar ahora que todos somos africanos emigrados, ante tanta demonización que hay de la emigración como si fuera un crimen. Pero sí, también es un libro de las preguntas incómodas. Yo siempre digo que una buena respuesta es una fuente de nuevas preguntas, así que el libro está escrito por un preguntón, por un curioso, que quiere despertar curiosidad en quien lo lee.

–Esas 600 historias, contadas así, de manera aparentemente inconexa, ¿es porque también pretendía llamar la atención ante la anarquía que hay en el mundo y en la historia de la propia humanidad?

–Sí, pero que están atadas por hilos invisibles que hacen que esa aparente desconexión no sea más que una expresión de la diversidad de la vida humana, de la historia y de la presencia dominante en esa diversidad de los negados por la historia oficial. Que es una historia que sacrificó, que mutiló el arco iris terrestre. Siempre digo que el arco iris terrestre tiene más colores que el celeste. Es mucho más bello, más fulgurante, pero ha sido mutilado por el racismo, el machismo, el elitismo, el militarismo… Entonces no somos capaces de vernos en toda nuestra plenitud asombrosa, en toda nuestra prodigiosa capacidad de hermosura. El libro rinde homenaje a la diversidad humana y a la diversidad de la naturaleza, de la que también formamos parte. Entonces en apariencia puede parecer inconexo, pero cuando uno se mete a leerlo está armado de tal manera que hay muchísimo trabajo detrás. Es como un río que corre a veces por debajo de la tierra, otras por arriba, pero que nunca deja de correr. Es un solo flujo de un río de muchos ríos.

–Como una sinfonía.

–La literatura y la música se parecen mucho. Por eso es bueno leer en voz alta. Cuando uno escribe, cuando uno termina un texto se lee en voz alta porque esa lectura te da la música de las palabras. Y la música manda. Tiene que haber una continuidad de la música.

–Después de tantos libros y, sobre todo, aprendizajes, ¿cree que ha llegado al máximo de depuración de su propio lenguaje literario?

–Creo que sí. El lenguaje que yo utilizo no quiero que se vea, pero cada uno de estos relatos ha tenido 15 o 20 tentativas. Como decía un escritor chileno cuando reditaba sus cuentos: edición corregida y disminuida. Yo también los voy disminuyendo, en un trabajo de quitar la grasa para que sólo quede la carne y el hueso de lo que se quiere contar. Es un trabajo de desnudamiento y purificación del lenguaje.

–Un lenguaje poco frecuente en las letras latinoamericanas, en ocasiones demasiado tendentes a la verborrea, ¿no le parece?

–Puede ser, pero yo no creo que la literatura latinoamericana deba ser esto o lo otro, porque lo mejor que tiene esta región nuestra es que es tan diversa. O sea que contiene todos los colores, los olores, los sabores del mundo. Si lo mejor que el mundo tiene está en la cantidad de mundos que el mundo contiene, pocas regiones del mundo contienen tantos mundos como la nuestra. Y, por tanto, hay una diversidad de lenguajes y esa es nuestra riqueza. Yo escribo a mi manera, lo que siento y me sale, pero hay muchas otras formas de escribir. Todo lenguaje es legítimo en la medida que las palabras nazcan de la necesidad de decir.

–Pero hay influencias, generaciones literarias.

–Sí, yo escribo a mi manera, que es a su vez una manera muy influida por mi maestro Juan Rulfo. En una entrevista, hace ya algún tiempo, me pidieron que eligiera a los escritores más importantes en mi formación literaria. Yo contesté: Juan Rulfo, Juan Rulfo y Juan Rulfo.

–En su búsqueda de nuevos lenguajes, supongo que también está al tanto de la evolución de nuestro idioma en la sociedad actual.

–Sí, es un aprendizaje cotidiano. Recibo muchas voces de la calle, que son las que más me alimentan. Y es un trabajo de recreación de las voces que uno recibe. Cuando Rulfo me decía que se escribe más con la goma que con el lápiz, y eso es verdad, pero no toda. Porque también hay que ver cuáles son las palabras. Otro maestro mío, Juan Carlos Onetti, con quien compartí pocas palabras y muchos silencios, siempre me decía que había un proverbio chino que decía que las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio. Es una idea muy hermosa, porque el silencio es un lenguaje hondísimo y profundo; entonces es muy difícil que las palabras sean mejores que el silencio. En realidad eso es imposible, pero uno tiene que intentar esos imposibles. Es el mayor desafío del lenguaje.

–Precisamente su libro Espejos tiene muchos silencios y mucha calma en su lectura.

–El libro pide lentitud como el amor. Y silencio para que las palabras suenen de verdad.

–¿Usted también asume la literatura como ese juglar que va de pueblo en pueblo contando historias, declamando, leyendo en voz alta esas historias?

–Sí, pero si son conocimientos solos, es decir, mensajes de la razón van a tener poco recorrido. Tienen que ser historias sentipensantes para llegar a quien las lea, tienen que venir de la razón y del corazón. Tienen que unir lo que ha sido desvinculado por la cultura del desvinculo, que es la cultura dominante. Que entre otras cosas ha desvinculado la razón de la emoción, como ha desvinculado el pasado del presente. Por eso en el libro se mezcla muchísimo el pasado y el presente; el exterminio de Irak a manos de un señor que cree que la escritura fue inventada en Texas y, al mismo tiempo, el nacimiento del primer poema de amor de la historia humana, que es un poema escrito en Irak, cuando todavía no se llamaba así, en lengua sumeria y en tablillas de barro.

–Una de esas líneas invisibles que dan sentido a las 600 historias de Espejos, ¿sería la vocación del hombre por la guerra, por esa tendencia a destruirse a sí mismo?

–Creo que los que creyeron que la contradicción es el motor de la vida humana no se han equivocado. Somos una contradicción incesante. Y eso te ayuda a sobrevivir en un mundo difícil; la certeza de que no hay horror que no implique alguna maravilla. La certeza de que somos mitad basura y mitad hermosura. Entonces el libro se alimenta de esa contradicción incesantemente. No sólo del horror sino también del amor.

–Con especial fijación en las guerras, ¿no cree?

–Sí, porque la guerra es parte del horror. No pienso que la guerra sea un destino humano, pero sí sigue siendo una realidad de nuestro tiempo. Cada minuto mueren de hambre o de enfermedad curable 10 niños en el mundo. ¡Cada minuto! ¡Y cada minuto Estados Unidos gasta medio millón de dólares matando inocentes en Irak!

–También el machismo es una constante de la historia de la humanidad.

–Sí, por eso menciono la paradoja de las vidas de Santa Teresa y Sor Juana Inés de la Cruz. Las dos perseguidas por la Inquisición, los sectores más dogmáticos y feroces de la Iglesia católica y de sus verdades únicas. Sospechosas por ser mujeres inteligentes, creativas, por tener tanto o más talento que los hombres. Y, por tanto, culpables del imperdonable delito de ser ellas mismas. El caso de Santa Teresa es el más trágico. Pienso que un brazo de Santa Teresa acompaña a Francisco Franco en su larguísima agonía porque la descuartizaron y mandaron los pedazos a todas partes, y el brazo incorruptible –como le dicen– en la mesita de luz de Franco. Es una broma de mal gusto de la historia. Ella, que había sido víctima de los equivalentes de Franco en su tiempo.

