30.9.07

Gamaliel Churata en la blogósfera


Una experiencia digna de encomio es la del blog Gamaliel que, desde Takana-Marka (Tacna, Perú), anima un gran amante de la cultura andina que ha elegido que lo identifiquemos sólo con el nombre de Wilmer. Dedicado exclusivamente a la vida y la obra de Gamaliel Churata, el blog de Wilmer viene difundiendo una serie de textos de lectura imprescindible, muchos de los cuales no se conocían en el Perú. El último de ellos es, por ejemplo, este valioso artículo que Gamaliel Churata publicó en el diario Última Hora, de La Paz, Bolivia, el dos de julio de 1949.


Homenaje a Mariátegui, el hombre matinal

Escribe
Gamaliel Churata

La formación intelectual de José Carlos Mariátegui es, seguramente, la mayor proeza de todos los tiempos americanos. Su radiación espiritual, el fenómeno sidéreo más cautivador. La intención de su obra y sus resultados, la cosecha más jocunda que pueda anotar en su haber un escritor de nuestra América. Sanín Cano, al leer sus Siete Ensayos de la Realidad Peruana, dijo que aquel escritor tenía aliento universal. Waldo Frank atinó sólo a llamarle: ¡Hermano! Por doquiera se le comprendió y se le amó. Es que pocas veces un libro en tal grado encerraba a un hombre. Hubo quien sostuvo que ello se debía a que ese libro encerraba un continente, que era la mayor interpretación de América hecha por un suramericano. Mariátegui volcó en sus páginas -eran páginas periodísticas escritas al dorso de los días urgidos de tragedia y de epitalamio- su mensaje al mundo. Ya podía morir, y se fue. Qué alegría más juvenil la de este maestro austero y noble frente a la muerte y frente a la vida. En carta que escribía no un mes antes de irse a un su camarada, decíale: “entiendo que no tenemos sino espacio para vivir y luchar”. Y así fue cómo quién vivió muriendo, infundía eternidad a unas páginas destinadas a la vida undívaga del tiempo inmutable.

Seguramente la vida de Mariátegui es lo más bello que él hizo. Sus libros lo eran igualmente, eso es verdad. No eran los libros suyos de combate crudo y menos crudamente escritos; eran libros mimados con amor de artífice, su prosa no era la de un polemista de clase, sino la de un artista de clase. Prosa ágil, saltarina, aguda, como venablo, solía adoptar la prestancia de mármoles eternos. Explica esto que CUADERNOS LITERARIOS dedique esta columna para recordar al gran escritor, y renovarle, en nombre de los intelectuales bolivianos, su admiración y su lealtad.

Mariátegui era un hombre de fe. Cultivaba ese don místico de la fe, precisamente porque todo lo deleznable de su vida escapaba dentro de sus dedos por la acción martirizadora del espíritu, sin dejarle sino el derecho a sonreír y luchar! Su fe era marxista. Nunca se llegó a explicar nadie en qué grado el profeta hebreo había atenazado su corazón. Lo efectivo es que arrancaba su marxismo del Génesis, y que lo renovaba a ratos, en el catolicismo griego de Pablo. Aplicando sistemáticamente esta disciplina dialéctica a su país nos explicó el fenómeno de su cultura; el fenómeno de su historia; de su agonía, y quiso establecer que el Perú no podría renovar su grandeza del pasado sino dentro de un sistema de ideas sociales en que desaparecieran los signos de toda injusticia social. Se dio a los humildes, él que era humilde, pero su triunfo no se lo dieron los humildes, puesto que su palabra estaba destinada a acabar con la soberbia de los poderosos. Es así que la prédica de Mariátegui hizo más impactos entre ricos y sabios que entre pobres e ignorantes. En esto, instintivamente, procedía conforme a la naturaleza social de nuestra América, donde solamente los cerebros son capaces de sentir la justicia impersonal y convertirla en hechos de la realidad. Sin este recurso la suya no habría sido la posición de un apóstol, que fue en tanto grado, habría sido cuando más la de un escritor brillante, de uno de los escritores americanos de visión más aguda y de una jerarquía estilística sin paralelo en las letras de este lado del mundo. Pero era un apóstol, se propuso finalidades proselitistas, se dirigió a los humildes, aunque sólo para derrochar el oro de su genio. No sabemos si los humildes lo entendieron. En la Universidad de San Marcos, donde le regatearon la cátedra de Economía Política, aunque la masa de estudiantes la pidiera –como para otros escritores soterrados la pidieron a la caída de Leguía- dio un cursillo de divulgaciones en esta materia. Entonces pudimos comprender hasta qué grado el fino y pulcro escritor podía descender a la fabla salvaje de la calle para hacerse entender de ella. Cierto es también que la suerte de Mariátegui como profesor no fue la del maestro. Como maestro su misión no tiene semejante. La suya fue una palabra que descendía, con toda su firme inclinación beligerante, del cielo, como la voz bautismal que invocó Jesús en el Jordán. Su misticismo habría sido repudiado por los escribas del marxismo, pues su delito era ser bella. Los escribas, del marxismo o de cualquier secta confesional, odian la belleza, que los ciega. Sin embargo es necesario dejar establecido que sin la belleza latina de su prosa sus ideas habrían ido muy poco más allá de lo que van las tesis para colación de grado.