–¿Cómo ve Eduardo Galeano lo que ocurrió recientemente en Sudáfrica, que desconcertó al mundo: el estallido xenófobo en el país que sufrió durante tantas décadas el apartheid?

–Creo que hay un sistema mundial de dominio que está convirtiendo al mundo en un matadero y también en un manicomio. Nos está enloqueciendo a todos y la prueba de esto se está convirtiendo en una locura total es que ese sistema de dominio mundial ha logrado que los negros se maten entre ellos, como está ocurriendo en África del Sur, o que los iraquíes se maten entre sí, como ocurre en Irak, o que los palestinos se maten entre ellos. Nos enloquecen. Ya no sabemos quién es quién, ni por qué ni para qué. Ahora el mundo ha entrado en un periodo de crisis muy peligroso y esto va a generar explosiones de racismo por todas partes. El inmigrante, el venido de fuera, sobre todo si es de piel oscura será el chivo expiatorio del paro, del desempleo, de la desocupación.

–Da la impresión de que el mundo no reflexiona ni guarda silencio para analizar esto así, como sí podemos hacer con su libro, por ejemplo…

–Sí, porque vivimos en un vértigo incesante. Somos presos. Instrumentos de nuestros instrumentos. Máquinas de nuestras máquinas. Y el vértigo de la vida urbana nos impide disponer del tiempo necesario para recuperar la memoria perdida y para recordar las cosas más obvias. Que a Colón nadie le pidió pasaporte, que a Hernán Cortés nadie le exigió contrato de trabajo, que a Francisco Pizarro nadie le exigió certificado de buena conducta, que además no lo hubiera obtenido porque era un tipo con antecedentes muy jodidos. Como decía al principio, somos todos africanos emigrados. Son cosas elementales que hemos olvidado por completo y que debemos recuperar para hacer preguntas, como: ¿es un destino este mundo?, ¿no estará embarazado de otro?

–En el libro también reflexiona sobre la conquista, después de cinco siglos. ¿Cómo ve la situación de los pueblos indígenas?

–Me parece admirable la capacidad que han tenido los indígenas de las Américas en perpetuar una memoria que fue quemada, castigada, ahorcada, despreciada durante cinco siglos. Y la humanidad entera tiene que estarle muy agradecida, porque gracias a esa porfiada memoria sabemos que la tierra puede ser sagrada, que somos parte de la naturaleza, que la naturaleza no termina en nosotros. Que hay posibilidades de organizar la vida colectiva, formas comunitarias que no están basadas en el dinero. Que la competencia contra el prójimo no es inevitable y que el prójimo puede ser algo mucho más que un competidor. Todas estas cosas que se han heredado de las culturas originales y que han tenido una persistencia admirable porque han sobrevivido a todo y que se manifiestan ahora. Por ejemplo, la nueva Constitución de Ecuador, que lleva nombre indígena, por primera vez en la historia de la humanidad consagra a la naturaleza como sujeto de derecho. Nunca a nadie se le había ocurrido. En Ecuador, a pesar de ser un país muy infectado de racismo, como México y todos en América Latina, se ha podido perpetuar una memoria subterránea que hace posible esta recuperación de verdades pronunciadas por voces del pasado más remoto, pero que hablan al futuro.

–Y el hecho de que ahora se esté en plena “celebración” del bicentenario de las independencias, ¿qué le parece?

–Las independencias fueron en general los certificados de nacimiento de las naciones, mentira en las que vivimos. Porque todas las constituciones de nuestras repúblicas independientes negaron los derechos a quienes habían derramado la sangre por conseguir esas independencias. Fueron emboscadas contra los hijos más pobres de las Américas. Eso fue unánime y siempre fue así. Fueron repúblicas nacidas para la negación de derechos, para la maldición y para el desprecio de la mayoría de sus habitantes, muchos de los cuales pasaron a una peor vida de la que tenían bajo el predominio colonial. O en todo caso se limitaron a mudar de amos. Como decía un grafiti anónimo en una pared de Quito, cuando se promulga la independencia de Ecuador: “Último día del despotismo y primero de lo mismo”.

30.5.08

Adiós al poeta

Por Dayhana Cam
La Primera, Lima, 30/05/08


Único, contestatario, poeta social, esas son sólo algunas de las palabras con las que sus más allegados amigos y seguidores describieron al poeta Alejandro Romualdo Valle, quien en vida fue uno de los más grandes poetas y escritores en nuestro país, que al igual que otros falleció sumido en el olvido y la indiferencia de los gobiernos del país. Ayer se vivió un rencuentro de poetas, con un motivo triste, despedir al amigo, pero con la sensación grata de que su huella nunca se borrará, ni de los papeles ni del corazón de miles.

Un retrato del poeta Alejandro Romualdo Valle, elaborado por el pintor Bruno Portuguez, acompañó el féretro del también periodista y dibujante, quien fue velado en la casona del Centro Cultural de San Marcos, lugar donde por muchos años se reunió con sus más queridos amigos, entre ellos el director de la citada casa cultural, Federico García, quien consideró a Valle como “un poeta social”, debido a su compromiso con los desposeídos. “Él siempre se preocupó por la situación social del ­país, sus poesías y textos expresaron siempre su constante compromiso ideológico con los que menos tienen”, indicó García.

Durante el acto velatorio llegaron a darle el último adiós ilustres poetas e intelectuales, sin embargo, no llegó ningún representante del gobierno de turno, pese a que la obra de Romualdo Valle es considerada como patrimonio para nuestro país. También se hicieron presentes un grupo de escolares del colegio Santo Domingo de Guzmán, quienes con pancarta en mano ­agradecieron al ilustre vate por su poema “Canto Coral a Túpac Amaru”, un importante referente en el proceso literario peruano.

Para el poeta, editor y periodista Hildebrando Pérez, el célebre Romualdo fue uno de los más grandes poetas hispanoamericanos, razón por la cual, hace menos de dos años, se dedicó una edición completa de la revista Martín a la vida y obra del citado poeta. En 130 páginas, distintos estudiosos y literatos peruanos y extranjeros realizaron ensayos y evaluaron la diversidad de la poesía de Valle. Pérez dirigió junto al periodista Guillermo Thorndike esa revista.

“Él sabía adelgazar la voz cuando lo requería su poesía. Y cuando quería ser un poeta reclamante de las injusticias sociales, su poesía era dura, ­era tosca como un trueno”, ­aseguró Pérez, sobre la versatilidad de su amigo, quien en 1949 fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía. Obras suyas como La torre de los alucinados (1949), El movimiento y el sueño (1971) y Edición extraordinaria (1958) son reconocidas en todo el mundo.

Por la tarde, se realizó un homenaje póstumo, en el que sus más queridos familiares y amigos recordaron la importante obra del notable peruano. El poeta Arturo Corcuera recordó su amistad con el vate que se fue, mientras que el periodista y director de esta casa, La Primera, César Lévano, reflexionó sobre la generosidad de Valle para con sus amigos y reconoció la ayuda que le brindó para publicar algunos textos. “Los poetas nunca mueren, siguen viviendo a través de sus palabras”, declaró Lévano.

“Estoy muy agradecida con la Universidad Nacional de San Marcos y con Federico García, del Centro Cultural, por brindar este tierno y emotivo homenaje a mi padre. Él no sólo fue alumno de San Marcos, sino también fue profesor, yo fui alumna suya en el curso de Estética y quedé babeando. Todos saben que para él yo era sólo su dulzura”, expresó, conmovida, Laura Valle Pereira, hija de Romualdo Valle. Los restos de Valle fueron despedidos con el himno de la Internacional Socialista, pues “cuando un poeta revolucionario muere, nunca muere”. Con el puño en alto, sus amigos y familiares dijeron hasta pronto a este notable poeta e intelectual, que fue cremado en el cementerio de Conchán en Lurín, en una ceremonia privada.

Hildebrando Pérez, Federico García y el pintor Alberto Quintanilla coincidieron en señalar que en nuestro país se deja morir a los poetas y personalidades culturales, pues sólo se les reconoce cuando ya han dejado de existir. Pérez recordó que hace seis meses un grupo de intelectuales y poetas firmaron un documento, sin que Valle lo supiera, pidiendo al gobierno de Alan García que otorgue una pensión de gracia al notable maestro, “y hasta ahora estamos esperando”.

28.5.08

Constructor de sueños

Hace dos años, el poeta Juan Cristóbal publicó este articulo-entrevista a Alejandro Romualdo. En homenaje a su reciente fallecimiento, hemos considerado conveniente reeditarlo.

Alejandro Romualdo, (Trujillo, 1926) Premio Nacional de Poesía 1945, ilumina con sus sueños y poemas las llagas cotidianas de nuestra patria. "De esta sociedad no puedo esperar nada", repite mientras nos revela el mundo con las brasas y ternuras de sus libros, siempre tan rebeldes y apasionantes como su creador.

Autor de libros importantes: La Torre de los Alucinados (1951), Mar de Fondo (1951), España Elemental (1952), Dios Manda (1967), Cuarto Mundo (1970), El Movimiento y el Sueño (1971) y también polémicos, como Edición Extraordinaria (1958), que hizo decir a Vargas Llosa y el crítico José Miguel Oviedo, en tono feroz, que ese "no era un libro de poesía sino de política", a pesar que en esa obra está uno de los mejores poemas de la literatura hispanoamericana, "Canto Coral a Túpac Amaru, que es la libertad".

La vida de Romualdo ha sido una violenta ráfaga de hostigamientos, incomprensiones, persecuciones -políticas y literarias-, sin embargo siempre estuvo en primera fila defendiendo las causas más nobles de los pobres del país. Obviamente, el estado no ha comprendido su grandeza literaria. De esto nos da fe su experiencia militante y su fe siempre permanente en el socialismo. A pesar del reconocimiento unánime, y no sólo a nivel continental, el poeta jamás pidió nada, sino al contrario, dio todo para ayudar a construir las esperanzas y los sueños, a pesar de haber sido señalado por la derecha más cavernaria del país, en épocas no tan remotas, como incitador a la violencia, al robo, al crimen y sabotaje.

Después de atravesar la soledad densa de las injurias, se le ve siempre sonriente, entre sus tantos viajes por el mundo, cual un ángel moderno de cuello robusto y ojos parecidos al color de los vinos andaluces, levantando su "cabeza de minotauro" y abrazando, como en el poema de Vallejo, a todos los hombres de la tierra y echándose a andar por las trincheras inagotables de los pobres.

Porque Alejandro, hombre de un solo norte, sigue construyendo, día a día, rebelde y dolorosamente, los sueños lejanos, al parecer tan inalcanzables, de la patria. Incluso, dentro del marco de otra zona artística: la pintura. Porque también dibuja y pinta.

Y cómo no habría de ser, si sus poemas se parecen al canto y a la primavera torrencial de los Andes, ya que no transita entre luciérnagas miserables ni cantos interplanetarios y menos es el blasfemador de las "dulces cachetadas", pues su lugar es el corazón clamante de la tierra, los vientos y recuerdos generosos de la hoguera. Romualdo parece escribir desde el momento preciso en que se origina el alba, entre madreselvas y lluvias, tocando el rocío callado y áspero de las maderas y la sal de los ríos sangrientos, llamando con su voz encolerizada a las flores ("Mi Rosa no es la de Martín"), después de mirar con sus sustanciales ojos las grandes cargas humanas que tienen el olor de los graneros.

Conocido proverbialmente por su esencia polémica y profunda ironía, de él podemos decir lo que alguna vez dijera de Arguedas: "Cuando su obra estalle no hará boom, sino será una obra de muchos megatones".

Romualdo y la polémica Generación del 50


El poeta pertenece a la llamada Generación del 50 (que fue siempre divida entre poetas puros y sociales) y su visión es como él, polémica. Escuchémoslo. En esta entrevista realizada hace algunos años:

"La cuestión generacional es polémica. ¿Quiénes conforman esa generación? ¿Cuáles son los denominadores comunes? ¿Qué actitud tienen frente a determinados hechos históricos y artísticos que les sirven de referente y cómo reaccionan hasta convertirse en otra alternativa, en otra propuesta? Si convenimos en que la llamada Generación del 50 tiene un marco histórico y una alternativa que engloba a determinados artistas, políticos, historiadores, podríamos hablar en términos generacionales".

(¿Y cuáles podrían ser esos términos?): "Durante mucho tiempo tal generación fue satanizada, colmada de invectivas. Nadie quería formar parte de ella. Hoy en día todo el mundo quiere integrarla por su significación histórica, artística, política. Por eso creo que es necesario establecer el marco histórico y las respuestas comunes, ciertas pautas menos subjetivas y más concretas, porque algunos profesores de literatura, muy respetables, hacen demarcaciones demasiados generosas, y por simpatía, predilección o afinidades incluyen en esta Generación a quienes en realidad no tienen un denominador común con ella".

(¿Cuál sería ese marco histórico para ti?): "En el plano local, la lucha antidictatorial contra el gobierno de Odría y el macartismo de Eudocio Ravines. En el plano internacional, la guerra de Corea y la defensa de la revolución cubana".

(¿Y las propuestas?): "La vuelta a la realidad nacional, al Perú y sus problemas, y en el campo artístico, la propuesta de un nuevo realismo".