En Mariátegui no todo era peruanismo. El había recibido el bautismo espiritual en Francia, de manos de Henry Barbusse. Su primera revista debió llamarse como la de éste: Claridad, encontró un movimiento terrígena anterior: el Titikaka, que imponía, acaso, con dolencia, el retorno a la tierra. De este modo Mariátegui trocó Claridad en Amauta, y en su primer número consignó páginas de exaltación de la poesía indigenista que allí prendiera. Su exploración del mundo indígena, fue, entonces, teórica. Precisamente por eso es más admirable porque con raras excepciones casi todos sus planteamientos son de una pasmosa exactitud. No obstante, en algunos sentidos se observa que la visión del teórico no posee el argumento de la observación directa. Cuando enfoca el problema de la tierra no discrimina entre el valor real del latifundio y la parcialidad; y es de los que cree que en el imperio incásico puede encontrarse una base de organización comunista. En este error incurren casi todos los teorizantes del problema del indio; y es que se sirven del documento colonial, mal condicionado y peor interpretado. Solamente cuando se penetra en el examen de la realidad objetiva los descubrimientos se suceden unos a los otros, y se sabe en qué grado la nomenclatura en uso es falsa y traiciona el contenido histórico de la realidad incaica, la cual poseyó un grado tal de sistematización administrativa, que aún hoy subsisten sus instituciones aunque metamorfoseadas o desfiguradas por la catequesis jesuítica. Sin embargo, Mariátegui será siempre el primer escritor americano que aplicó esta interpretación socialista al estudio del problema de la tierra.

En todo sentido el suyo es un análisis regido por este sistema especulativo. Cuando analiza la historia de su país y su cultura sabe encontrar los factores de la herencia, no siempre en su significación negativa, sino, lo que vale más, en aquellos aspectos en que la Colonia constituye un punto de partida de la realidad americana. Entonces podemos aseverar que la interpretación de Mariátegui es magistral y definitiva. Nadie, dicho sea entre líneas, examinó con mayor severidad y agudeza el problema político civilista y nadie estableció la maléfica influencia que en la formación del espíritu peruano tuvo este partido, que era en realidad casta heredera de las taras coloniales, increíblemente empecinada en mantener su subsistencia dentro del Perú contemporáneo, a trueque de inmovilizar a un pueblo.

Qué grande y noble era este maestro! Cuando le visitaban admiradores que acudían de toda América; de México, lo mismo que de la Argentina, de Bolivia, lo mismo que de Colombia, encontraban en él al mutilado del carrito de manos, cuyos ojos fulgían con resplandores sublimes. Hubo un pintor argentino –el gran José Malanca- que mientras permaneció en Lima tomó a su cargo inducir el carro de José Carlos Mariátegui por las calles, pues sentía que nadie en ese momento de América era más grande y más digno de veneración que ese glorioso luchador del pueblo. José Carlos tenía siempre para estos romeros de su presentida inmortalidad, la palabra llana y viva. El recuerdo exacto y la cita precisa, como para dar a entender a quienes le amaban que él no era sino un pebetero en que se consumía el espíritu de América, de la nueva América, de aquella que amanecía o amaneció en él. Uno de sus ensayos menos marxistas se titulaba: El Alma Matinal. Todo lo que en él se anuncia es su espíritu. Niño sin fortuna y con padres pobres tiene que hacer de su taller su escuela, y aunque proviene de una de las más linajudas familias españolas del Virreynato, debe hacer vida de proletario. Es un tipógrafo, mientras su endeble naturaleza se lo permite, pasa reporter, a cronista; y ya entonces deslumbra su genio estético porque es un intérprete emocionado de esa Lima que inmortalizó Ricardo Palma y le dedicó crónicas, lo mismo a una corrida de toros que a la procesión del Señor de los Milagros. Asiste así, en Europa –y en tres años se apropia de cuatro idiomas- a la primera guerra mundial y extrae el alma trémula y agonista con que regresa a Lima, a perder las extremidades y ganar la gloria...

El tiempo justificará nuestro entusiasmo por esta figura señera; pues la república en la que sus palabras alcanzan resonancia se dilata en la medida en que su forma humana huye de la aprehensión angustiada de los americanos de hoy.

28.9.07

La poesía de Chrystian Zegarra

Chrystian Zegarra nació en Trujillo, Perú, en 1971. Completó un doctorado en Literaturas Hispánicas en la Universidad de California, Los Ángeles. Es ganador del Premio Copé de Oro, XII Bienal de Poesía PetroPerú, 2005. Publicó los libros colectivos Inmanencia (Lima: Ediciones Inmanencia, 1998) y Regreso a Ourobórea (Lima: Ediciones Inmanencia, 1999), junto con los miembros del grupo poético Inmanencia. Es autor de los poemarios El otro desierto (Trujillo: edición del autor, 2004), Sacrificios (Lima: Editorial Sarita Cartonera, 2007) y Escena primordial y otros poemas (Lima: Ediciones Copé, 2007). Actualmente enseña en la Universidad de Utah (EE.UU.). Los poemas que siguen a continuación pertenecen a su último libro.

MARGINAL

...mixing memory and desire
T.S. Eliot

La sangre habla
Desde un fragmento de mi lengua subalterna.

Un árbol removido de raíz,
Libera el movimiento de objetos atrapados
En esta malla.
(No hay castigo para las víctimas del tacto).

Poema que transita por un rastro de plomo,
Sobre huesos que cubren la tierra que expira,
Y mezcla deseo y memoria,
En una voz enferma, desmembrada.

Mi cuerpo carece de órganos:
Cicatrices usurpan el lugar de manos, piernas, garganta.
La sangre se desplaza por el borde de mi boca,
Hasta inundar la frontera de este campo de ceniza.

Mi lengua no conoce de acrobacias;
Una navaja se apresta en este instante a silenciarla.

CAMPO MINADO

Me tiendo de bruces en esta ladera.
Una fila de hormigas trepa
Las lomas de mi espalda.
La hierba crece como fusiles al borde de este abismo.
Apago cigarrillos en los ojos de los buitres
Que merodean la carne acribillada,
Y acciono la luz de alerta
Ante la inminencia de una escritura negativa.

Mis camaradas buscan calzar la noche,
Que baila con cintura de ramera
Y la cuchilla al ras bajo el señuelo.
Es una contradanza que secciona
La ansiedad de los cuerpos.
Un desnudo móvil, cinemático, que se proyecta
Detrás de una escenografía de cadáver.