(¿Por qué se incluye a Eielson y Sologuren en dicha Generación?): "Si se incluye a Eielson y su grupo en el 50, no veo porqué no se incluye a Mario Florián y Gustavo Valcárcel. En realidad, esto no es así. Eielson y Sologuren se inician en la década del 40, publican desde el 40 y ganan premios nacionales en el 40. En esa década se origina se origina con mucha violencia, incluso con grescas como la del famoso Restaurante "El Patio", la confrontación entre "puristas" y "sociales", entre los llamados "Poetas del Pueblo" y los del Mercurio Peruano. No se puede olvidar que Florián y Eielson han sido laureados por sus libros Urpi y Reinos, dos libros claves de la década. La fricción clasista también saca chispas en la poesía".

(¿Y Sebastián Salazar Bondy?): "SSB es el único sensible a los cambios dentro de los "puristas", perceptibles en su producción teatral y poética, en su interés por el Perú. Si esto no es así, ¿cómo explicar su viraje, su enfrentamiento a los valores que exaltaban su propio grupo, que integró con Eielson, Sologuren, Deustua e incluso Carlos Alfonso Ríos? La creciente toma de posiciones políticas y revisiones estéticas alarma a sus compañeros de grupo, la retórica surrealista es sustituida por el realismo, los reinos metafóricos son relevados por los reinos de este mundo, aquí se evidencia la presión del 50".

(¿Por qué esos poetas -los "puristas"- rechazaban la política?): "Yo creo que rechazaban determinadas políticas. En cambio, poetas como Juan Gonzalo Rose o Paco Bendezú sufren destierro por su lucha democrática antidictatorial, lo mismo que Manuel Scorza. Y también frente a hechos históricos como la revolución cubana

Algunos de la Generación del 50 rechazaban las nuevas propuestas estéticas e ideológicas que se iban imponiendo. En nuestra Generación ha corrido mucha sangre: De la Puente, Guillermo Lobatón, Juan Pablo Chang, Máximo Velando, Zapata, Mercado son héroes de nuestra liberación nacional, pertenecen a la Generación del 50. Ellos también defendieron la palabra del hombre"

17 de julio de 2006

26.5.08

Clases a medias

Por Jorge Paredes
El Dominical, El Comercio, Lima, 25/05/08


Diálogo con Orlando Plaza a propósito del libro Las clases sociales en el Perú. Visiones y trayectorias.

-En el Perú las clases sociales han estado muy vinculadas a tipos económicos y raciales (indios, mestizos, criollos) y luego, a mitad del siglo XX, aparecieron otros componentes sociales, culturales, ¿cómo analizarlas desde una perspectiva contemporánea?

-En términos generales las clases sociales son expresión de la desigualdad y en el primer mundo están directamente vinculadas a la transformación económica, política y cultural de esas sociedades. Ahí las clases se entienden mejor porque existen economías nacionales, mercados internos, que permiten relaciones de interdependencia funcional entre los diferentes grupos. En el Perú eso no sucede por eso no podemos trasladar aquí esa estructura de clases sin un manejo empírico y una renovación conceptual. Lo primero que tenemos es un mercado interno muy débil y esto repercute en los lazos de interdependencia funcional. El 75 % de la PEA se ubica en micros y pequeñas empresas, como trabajador independiente o como trabajador familiar no remunerado. ¿Qué quiere decir esto? Que es gente que trabaja por su cuenta y los lazos con otro tipo de organizaciones no son fuertes. Lo segundo es que el mismo estado nación no ha sido bien constituido ni bien configurado, y muchas veces su legitimación ha sido puesta en duda y los políticos no han sabido leer cuáles son los problemas que la nación les demanda. Por ejemplo, lo que está pidiendo la nación es orden, pero no en el sentido represivo que entiende el Estado, sino en términos de libertad, crecimiento, redistribución. Entonces, los lazos políticos tampoco son muy fuertes y ocurre lo que dice un autor inglés, Anthony Giddens, que las sociedades de capitalismo avanzado son sociedades de clases porque están articuladas, en cambio las nuestras son sociedades divididas en clases sin mayor articulación. En cuanto al tema de la raza, este es un problema cultural. Una misma persona en el Perú puede ser considerada blanca en una circunstancia, mestiza en otra e indio en otra. La raza no es el fenotipo, sino una definición cultural que viene de atrás cuando en la colonia nos dividieron en república de indios y república de españoles, y a cada grupo se le asignó deberes y derechos distintos. Después se eliminaron las trabas legales, pero el imaginario con el cual nos habíamos organizado permaneció, y eso nos ha cortado permanentemente en muchos campos.

-Nos ha cortado los circuitos como sociedad

-Sí, porque de repente por fijarnos demasiado en este componente no percibimos otros circuitos económicos y políticos que se están creando y que nos pueden ayudar a superar este imaginario de superioridad e inferioridad basado en la definición cultural de la raza. Todavía estamos en ese proceso de abrirnos a la modernidad.

-Actualmente se habla de movilidad social, sobre todo a partir de la emergencia de grupos antes vistos como marginales y que ahora han ingresado al mercado y la política, ¿cuál es la magnitud de este fenómeno?

-Es necesario hacer un estudio empírico de las distintas situaciones urbano-rurales de nuestro país para poder comprender mejor esto. Según los estudios hechos por Martín Benavides en los grupos altos y bajos hay muy poca movilidad, lo cual indica que se están perpetuando las diferencias. En cambio, en el sector intermedio sí hay mucha movilidad. Esto se debe mirar con entusiasmo, pero también con sensatez. Estamos encontrando caminos, pero hay que acordarnos que casi el 50 por ciento de la población peruana sigue en niveles de pobreza.

-Leyendo el libro encuentro una frase interesante: "no somos un país de clases medias, sino de clases a medias", ¿cómo se explica esto?

-Justamente, cuando uno habla de clases sociales está hablando de relaciones más o menos claras, basadas en un determinado tipo de aparato productivo, en una determinada organización estatal, con burocracia efectiva y capacidad de proyección, etc. En el Perú si las instituciones y las organizaciones oficiales funcionan a medias, entonces tenemos articulaciones a medias y la gente va viendo cómo se acomoda en el camino, de acuerdo a las circunstancias. Y esta tradición es republicana, si no, recordemos la clase del guano, del salitre, del petróleo, de la anchoveta, etc.

-¿Y podemos dividir nuestras clases en A, B, C, D?

-No, no. Bueno, el término clase social es polivalente, y esa organización de arriba abajo en torno a los ingresos, la vivienda, etc., es lo que algunos autores llaman clases de sentido común. Es simplemente una organización para hacer marketing político o de consumo, pero no explica más. No ve las relaciones entre los distintos grupos, las orientaciones, las posibilidades de acción, las formas de votación, los intereses disímiles, la vida social y la forma en que esta articulada.

25.5.08

El Che de Soderbergh

Por Diego Batlle, Enviado especial
La Nación, Buenos Aires, 23/05/08


La presentación de Che, el díptico de casi cinco horas de duración sobre el revolucionario argentino dirigido por el estadounidense Steven Soderbergh, fue el gran acontecimiento mediático de una competencia oficial que se completó ayer con otras dos propuestas que también tuvieron respuestas divididas: La frontière de l aube, del francés Philippe Garrel, y Adoration, del canadiense Atom Egoyan. Por su parte, otro talentoso realizador norteamericano, Quentin Tarantino, volvió a seducir a sus incondicionales fans de la Croisette con La lección de cine, una larga y generosa masterclass en la que repasó sus influencias, su cinefilia y su filmografía.

Che, que en todo el mundo se estrenará como dos películas separadas (El argentino, sobre la revolución cubana, y Guerrilla, sobre la trágica experiencia boliviana), se exhibió aquí de manera conjunta, con un intervalo que incluyó un reparador refrigerio a cargo de la producción (los periodistas bautizaron las bolsitas con comestibles que se entregaban a cada espectador "la cajita feliz del Che").

Lo mejor que puede decirse de Che es que se trata de una nueva demostración del profesionalismo de un cineasta increíblemente prolífico y diverso como Soderbergh. La película se sigue con bastante interés, está bien narrada, tiene una producción cuidada, no cae en importantes errores históricos ni en demasiadas licencias propias de las biopics hollywoodenses, evita los golpes de efecto, las frases grandilocuentes y la exaltación elegíaca, pero al mismo tiempo le cuesta salir de una medianía general, de una corrección que por momentos resulta casi intrascendente.

En la multitudinaria conferencia de prensa de ayer, Soderbergh estuvo acompañado por la productora Laura Bickford, por el guionista Peter Buchman, por el consultor histórico Jon Lee Anderson y por parte del multinacional elenco: el puertorriqueño Benicio del Toro (que encarna a Ernesto Guevara), el cubano Jorge Perugorría (Joaquín), el mexicano Demián Bichir (Fidel Castro), el brasileño Rodrigo Santoro (Raúl Castro), la colombiana Catalina Sandino Moreno (Aleida Guevara), el chileno -nacido en Venezuela- Santiago Cabrera (Camilo Cienfuegos) y la alemana Franka Potente (Tania). En cambio, no pudieron viajar hasta la Costa Azul otros actores que aparecen en ambos relatos, como Unax Ugalde, Joaquim de Almeida, Eduard Fernández, Jordi Mollà, Lou Diamond Phillips ni Gastón Pauls (que interpreta a Ciro Bustos), única presencia argentina en el film, además del tema "Zamba de Valderrama", con interpretación de la gran Mercedes Sosa, que acompaña las imágenes finales.

Los disímiles orígenes de los intérpretes y la velocidad con que se filmó esta coproducción mayoritariamente franco-española hicieron que los acentos (incluido el de Benicio del Toro) poco tengan que ver con la forma en que se habla en Cuba, la Argentina o Bolivia, pero -más allá de este tipo de detalles y del inevitable didactismo- Che es una película irreprochable desde su aspecto formal.

La primera parte está contada a través de varias líneas temporales que abarcan el período 1955-1964. El relato salta de forma constante de la planificación en México de la invasión de la isla por parte del Che y Fidel Castro (1955) a la larga batalla librada contra la dictadura de Fulgencio Batista (1956-1959) y el discurso ante las Naciones Unidas que el por entonces ministro de Industria dio en Nueva York en 1964.

El segundo film arranca en 1965, con la renuncia de Guevara a sus cargos políticos en Cuba, y luego reconstruye de forma minuciosa y con una narración más clásica la fallida experiencia revolucionaria en Bolivia, que terminó con su captura y fusilamiento en octubre de 1967.

Soderbergh terminó de retocar la versión que se exhibió anteayer pocas horas antes de la première mundial (el film se mostró incluso sin créditos finales) y estuvo en Cannes sólo unas horas porque actualmente se encuentra editando su documental sobre el fallecido cómico Spalding Gray y en pleno rodaje de The Informant, thriller con Matt Damon (que tiene un pequeño cameo en Che).

El ahora barbado director de la saga de La gran estafa, Erin Brockovich: una mujer audaz y Traffic, que logró la hazaña de obtener la Palma de Oro en 1989 por su ópera prima Sexo, mentiras y videos, admitió sentirse "fascinado por la personalidad de Guevara, que se ha convertido en el símbolo de la rebelión juvenil en todo el mundo, y por una de las vidas más ricas de todo el siglo XX". Respecto de su relación con el gobierno de Fidel Castro, este realizador de 45 años aseguró que "Cuba para mí es un tema bastante menos interesante que el Che".

Por su parte, Del Toro aseguró que la composición del personaje fue un proceso muy duro: "Me dediqué a investigar su personalidad, y cuanto más me adentraba en su historia más me sentía con cara de ciervo degollado, con tanto miedo de afrontar el desafío que quería seguir aprendiendo".

Soderbergh no tuvo problemas en responder a las primeras reseñas, no del todo favorables, publicadas en las últimas horas: "La mayoría de las cosas que leí me parecieron hilarantes, porque algunas sostenían que es una película demasiado convencional y otras, que es una película muy poco convencional".

23.5.08

Imaginario latinoamericano

Por Alberto Manguel
Babelia, Suplemento Cultural de El País,
Madrid, 24/05/2008


Dieciséis novelas posteriores al Boom reflejan la vertiginosa inspiración, la extraordinaria experimentación y la visión precisa y estremecedora de la historia de América Latina.

Elena Poniatowska (México)
Querido Diego, te abraza Quiela (1978)

Fue con esta brevísima y perfecta novela que Elena Poniatowska se hizo conocer en el mundo literario. Angelina Beloff, rusa exiliada en el desolado París del fin de la Primera Guerra Mundial, agobiada por el recuerdo de un hijo muerto, escribe durante un año cartas a quien fuera su amante, el pintor Diego Rivera. Las cartas de Angelina (firmadas simplemente Quiela, el apodo que Rivera le dio durante su romance) quedarán sin respuesta, pero esa voz única, esperanzada, construirá, página tras página, el retrato de una mujer enamorada que no se resigna a la derrota. Todo en este libro es delicado, apenas dicho, apenas vislumbrado, discreto, como si lo que cuenta Quiela perteneciera ya al pasado. Las novelas de amor suelen pecar de trivialidad o sensiblería; Querido Diego evita sabiamente ambas faltas y logra hacerse misteriosamente memorable.

Tomás Eloy Martínez (Argentina)
Santa Evita (1995)

Los literales estudiosos de la literatura latinoamericana robaron a los historiadores de arte el término "realismo mágico" para justificar una narrativa que les parecía alejada del documentalismo de Galdós y de Zola. Prefirieron ignorar que la historia de la América española abunda en monstruosas fantasías y argumentos estrafalarios que aún el más temerario de los narradores de ficción no se atrevería a inventar. Entre éstos se destaca, en Argentina, la saga de Juan Domingo Perón, de su esposa Evita y del resto de la inverosímil compañía. Tomás Eloy Martínez, pionero del llamado "nuevo periodismo" latinoamericano, no necesitó inventar nada: se limitó a contar la historia de Evita, en un lenguaje claro, medido, inteligente, con rigor documental. Los hechos son ciertos; sólo la técnica pertenece al campo de la ficción. El resultado es una obra maestra.