Todos habitan sin falta
Este reino de exterminio.

26.9.07

Leamos a Alberto Flores Galindo


La reciente aparición del sexto tomo de las Obras Completas del historiador Alberto Flores Galindo (1949-1990), quien fuera una de las figuras prominentes de la llamada “Generación del 68”, es un hecho que, a pesar de su importancia, ha pasado casi desapercibido para gran parte de los diarios y los medios de comunicación del Perú. En este caso, la excepción a la regla estuvo representada por esta breve nota que días atrás apareció en la sección cultural del diario La República (23/9/2007), de Lima: «La espera —se lee allí— fue larga, pero valió la pena. Sur Casa de Estudios del Socialismo acaba de publica el sexto tomo de Obras Completas del recordado historiador Alberto Flores Galindo. Estamos hablando de Escritos 1983-1990, que es la recopilación de sus artículos y ensayos publicados en revistas, suplementos culturales y periódicos del Perú y del extranjero. Alberto Tito Flores Galindo fue un acucioso científico social que no descartó ninguna fuente para sus investigaciones como, por ejemplo, los sueños de algunos personajes históricos. Tampoco se negó a opinar sobre arte y literatura. Escritos precisamente revela esa amplitud temática que dominaba Flores Galindo. Naturalmente el tema central de sus reflexiones es la historia y la política y desde su perspectiva de hombre de izquierda. De este volumen vale citar "Ruggiero Romano, el viajero", "Braudel: todo tiempo pasado...", "El Che Guevara en la imaginación popular", todos escritos con agudeza y frescura».

Ojalá que la publicación de este nuevo tomo de las Obras Completas de Flores Galindo contribuya a despertar el interés por la lectura de un autor que resulta fundamental para comprender la historia reciente del Perú, pues, tal como dice Ricardo Portocarrero Grados en un comentario publicado hace varios meses en Ciberayllu, a través de él “es posible de rastrear los debates, problemas, proyectos y hechos políticos que estuvieron presentes durante las décadas de los 70 y los 80 del siglo pasado”.

24.9.07

Sobre los imposibles de "Médula"


Escribe
Pablo Guevara

Un cuerpo se ha convertido en un campo de batalla en constante
redefinición, transmutación y experimentación.

Erwin Silva

No es la pasión de aquel que «sabe ser» o que «sabe hacer», sino
la pasión del que «quiere ser el que sabe ser».


Jacques Fontanille



En memoria del cadáver del campesino de Sasamón, localidad vecina a Burgos, que se halló junto al cementerio e inspiró a Vallejo el genial poema «Masa» (testimonio anónimo tomado del libro Doy fe sobre episodios de la Guerra Civil Española 1936-1938).

1


LA PASIÓN DEL CUERPO en MÉDULA hace desde el primer verso del DOLOR la constante inagotable –algo que aparentemente podría ser insoportable por repetitivo no ocurre porque MÉDULA narra desde el primer instante de los más diversos modos los avatares del DOLOR convertidos en FIGURAS que es una de sus mayores originalidades y lo hace aparecer personaje principal protagónico central del libro. EL DOLOR actúa entonces todo el tiempo inmerso en mil y una aventuras desde el primer verso hasta el último como agonista que es y que se involucra como en los círculos del Dante en un mismo universo poético creado ex profeso para ese fin. Un gran poeta peruano hace poco menos de cien años (Los Heraldos Negros, 1919) antecede algo con una proposición similar coincidente en cierta manera al escribir que siente caer sobre su alma «golpes tan fuertes ¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios» ―con esa gravedad conceptista que permitió Poemas Humanos y lo caracterizó siempre a Vallejo....tantos golpes imposibles de ser oídos realmente, por inoídos...

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Aparecen también en el libro un sinnúmero de VELADURAS que le dan al libro posibilidades de lecturas inesperadas y omnidireccionales a su vez como a través de biombos, gasas-esfumaturas-amagos-velos-derivaciones sorpresa como de lógica-ilógica onírica hiperreal etc. que le hacen ser un gran barroco lúdico expresionista peruano (otros son Rafael Espinoza, Gonzalo Portals, López Degregori, Reynaldo Jiménez, Alberto Valdivia, Gladys Flores, Farje Cuchillo, etc.).

Se demuestra en MÉDULA fehacientemente que un lenguaje potencial-virtual-actual CUALQUIERA SEA puede estar JUNTO al lado de un lenguaje real de realización cuando hay parámetros de soporte claramente establecidos. En MÉDULA desde los primeros versos del primer y segundo poema se enuncian:

Primer poema y primer verso (poema 1)

Después de la herida ya no pudiste gritar

Segundo poema y primer verso (poema 2)

La furia es genital y el estertor la simetría

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Esta concepción de simetría acaso alude AL CUERPO HUMANO y a su omnidireccionalidad como en DA VINCI el genial florentino que repartió el CUERPO HUMANO EN CABEZA TRONCO Y EXTREMIDADES y el SEXO centro del GRAN CÍRCULO SIMÉTRICO.

HERIDA(S) SEXO ESTERTOR MUERTE

Un sexo equidistante de los otros puntos del círculo -especie de comando –piloto –timón –altura –dirección –visión -altitud-maniobrabilidad -hegemonía de vuelo -alcances etc.

Y además de esos tres vértices, la nocturnidad de la aventura más NOCTURNA QUE DIURNA señalada en la advocación epígrafe por un poeta peruano amigo al inicio del libro:

«Impensadamente/ arrojó los huesos fuera de la luz/ tras ellos el animal entra en el país nocturno y enemigo» (Watanabe).

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Así la célebre BOCA (y otros orificios) pueden ser estertor de placer de muerte de gula de sexualidad de apóstrofes de engaños de deslealtades o traiciones de promesas incumplidas de venganzas de cadenas perpetuas etc.