Ricardo Piglia (Argentina)
Respiración artificial (1980)

Heredera de una concepción dieciochesca del campo de la ficción, Respiración artificial es una obra absolutamente original en la narrativa latinoamericana del siglo XX. Novela filosófico-política o tratado histórico disfrazado de relato, publicada cuando faltaban todavía unos años para el fin de la dictadura militar en Argentina, sugiere que esa época de terror fue consecuencia o fruto del régimen tiránico instaurado por Juan Manuel de Rosas en el siglo XIX. Para desarrollar su tesis, Piglia monta un juego de espejos que se explican y se amplían mutuamente. El lector empieza creyendo que el juego es puramente literario, sazonado de apartes críticos sagaces y divertidos; a medida que avanza, se da cuenta de que los personajes son piezas en una partida cuyo tablero es la historia de un país repetidamente traicionado.

Roberto Bolaño (Chile)
Estrella distante (1996)

Bolaño ha sido condenado a la fama póstuma y a una reverencia que él mismo hubiese abominado. Antes de su muerte en 2003, era un escritor desdeñado, admirado tan sólo por sus amigos; ahora es considerado, en las palabras de Susan Sontag, "el escritor más influyente de su generación en el mundo de habla castellana". La mejor obra de Bolaño, Estrella distante, de 1996, existe sin duda entre estos dos extremos. Es el aterrador retrato de un poeta asesino, fabulador amoral y emblemático del momento en que Chile pasa de la democracia a la dictadura. Aquí la voz de Bolaño es medida, precisa, por momentos de vertiginosa inspiración, rica en detalles geniales. Como un capítulo perdido de su más ambiciosa y menos lograda novela, La literatura nazi en América, Estrella distante es un retrato ejemplar del artista seducido por la promesa de poder.

Reinaldo Arenas (Cuba)
Otra vez el mar (1982)

El curioso fenómeno conocido como el Boom latinoamericano de los años sesenta a los setenta reveló a un vasto público la obra de escritores tan diversos como García Márquez y Vargas Llosa, Fuentes y Cabrera Infante, Edwards y Pitol, Puig y Allende, y permitió a la generación siguiente (ya algunos olvidados) encontrar su lugar en las bibliotecas del mundo. Entre ellos, Reinaldo Arenas, heredero del lenguaje barroco de su compatriota y maestro, José Lezama Lima, y cronista implacable de la tiranía castrista. Arenas retrata a través de su obra la realidad fantástica y sufrida de Cuba. Su tercer libro, Otra vez el mar, es la memorable crónica de una pareja traicionada por la Revolución. Fue publicada en 1982, después de haber sido confiscada dos veces por las autoridades penitenciarias y reescrita por Arenas una tercera vez, y es quizás su novela más lograda.

Eduardo Berti (Argentina)
Agua (1997)

Héctor Bianciotti confesó que en los treinta largos años en los que leyó manuscritos para editoriales, sólo había descubierto siete escritores: el último era Eduardo Berti. Agua, de 1997, marca el redescubrimiento de una temática por entonces casi olvidada en castellano: la aventura metafísica iniciada por Baroja, Bioy Casares y Peyrou. A partir de un testamento ficticio, Berti trató de imaginar la historia de una viuda portuguesa a principios del siglo XX, cuyo marido le deja su castillo a condición de que volviera a casarse. Reflejo contrario del de Kafka, al cual no se llega nunca, el castillo de Berti es una prisión de la que nadie escapa. Ficción absoluta, todo en Agua es mentira, juego de seducción para que el lector crea estar leyendo un cuento y sólo tarde descubra que Berti lo ha enfrentado a una implacable cuestión de vida o muerte.

Juan José Saer (Argentina)
El entenado (1982)

Unos de los olvidados de la generación del Boom, Juan José Saer, sólo comenzó a cobrar fama en los últimos años de su vida. El entenado, publicada en 1982, décadas después de sus primeros notables libros de cuentos y casi al inicio de la larga serie de novelas que constituyen lo esencial de su obra, tardó en ser reconocida. El entenado es una novela histórica que transcurre en el siglo XVI, contada en la voz de un anciano español que viajó en su adolescencia al Río de la Plata y que ahora, de regreso a España, rememora los largos años en el Nuevo Mundo, entre los indios colastiné, "toda vida", dice en cierto momento, "es un pozo de soledad que va ahondándose con los años". Es desde la profundidad de ese pozo que nos llegan los recuerdos que tratan de dar sentido a esa empresa colosal, temible, culpable, que fue la colonización de América.

Martín Caparrós (Argentina)
La Historia (1999)

Hay novelas cuya desmesurada ambición las vuelve casi imposibles aun para sus más empedernidos lectores: el Finnegans Wake de Joyce es el ejemplo más notorio. A diferencia de Joyce, el propósito de Martín Caparrós parece haber sido no ya encerrar la historia universal en un ejercicio de inventiva logorrea, sino el de brindar un mito original a su país, la Argentina. La Historia, publicada en 1999, es la crónica de una imaginaria civilización precolombina, pero es también la glosa de ese texto por un lector contemporáneo que descubre en él las raíces de las revoluciones del siglo XX. Caparrós pasa revista a un sinnúmero de "versiones" de la lengua castellana, desde la lírica del Siglo de Oro hasta el vocabulario teórico de los universitarios contemporáneos, con inspirada maestría. Quizás no sea una obra cabalmente lograda, pero sí una de las más apasionantes.

Eduardo Galeano (Uruaguay)
Memoria de fuego (1982-1986)

Entre 1982 y 1986, Galeano publicó una trilogía que escapa a las tradicionales definiciones del género. Mezcla de anécdota histórica y fábula, de hecho verídico y de cotilleo, de cita y de glosa iluminada, de prosa y de poesía, los tres volúmenes son una crónica florida de las Américas, hecha de episodios verídicos y relatos fantásticos hallados en un sinfín de fuentes antiguas y modernas. Los textos, presentados en orden cronológico (lo cual alienta la vocación del lector a leerlos como “crónicas reales”), son el equivalente del objet trouvé, ejercicio narrativo utilizado por Marcel Schwob en Vidas imaginarias y por Borges en su Historia universal de la infamia, y que Galeano reinventa con un propósito más generoso: redefinir el continente. Los tres volúmenes —Génesis, Las caras y las máscaras y El siglo del viento— dan forma literaria al imaginario americano.