EL SEXO es qué duda cabe un mediador de uniones-desuniones a veces inquebrantables-quebrantables etc.

Y las HERIDA(S) innumeras infringidas al CUERPO (las hay que no se curan ni con la figura) son las laceraciones que van dejando rasgos-huellas-indicios-signos-manchas-deformaciones-tics, etc. Que son cuantía desde que nacemos hasta que morimos...

Así toda esta triada trinitaria de rostros y cuerpos TRIFONTES se va cerrando paulatinamente alrededor del dolor como dos garras en la garganta (¿de oso? ¿boca de tiburón? ¿pinzas de cangrejo o picadura de víbora? ¿abrazos de octópodos o lianas? ¿hundimiento en los pantanos?―en tanto el mundo rota y los hombres dentro rotan también ...(el libro anterior del poeta se llamó precisamente La Rotación de la Tierra).

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Finalmente otra caracterización de MÉDULA y que obra como hipótesis esencial del libro son los IMPOSIBLES-POSIBLES en curso de acción tan pronto CENTRALES como PERIFÉRICOS que comprueban la hipótesis –teoría del DESCENTRO-CENTRO-DESCENTRO (aceptemos el neologismo) a través de los vaivenes u oscilaciones y rotaciones que todo el tiempo exhibe desenfadadamente MÉDULA y que tanto ―creo― excita y estimula al lector a la lectura acurada.

Obran como antecedentes creativos símiles como Góngora/ Las mil y una noches/ libros de Lewis Carroll/ films de Glauber Rocha/ Passolini/ Tim Burton/ grupo danés DOGMA etc. Y en el Perú siempre iniciáticos Cesar Moro central-periférico hasta el vértigo y feliz Westphalen y Vallejo fatalista por necesidad de abrir por sensibilidad y cultura murallas cerradas para él a cal y canto porque esa poesía no podía escribirse desde los cánones establecidos así como el absurdo totalitario e indefensión del hombre contemporáneo hoy mismo (notable Kafka, testigo superlativo).

MÉDULA es también una cohorte de FIGURAS adecuadas en su simplicidad/ complejidad para ser un libro que puede recibir humanos-animales informales de un onirismo expresionista desatado algu¬nos de miradas sesgadas (como en las pinturas de Tilsa o Del Bosh o esos cuerpos desarticulados/rearticulados como en los cubismos de Braque-Picasso-Gris. Y Munich y Francis Bacon y Magritte y Frida Khalo entre tantos otros como Alfred Jarry repitiendo obseso «yo revólver revólver revólver») y Apollinaire.


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«Es sencillo/ la médula flota como antes los cernícalos/
Como antes huían los locos en barcos luminosos/ hacia el mar o una forma
De ella o nada de ella/ pero azul o verde
O solamente sal»/


«Al rostro le sucede algo terrible y su osamenta es más triste todavía [..] Y el hueso huele a música mala a estiércol de pronto aparecido en las camas a hermano recién nacido en los cerros junto su cebolla por eso tomarás sopa de amapolas y gracia tu latitud contraria [...] Así voy criando tu dolor» (poema 1) «tesitura de nuestro alimento»-«las constantes mordeduras de interminables trajes que desfilan y se esconden debajo de las sillas» «Estoy triste y con traje/ sin escamas» «descubrimos en el cauce los cuerpos/ todos con sus números» «la pajarera habitada de costras» «pobre equino sin pareja y en medio de las mazmorras/ pobre hermano menor mío/ prolongado en dirección contraria/ con sus manos de pabilo pero no crisantemo» «el olor de la comida, la urgencia de la sed» [...] el contrafulgor que no es unánime hay algo más intenso de verdad que impide la alegoría, que evita la incrustación de la luz [..] sobre las dobles somnolencias y deslizadas en su cuarteadora/ el miedo silvestre ramifica una panetela en él. Corazón / y dispersa a las mujeres con jipijapa sombrero/ hacia sus hijos bastardos que rehuyen al vocablo y al olvido a 15 kilómetros del invierno como una aglomeración subterránea y metafísica o un santoral o semilla quieta en una fracción de la noche// aquí Padre cual última noticia/milenariamente y al unísono con una cuerva no fecundada sobre la nuca/ y una turbulencia en la tráquea/ porque eres mortal como el amor/atribuido a los vestigios óseos y tiempos posteriores/ a la --insolencia de los escarabajos con su llovizna extraída del tintineo

No hay diferencia en los sótanos, eso lo aprendí de mi hermana ciega, por eso es mortal la sed y las hélices que brotan del pecho las alas que nunca se construyeron detrás del incendio [...] la hierba no siempre es verde/ en realidad nada es verde/ siempre tuviste la percepción errónea porque buscabas la eternidad el luto constante y mayor que el miedo/ por eso no hay diferencia ya entre el miedo y la noche/ el alfabeto y el barranco/el muslo y la venganza»

«No hay diferencia en los sótanos, eso lo aprendí de mi hermana ciega»
(texto otra vez citado)
«me pongo mi traje y observo mi dominio / hay una náusea áspera junto a la novia asesinada que era altísima [...] Estoy triste y con traje/ sin escamas/ Con la piel verde herida [..] LA CAÍDA SIGUE INTACTA Y TRIUNFAL


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Y el libro rota y gira todo el tiempo ―rosa náutica a la vez que la tierra el mundo el LENGUAJE la vida el universo y tanto más que no se puede detener y menos por los hombres –que son casi una inexistencia para la magnitud universal...

Y ahora el poema 3 que es otro de los más pathos muestran:

Las hélices que brotan del pecho las alas que nunca se construyeron des¬pués del incendio [...] y es más triste cuando pasa un poco de barro cuando es solamente barro el mismo barro salido del árbol olvidado por el miedoso

Por eso no hay diferencia ya entre el miedo y la noche
el alfabeto y el barranco
el muslo y la venganza


Y el poema se abre entonces a la bondad y solidaridad del gregarismo y avanza hacia la colectividad-multivocalidad.