Antonio Skármeta (Chile)
Ardiente paciencia (1985)

Convertida en la película El cartero, Ardiente paciencia fue la novela que dio a conocer a Skármeta más allá de las fronteras de su país. Breve y enternecedora, es una suerte de cuento de hadas protagonizado por una pareja de enamorados, el cartero adolescente de Isla Negra y la hermosa hija del tabernero; la inesperada hada madrina es Pablo Neruda, único cliente de los servicios postales de la isla, durante los últimos años de su vida. Gradualmente, con el propósito de ganar el corazón de su dama, el cartero aprende del gran poeta el arte de usar palabras para expresar sus sentimientos. A partir de tal argumento, Skármeta hubiera podido escribir una fábula dulzona, convencional, simplista. Ardiente paciencia es en cambio un relato medido, lírico, regocijante, una historia de amor que es al mismo tiempo una lección sobre cómo se escribe un poema.

Alberto Ruy Sánchez (México)
Los nombres del aire (1987)

Con Los nombres del aire inicia Alberto Ruy Sánchez su crónica de la ciudad casi imaginaria de Mogador, que continúa en En los labios de agua, Los jardines secretos de Mogador, La mano de fuego y su coda, Nueve veces el asombro. Descripción soñada y sensual de una ciudad a la vez africana y mexicana, la saga es ante todo una indagación sobre el deseo a la vez fugaz y duradero, sobre la relación entre el sentido físico de las palabras y la expresión verbal de nuestros sentidos. Tomando como inspiración la gran tradición de la poética amorosa arábigo-andaluza, Alberto Ruy Sánchez entrelaza deliberadamente cuerpo y paisaje, caligrafía y tacto, exploración lingüística y fantástica, construyendo así una narración altamente erótica en la que amado y amada, autor y lector, papel y piel se mezclan y confunden.

Fernando Vallejo (Colombia)
La virgen de los sicarios (1994)

La tradición de violencia política en la literatura suramericana comienza con El matadero de Esteban Echeverría y se extiende a través de la gran literatura indigenista. Pero es con Vallejo que ese salvajismo, presente hasta entonces sólo en el relato mismo, arraiga también en el lenguaje, violentando el vocabulario y la sintaxis castellana, dando lugar a esa visión total del infierno que es La virgen de los sicarios, que Vallejo continuará en las cinco novelas autobiográficas que la siguen. Una inmensa cólera guía su escritura: ante la injusticia de los poderosos, las mentiras de la Iglesia, el sufrimiento de la gente común. La virgen… puede leerse como la desaforada crónica de la vida de los jóvenes asesinos profesionales de Medellín en Colombia, pero también como un ejemplo o reflejo de un desorden mayor, nacional o cósmico, que Vallejo denuncia.

Jorge Volpi (México)
El fin de la locura (2003)

Consagrado con la novela En busca de Klingsor, Volpi intentó en El fin de la locura una aproximación mexicana al Quijote. La ambición de esta novela, en gran medida lograda, es explorar, a través de la locura del psicoanalista Aníbal Quevedo, la de su país y del mundo. Desde el revolucionario París del 68 a la Cuba de Castro y al Chile de Allende, jalonando la degradación de la izquierda intelectual, el periplo de Aníbal Quevedo es el de un hombre que busca sentido a la sinrazón universal por todos los medios posibles, sea la política, la crítica de arte, la lingüística o la escritura, pero sobre todo por medio del psicoanálisis, la “alquimia del espíritu” como se llamó alguna vez a la caballería andante. Ése es el sentido de la palabra “locura” en el título, que debe entenderse no sólo como “conclusión” sino también como “propósito”.

Santiago Roncagliolo (Perú)
Pudor (2004)

El culebrón responde esencialmente a los requerimientos del drama clásico. En pleno Boom, Manuel Puig redimió tanto sus argumentos como su estilo. Santiago Roncagliolo, sólo la forma. Pudor es el relato entrecruzado de varias vidas de culebrón: un hombre muriéndose de cáncer, un niño obsesionado con la muerte, un gato donjuanesco y, principalmente, una mujer asediada por una correspondencia anónima y lasciva. La exageración y el desenfado del género son atenuados por la voz imperturbable de Roncagliolo, quien cuenta las historias de su gente con un ojo desapasionado y clínico. El pudor que da título a la novela no es sólo el que afecta a la conducta de los personajes; es, sobre todo, el del estilo de Roncagliolo, que rechaza tanto la sensiblería como el juicio moralístico, y deja al lector plena autoridad sobre la multiplicidad de desenlaces.

Rodrigo Rey Rosa (Guatemala)
La orilla africana (2006)

Alguna vez Severo Sarduy, tomando como punto de partida la descripción que hizo Colón de las islas del Caribe bajo la ilusión de que eran la India, describió su recorrido de la India como si ésta fuera Cuba. Con similar visión ecuménica, Rodrigo Rey Rosa reconoció en África del Norte sus paisajes natales. Así es como uno de los dos protagonistas de La orilla africana, un colombiano perdido en Tánger, descubre en la ciudad marroquí la poluta atmósfera de Cali, mientras que el africano Hamza se transforma en su espejo, traduciendo a la cultura de Tánger los afanes del primero. También de sus crueldades: La orilla africana puede leerse como una novela picaresca atroz e inclemente. Discípulo de Paul Bowles, y heredero de su lacónico estilo que profundiza y mejora, Rodrigo Rey Rosa logra en La orilla africana una pequeña obra perfecta.

Santiago Gamboa (Colombia)
El síndrome de Ulises (2007)

El exilio se ha convertido en uno de los temas literarios del nuevo siglo. Gamboa define imaginativamente el mundo del exilado donde la definición de nacionalidad se fortifica y se diluye al mismo tiempo por obra de la memoria. Esteban, el héroe de esta novela, descubre que sufre del síndrome que afecta no a todo viajero sino sólo a aquellos que no pueden volver a su país de origen: Ulises no viaja porque quiere sino porque está condenado al viaje. Sin sentimentalismo, sin ironía, con cierta ternura, Gamboa describe el itinerario de Esteban y de sus compañeros de infortunio, poseedores de tan sólo dos bienes, el sexo y la palabra, para sobrevivir en la ciudad emblemática del exilio, París, “enorme y pretencioso caravasar” como la llamó Henry James. El síndrome de Ulises es una novela apasionante, sabia y conmovedora.

21.5.08

La Librería de los Escritores

Por Vivian Abenshushan
Letras Libres, Ciudad de México, mayo de 2008


Lo habíamos olvidado; lo olvidamos con frecuencia: desde siempre el libro ha sido un objeto amenazado, vigilado, odiado. “Los que queman los libros –escribió George Steiner–, los que expulsan y matan a los poetas, saben exactamente lo que hacen. El poder indeterminado de los libros es incalculable”. Sabemos que existe una tradición de la infamia, la tradición de la literatura prohibida, que adquirió más fuerza que nunca cuando la censura sin fronteras fue promulgada con la fatwa a Salman Rushdie. Pero también existe su reverso: la tradición de los transmisores incansables, los héroes anónimos de la letra. Me estoy refiriendo a Shakespeare & Co. (la librería de Sylvia Beach que osó publicar ese “pedazo de pornografía”, esa “literatura de letrina” vetada en Nueva York y Londres: el Ulises de Joyce); a Grub Street (esa avenida poblada de escritores blasfemos y editores rebeldes, donde cobraron forma los libros que enfrentaron la censura del Antiguo Régimen y anunciaron la Revolución Francesa); a la samizdat (un escuadrón de manos invisibles que usaron la estrategia del copiado –con pluma, papel carbón o máquina de escribir– para evadir la censura impuesta por los países del bloque soviético y poner en circulación obras como Réquiem de Anna Ajmátova). Entre gacetilleros y editores clandestinos, entre libreros y humanistas obstinados, la prole incesante de los libros rebrota y se propaga siempre.