Han podido ser errores han podido ser aciertos:

«Porque buscabas la eternidad el luto constante/ y mayor que el miedo/ por eso no hay diferencia ya entre el miedo y la noche/el alfabeto y el barranco/ no hay diferencia en los sótanos, eso lo aprendí de mi hermana ciega, por eso es mortal la sed y es más triste cuando pasa con un poco de barro cuando es solamente barro

Otra vez la fuga/ hacia la parte de la madre menos vencida hacia su eco más inmenso no moriré/ tu cuerpo sube/ tu alma se prepara [...] Podrás acudir a dios pero no podrá desatarte/ nadie te desatará de la tierra de la noche de la vela [...] tan solo alargaré mi mano hacia tu naufragio hacia tu plegado cuando eras barro».

El libro gira todo el tiempo ―es decir rota― es un rotor es un giróscopo es una veleta o una peonza o es una rosa náutica a la vez que es la tierra el mundo la vida el universo y tanto más que no se puede detener y menos por los hombres que son una nada ―casi inexistentes para la magnitud universal...

En 12 el penúltimo poema de la herida la gran herida

Del lomo animal/ con el morador animal/con la dureza el que limpia su córnea con palo/ y a oscuras rasca su encía/lo mismo hiciste con el perro/ que tenía un limón por planeta y en su planeta un viejo dolor/con la médula incrustada en el alma

La comprensión e incomprensión de la poesía sigue siendo un misterio imposible de ser dilucidado: Abolición de la muerte ―a 70 años de su aparición― no se lee como «Himno a la Alegría» de Schiller que inspiró a Beethoven. Algo que sigue pareciendo inexplicable hoy mismo.

(Lima, Hospital Rebagliati, septiembre de 2006)

(Publicado originalmente en Wayra, Nr. 5,
Uppsala, segundo semestre de 2007)

21.9.07

La poesía de Salomón Valderrama


Salomón Valderrama Cruz (La Libertad, Chilia, 1979). Realizó estudios en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y la Universidad Nacional Federico Villarreal. Ha sido director de la revista Antínfeliz y ha colaborado en una serie de publicaciones como El Desembarco, Ómnibus, Máquina do Mundo, Konvergencias, Literatura, Letralia, Galerna, El Coloquio de los Perros, etc. Ha publicado diversos poemas en Arquitrave, Paradoja, Enfocarte, Paralelo Sur, Eom, Katharsis, La Siega, Ciberayllu, La idea fija, Los Noveles, El Hablador, entre otras revistas. Ha sido antologado en los libros Generación del 2000: Muestra de Poesía Joven (Lima, Círculo Abierto Editores, 2006) y Poesía Perú S. XXI: 60 Poetas Peruanos Contemporáneos (Lima, Escuela de Lima del C.C. Yacana Editores, 2007). Tiene inéditos los libros Facción de imperdido al arte (2001-2003) y Amórfor (2004-2006). En la actualidad prepara el poemario La Catedral sumergida y anima la bitácora Música del futuro frío . Recientemente ha publicado una parte de Amórfor (once poemas) en el poemario bifronte Amórfor/Manchas solares (Lima, Paracaídas Editores, 2007) junto a Diego Lazarte. Los poemas que siguen a continuación pertenecen a su último poemario.


Refracción

De aburrido, aun monja te desvisto:
Regatas del Sur, invencible, practico...

Elevación, maldición que me contempla
Trastocar en frágiles economías:
Masturbar bellezas, pulular poesías...
Latido, deslatido, el que me templa

Firmar, fechar muerte... oh libre perdición.
Inventar sensualidad, besar, derrotar...
Alucinaciones contar hasta matar.
Juez del arte dormirte, ajena ilusión

Como mártir del dolo... oh cosa amada.
Color, motor de la mente; quitar arte.
Oh muerte sola... vivirte y matarte
Rosa, ¡oh hermosa descorazonada!

Asentada... mirar al viajar, copular
Lacra o impura loca del estilo
Ante la no luz... de boca me destilo:
Todo prohibir para encontrar y volar...


Reaalidaades dee laa meente: Corazón azul

A Chrystian Zegarra

Ma loz ne us onumel dol Ceulo
Lo bruse vergun us lo ospeda qoa ma elvodu o llero
Emur enstuntos qoa an ul mor mu antourru
Purqoa locher ne duba
Purqoa meror us puci
Rozur pure morucar ul proceu
Imur pure vavorlu tude
Ameguner qoa saompru hubro en cumoanzu
Osu per dacesoun darmur can tudis mas coses ruletuves
Ma ospesu ma porru ma cutre a ma mintaño... (*)

(*) Mi luz no es animal del Cielo
La brisa virgen es la espada que me olvida y llora
Amor instantes que en el mar me entierro
Porque luchar no debo
Porque morir es poco
Rezar para merecer el precio
Amar para vivirlo todo
Imaginar que siempre habrá un comienzo
Así por decisión dormir con todas mis cosas relativas
Mi esposa mi perro mi cetro y mi montaña…

19.9.07

El pensamiento peruanista de Víctor Andrés Belaunde (II)

Gracias al excelente trabajo realizado por Domingo García Belaunde y Osmar Gonzales, viene circulando un grueso volumen de más de 700 páginas que ha despertado vivamente el interés de la crítica especializada y los lectores en general. Se trata de la antología Víctor Andrés Belaunde. Peruanidad, entorno y confín. Textos esenciales, publicado por el Fondo Editorial del Congreso del Perú. Convencidos, al igual que Abelardo Oquendo, de que "acercarse a este tomo con ojos de ver puede deparar varias sorpresas", publicamos ahora la segunda y última parte del "Estudio Preliminar" que para esta importante edición ha escrito Osmar Gonzales.


La defensa de los derechos civiles y el exilio

Como señalé, Belaunde fue desterrado en 1921 por Augusto B. Leguía. La razón fue simple: su tenaz oposición al autocratismo del oncenio. En efecto, nuestro personaje, que siempre estuvo atento a lo que pasaba en su tiempo, denunció la violación que estaba perpetrando Leguía en contra de las libertades civiles. Utilizando su gran retórica, Belaunde pronunció, en 1921, un tremendo discurso acerca de los derechos ciudadanos y la libertad del poder judicial en contra del dictador, lo que le valió ser deportado junto a su amigo Luis Fernán Cisneros quien desde La Prensa también había fustigado al gobierno. Es así que parte como exiliado, antes que Haya de la Torre, por ejemplo, rumbo hacia Estados Unidos. Este es otro aspecto que merece ser relevado, pues los exiliados del leguiísmo, dorados o no, no fueron exclusividad de los radicales del centenarismo, sino también de los novecentistas críticos, pues Riva Agüero también tuvo que viajar a Europa obligado por el acoso que sufría del gobierno.

Lejos del país, Belaunde tendría la oportunidad de revisar sus ideas, reafirmar sus lazos espirituales con el Perú y elaborar una nueva visión del mismo. Es así que vuelve al catolicismo que había abrevado desde su experiencia familiar y se vuelve en un teórico del mismo. A diferencia de sus amigos como los García Calderón, Belaunde siguió teniendo al Perú como un elemento definitorio de sus reflexiones y, en contraste con Riva Agüero, la realidad peruana actual seguiría ejerciendo un alto grado de compromiso intelectual a la que quiso entender y sobre la que ofreció explicaciones. A lo dicho, que conformaría un lazo de continuidad entre el Belaunde pre-exilio y el Belaunde que luego retornaría a nuestro país, es necesario agregar su interés por la realidad mundial, como lo testimonian sus artículos “Crónicas de Norteamérica”, “La verdad sobre el bolcheviquismo” (1920), “La elección de Harding y la política internacional de los EE.UU”, “La marcha del mundo. El nuevo presidente de los Estados Unidos” (1921), “Lloyd George y la política mundial”, “La política contemporánea” (1922), “La destrucción de Alemania” 1923), “La crisis política en Inglaterra” (1924), “Los países Hispanoamericanos y la Liga de las Naciones” (1926).

En 1927 encontramos el primer esbozo del que sería uno de los libros de Belaunde más significativos en cuanto al estudio de la época republicana, y es el artículo titulado “Bolívar y la república conservadora”, preocupación que seguirá ahondando y ampliando (también por medio de las conferencias que dictó en La Sorbona de París y en las universidades de Miami y John Hopkins en 1930) hasta concluir con el libro Bolivar and the political thought of the spanish american revolution de 1938, y editado en inglés por la Universidad John Hopkins, en donde era docente. Se trata de una obra erudita en la que, teniendo como eje central a la figura del Libertador, recorre el debate intelectual y el proceso histórico y político del Perú que lo lleva a separarse de la metrópoli española. Esta obra recién sería publicada en castellano en el año 1959, en Madrid.

El pensador cristiano

Como he recordado, la publicación del libro de Mariátegui, 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, de 1928, ofreció a Belaunde la gran oportunidad para, en debate con el pensador socialista, exponer su nueva visión del Perú desde el punto de vista social-cristiano. De esta manera, y teniendo como plataforma las páginas del Mercurio Peruano que seguía dirigiendo desde el exilio, Belaunde empezaría comentando uno a uno los ensayos de Mariátegui. Lamentablemente, la muerte de éste dejó trunco un debate que prometía con ser uno de los más elevados que pudo espectar nuestro país. No obstante, Belaunde siguió redondeando sus reflexiones que verían forma de libro en enero de 1931 (aunque terminó de imprimirse en diciembre de 1930) en París, titulado La realidad nacional, obra integral que constituye una de las reflexiones más cabales que se han hecho sobre la vida peruana.

En La realidad nacional Belaunde expresa su evolución ideológica definitiva hacia el cristianismo. En esta obra, el intelectual arequipeño nos presenta con claridad su posición desde la cual va a desplegar su análisis. Sin pretender realizar un balance de la polémica sostenida con Mariátegui, me interesa tan sólo presentar su programa y su responsabilidad por cumplir una función específica como intelectual, tema sobre el que volveré más adelante.

La postura que adopta y la finura del análisis de Belaunde lo ubican como el intelectual, dentro de su generación, que tuvo un programa más global y al mismo tiempo más factible de ser llevado a cabo. Belaunde se diferencia del proceso de ultraderechización de Riva Agüero y del abandono y desánimo de García Calderón, a la vez que evita caer en el espiritualismo racista y marginador de Alejandro O. Deustua, y en el candoroso optimismo que se cobijaba aún en algunos intelectuales de su tiempo, quienes suponían que solamente con la legislación y la educación se iba a poner fin a nuestros problemas. Belaunde no fue ni el optimista a ultranza ni el desengañado sin esperanza.

El principio básico del arielista arequipeño, extraído de la Rerum Novarum, es el que entiende al trabajo no como mercancía sino como elemento humano que debe ser orientado a un fin social. Desde ahí justifica y aconseja la copropiedad (accionarado obrero) y la cogestión (comités de fábrica o taller), otorga más importancia al criterio cooperativista, acepta la organización sindical y la constitución de un Consejo Económico.

Pero en donde recayó lo más profundo de la preocupación de Belaunde fue en lo que llamó la cuestión social, que consideraba fundamental y que su solución —afirmaba— nos llevaría a conseguir la justicia social. Según Belaunde, el problema social se reviste de dos formas: la cuestión indígena y el desarrollo industrial.