A esa tradición del amor desinteresado por el acervo de la humanidad pertenece La Librería de los Escritores, una breve (pero deslumbrante) crónica rescatada de las sombras del totalitarismo por la editorial Sexto Piso en colaboración con Edicions de La Central. Se trata de una aventura emprendida en los meses posteriores a la Revolución de Octubre entre un grupo de escritores y personas próximas al libro –el novelista y dibujante Alexéi Rémizov, el pensador Nikolái Berdiáiev, el novelista Mijaíl Osorguín, además de algún periodista en ciernes, un historiador del arte y un “bibliógrafo excepcional”–, con la intención más o menos chiflada de construir un refugio en pleno caos, para que los libros pudieran, aún, circular. En medio de la inflación que hacía subir los precios cada hora, cuando todas las imprentas habían sido clausuradas y el fantasma de la censura volvía a recorrer las calles de Rusia, la librería extravagante no sólo permitió la supervivencia de los escritores desempleados que se constituyeron alrededor de ella como cooperativa, sino que brindó a profesores, bibliófilos, artistas, estudiantes y “todos aquellos que no querían romper con la cultura ni reprimir sus últimas inquietudes espirituales” una forma de hospitalidad entonces inencontrable: la conversación y el libre pensamiento. Ahí estaba la librería abierta, el escondite intacto, incluso para quienes no tenían dinero, pero se paseaban a diario entre los libros, como si “encontrarse entre ellos” fuera suficiente alimento.

Gracias a una serie de circunstancias extraordinarias, La Librería de los Escritores logró convertirse durante el periodo que va de 1918 a 1922 en una zona temporalmente autónoma, el único lugar donde era posible blindarse contra la centralización del poder y encontrar libros sin “necesidad de autorización”. Algo más. Filántropos de la letra, los fundadores compraban con frecuencia libros invendibles a personas caídas en desgracia y se empeñaban en pagar lo justo, incluso si estaban al borde de la bancarrota, a quienes remataban sus bibliotecas por unos costales de harina. Y cuando imprimir libros se volvió absolutamente imposible emprendieron su samizdat a pequeña escala: la publicación de una serie de obras en un único ejemplar escrito a mano. El catálogo completo de aquellas ediciones autógrafas se perdió durante el largo exilio de Osorguín. Sin embargo, entre los escombros de la historia sobrevivieron algunos ejemplares, como las Poesías de Marina Tsvietáieva, que aparecen en facsimilar, junto con los dibujos de Rémizov, en la magnífica edición de Sexto Piso.

Para los Escritores de la Librería –una nómina de excéntricos que podría figurar en cualquier ficción de Kafka o Borges o Vila-Matas o Bolaño– estaba claro que en tiempos difíciles los libros pueden ser tablas de salvación. Esa convicción, esa forma de orgullo humanista que no se extingue ni siquiera cuando las palabras parecen haber perdido su valor, cuando la miseria obliga a usar los libros como combustible, es lo que da sentido a su proeza. En todo el relato de Osorguín prevalece ese orgullo –que es también una forma de responsabilidad intelectual, algo que podríamos llamar “la ética del editor y el librero”, una ética hoy completamente sepultada por las presiones comerciales. En el fondo, él y sus amigos creían que la supervivencia humana depende de la posibilidad de convencerse a través de las palabras, de propiciar vuelcos en la sensibilidad y defenderse contra las tiranías. Convertida en “atalaya del espíritu”, La Librería de los Escritores sostuvo una auténtica guerra de posiciones: mientras los libros estuvieran a salvo, existía la posibilidad de repensar nuevamente el mundo; en cambio, dejar que los libros cayeran en manos de comisarios ignorantes y purgas feroces era una capitulación, una forma de suicidio. Así, bajo la premisa de vida o muerte, La Librería de los Escritores se convirtió en el último reducto de independencia moral a lo largo de aquellos años de terror y hundimiento de los valores culturales. Después de todo una librería es eso: un santuario colectivo y laico, abierto a todas las heterodoxias, es decir, a las formas más diversas y personales de penetrar la realidad.

Por eso, la crónica de Osorguín (Perm, 1879 – París, 1942) es mucho más que una curiosidad editorial: es un trozo de vida cotidiana recobrado de las tinieblas, que nos permite saber más sobre la historia social y política de la edición y nos introduce de nuevo en los misterios del libro, en el tipo de sacrificios que es capaz de provocar entre los hombres. Pero también habla de todo lo que se pierde cuando cierra una librería o cuando confunde sus objetivos, como sucede en México y en el mundo anglosajón desde que el modelo de la hipertienda de novedades, con fecha de caducidad, se impuso en lugar de las pequeñas librerías de barrio. Lo que se pierde es la soberanía de los libros frente a los dioses del mercado, que son hoy quienes concentran la mayor parte del poder económico y político del orbe. La inquina burocrática que describe Osorguín no parece peor que la ignorancia mercantilista de los libreros contemporáneos: ambas asfixian la existencia del libro, quitándole el aire que lo hace vivir. Poner fuera de circulación un título después de tres meses porque no se ha vendido lo suficiente es el modo en que la rentabilidad coloca a la cultura de rodillas. Es una forma de censura sin hostigamiento que hace peligrar la naturaleza misma del libro, cuya influencia, cuya lectura, no se puede medir en semanas.

En Tumba de la ficción (2001), el ensayista Christian Salmon, director de la red de Casas Refugio, ha escrito que las macropolíticas de la globalización han terminado por instalar en todas partes el reino de lo homogéneo, es decir, la unificación de la cultura en su nivel más bajo. “Peor aún que la censura de los derechos individuales de expresión resulta hoy el espacio cultural que se está imponiendo por la fuerza. Un espacio cultural estandarizado, homogeneizado, dominado por las grandes agencias mediáticas y las industrias culturales trasnacionales.” En estos días la censura significa, ante todo y por doquier, “la tiranía de lo Único”. Basta con echar un vistazo en Gandhi o revisar los catálogos de las megacorporaciones editoriales. Parece que es la hora de tomar nuevamente partido por los libros, de fundar otras librerías extravagantes, de emprender –como ha hecho Sexto Piso– la insensata aventura de la edición independiente, de entrar al servicio de los títulos amenazados. Como ha escrito Roberto Calasso, La Librería de los Escritores “queda como el modelo y la estrella polar para quienquiera que trate de ser editor en tiempos difíciles. Y los tiempos siempre son difíciles”.