La cuestión indígena adquiere sus rasgos típicos cuando se trata de la comunidad y de la hacienda serrana, y para ella Belaunde elabora un programa que tiene entre sus elementos más importantes el potenciar la productividad de la comunidad, educar económicamente al indígena, expropiar al latifundio improductivo, distribuir tierras sea a individuos o a comunidades, ensayar cooperativas agrícolas, entre otros aspectos. La solución, consideraba Belaunde, debería encontrarse tanto en los factores económicos como en los de la educación.

Con respecto al desarrollo industrial, Belaunde entendía que mientras la clase media no se liberara económicamente no se podría pasar a la industria, y políticamente no se podría aspirar a un verdadero partido liberal. Frente a esta incapacidad, el capital extranjero (no hablaba de imperialismo pero se acerca a su diagnóstico) ha aumentado su presencia amenazando nuestra independencia política. Lo que propone Belaunde es el aprovechamiento de ese capital pero sin conceder privilegios y exigiendo al mismo tiempo una mayor presencia del capital nativo. Si queremos fortalecer nuestra economía industrial, aconsejaba, es necesario desarrollar un reformismo prudente.

Esta etapa intelectual de Belaunde va a traer un concepto que se convertiría en central dentro de su reflexión: el corporativismo de naturaleza cristiana, basado en el consenso y la persuasión, distinto al autoritario que identificó a Benito Mussolini y que ha llevado a estigmatizar el concepto. Dentro de este espíritu es que muchos analistas encontraron, de manera por demás fuera de lugar, a un Belaunde fascista.

La realidad nacional se debe sumar a El Perú contemporáneo de Francisco García Calderón, El carácter de la literatura en el Perú independiente de José de la Riva Agüero, 7 ensayos de José Carlos Mariátegui, Perú, problema y posibilidad de Jorge Basadre, El antimperialismo y el Apra de Víctor Raúl Haya de la Torre y Perú, retrato de un país adolescente de Luis Alberto Sánchez como los baluartes sobre los que descansan las propuestas intelectuales del Perú del siglo XX. Considero que verificar las diferentes propuestas políticas e ideológicas que representan las obras mencionadas es importante y ya se ha hecho, pero en lo que debemos preocuparnos ahora es en entender las causas sociales e intelectuales que las hicieron posible. Se trató de un tiempo histórico compacto y estimulante que fue representado por pensadores de la más alta calidad.

Hacia la reflexión global desde el cristianismo: Peruanidad

De regreso al Perú, diez años después, Belaunde participaría en el Congreso Constituyente de 1931 (que funcionó hasta 1936 y que aprobó la Constitución de 1933) en la que actuó como figura independiente, y en la que pronunciaría sonoros discursos defendiendo el voto femenino, la libertad de prensa, la autonomía del poder electoral, la independencia del poder judicial, la religión católica como la base espiritual de la nacionalidad; asimismo, seguía sosteniendo que el problema principal del Perú es el indígena, propugna la descentralización, la regionalización y el desarrollo de una educación técnica que actúe sobre la realidad. Pero, por otro lado, se opone en dar la capacidad de voto a los menores, a los analfabetos y a las fuerzas armadas.

Al mismo tiempo, Belaunde dio inicio a una serie de artículos y publicaciones diversas en las que reflexiona sobre el cristianismo. Esta preocupación tendría una primera manifestación en su artículo “Cristo objetivo y Cristo subjetivo”, de 1935, que luego sería incorporado en su libro del año siguiente titulado El Cristo de la fe y los Cristos literarios. En el recorrido intelectual de Belaunde observamos que las ideas social-cristianas se van fundiendo de una manera mucho más profunda y sistemática que en La realidad nacional hasta dar lugar a su gran obra titulada Peruanidad, que sería publicada en 1942. Observamos entonces a un Belaunde consolidado en un pensamiento propio, llegando incluso a ser el primer presidente, en 1940, de la Sociedad Peruana de Filosofía.

Posteriormente, Belaunde sostuvo la idea de la “síntesis viviente” (1950), queriendo dar a entender con ello que la nación se conformaba y regeneraba permanentemente, que no era una entidad acabada ni mucho menos muerta; mientras que en Inquietud, serenidad, plenitud, de 1951, reflexiona desde su mirador existencialista cristiano con un lenguaje profundamente filosófico. Pero es en Peruanidad que Belaunde alcanza un nivel de interpretación mucho más elevado y amplio; digamos -como lo ha sugerido García Belaunde- que es su interpretación filosófica acerca del devenir nacional.

La reflexión y la experiencia diplomáticas

A la fecunda labor intelectual que Belaunde ostentó habría que agregar otra dimensión, la de los temas de la diplomacia, los cuales no le eran ajenos, pues dentro del abanico de preocupaciones intelectuales que obsesionaron sus reflexiones están presentes las cuestiones internacionales. Nuevamente en forma de tesis, y aprovechando que laboraba en el Archivo de Límites, expuso, en 1910, sus primeros planteamientos en La mediación americana durante la guerra del Pacífico (con la que se graduó de Bachiller en Ciencias Políticas y Administrativas) y, en 1911, Las causas diplomáticas de la guerra del Pacífico (con la que se doctoró en la misma facultad). En 1919 publicaría Nuestra cuestión con Chile y Documentos esenciales del debate peruano-chileno, en Buenos Aires.

Además, Belaunde también llegó a ser destacado a sucesivas misiones diplomáticas: en 1903 actuó como secretario del Archivo de Límites; luego, entre 1905 y 1906, fue secretario de la comisión encargada de defender la postura peruana frente a Bolivia en la cuestión limítrofe; por encargo de Víctor Maurtua concluyó la compilación e impresión de la prueba peruana; entre 1907 y 1911 se desempeñó como jefe de el Archivo de Límites en el Ministerio de Relaciones Exteriores, y fue consejero en las negociaciones con Brasil; también fue encargado de negocios en Alemania en 1914 y Bolivia en 1915; luego desempeñó el cargo de Ministro Plenipotenciario en Uruguay. Luego de caído Leguía, Belaunde volvió al servicio diplomático, esta vez como miembro de la delegación que negoció el tratado con Colombia y cuyo Protocolo se firmó en 1934 en Río de Janeiro; también fue Ministro Plenipotenciario en Bogotá (1934-1935) y Suiza (1936); fue miembro de la delegación que negoció un acuerdo limítrofe con Ecuador en 1938. Posteriormente, en 1945, Belaunde fue presidente de la delegación peruana acreditada ante Estados Unidos. En ese mismo año, representó a nuestro país en la Conferencia de San Francisco, que dio origen a las Naciones Unidas siendo uno de los signatarios. En 1959, Belaunde llegó al cenáculo de su carrera diplomática al ser nombrado Presidente de la Asamblea. Hasta ese momento peruano alguno había llegado tan alto en la diplomacia internacional. En dicho cargo, pronunció importantes discursos y contribuyó a definir la personalidad del Perú en el escenario internacional. Finalmente, Belaunde vuelve a Nueva York, donde moriría el 14 de diciembre de 1966, un día antes de cumplir 83 años.

Como hemos visto, el recorrido vital e intelectual de Belaunde fue sumamente prolífico y nos remite a una de las etapas más apasionantes de la vida republicana del Perú.

Belaunde y su influencia en la política nacional

Si bien Belaunde no gravitó en la política por medio de un partido político (su figuración descansó más en su actuación individual como tribuno de grandes dotes y como personalidad influyente) fue capaz de bosquejar un conjunto de ideas básicas que luego fueron retomadas por distintas fuerzas políticas. De su paso del positivismo al tomismo, analiza Sinesio López (17), Belaunde fue capaz de inspirar al reformismo social-cristiano que fue la base ideológica del gobierno de José Bustamante y Rivero entre 1945 y 1948, a la Democracia Cristiana, que tuvo un momento de gravitación en la escena pública nacional y que aportó con una generación brillante de dirigentes que luego se “esparcerían” por las distintas agrupaciones políticas de izquierda y de derecha, y a Acción Popular —especialmente en su primera etapa—que llegó al poder en dos oportunidades. Lo que sostiene López es que si bien Belaunde no llegó nunca al poder, su influencia se extendió hacia agrupaciones políticas que sí lo consiguieron, y ahí radica su victoria.

Al análisis de López habría que agregar la influencia de las ideas de Belaunde sobre el programa aprista. Esto es algo que nunca se ha querido decir explícitamente, pero que sería bueno tomar en serio en los análisis: el corporativismo, la confianza en las clases medias, el control del capital extranjero, la apuesta por el mestizaje, el fortalecimiento del Estado y la constitución de diálogo entre las diferentes fuerzas económicas mediante el consejo económico, son ideas centrales que tienden puentes entre los programas del aprismo y el de Belaunde. Estas coincidencias, demás está decirlo, no se deben entender porque existieran coincidencias ideológicas, sino por el hecho de coexistir en un mismo ambiente cultural. Es decir, aun cuando provenían de diferentes generaciones y tradiciones ideológicas, el campo social en el que vivieron y en el cual fructificaron las ideas fue uno muy compacto desde fines del siglo XIX. Desde los particulares procesos vitales, tanto individual como colectivamente, dicho ambiente fue intensamente asimilado por los contemporáneos: ya sea desde el ingreso a la madurez (como en el caso de los centenaristas) o desde la consolidación de hombres adultos (como en el de los arielistas), se construyen los particulares miradores desde los cuales se examinarán los problemas nacionales. En general, en este ambiente privilegiado, los diagnósticos guardan un aire de familia, pero se diferencian sustancialmente gracias a los ropajes ideológicos y a las opciones políticas que los rodean.

Más allá de la irradiación de la influencia de Belaunde por medio de sus planteamientos habría que interrogarse si ganó en realidad, como afirma López, en la escena política nacional. Si bien el programa del arielista arequipeño inspiró a diferentes proyectos políticos que llegaron, con distinta suerte, al control estatal, no por ello se puede sostener que fue el ganador de la política nacional. Quizás debería matizarse la afirmación con otra pregunta: si realmente sus diagnósticos y propuestas orientaron las políticas que se implementaron desde el Estado. La respuesta, creo, tiende a ser negativa. De cualquier modo, Belaunde se ha vuelto un campo de disputa y eso ya es un avance, una situación mucho mejor que el olvido al que por muchos años se le postró. Más allá del reclamo de una herencia o de una paternidad, lo importante es el grado de identificación real con la propuesta que se reivindica y la actualidad del diagnóstico que se revalora. Ausente esta dimensión ética se cae en la demagogia o en la pura ideología.

El reformismo del intelectual Belaunde

Hay un detalle que no debemos dejar pasar por alto, y es que en 1963 Belaunde apoyó el programa reformista de su sobrino (hijo de Rafael), Fernando Belaunde Terry. Recordemos que en ese momento, la propuesta de Acción Popular era vista con temor por muchos de quienes detentaban el poder. Ello quiere decir que Víctor Andrés Belaunde se mantuvo firmemente convencido hasta el final de sus días de la necesidad de cambiar y reformar muchas cosas en la vida social y política del Perú. Signo de una coherencia envidiable, que muchos de sus compañeros no fueron capaces de mantener. Como hemos visto, la propuesta de Belaunde fue un proyecto de evolución lenta, tendiente a solucionar no sólo nuestros problemas que hoy llamamos estructurales, sino que también pretendió corregir los vicios de nuestra personalidad colectiva. En otras palabras, no sólo se preocupó por conocer qué era el Perú, sino también cómo eran los peruanos.

En líneas generales, el proyecto de Belaunde (compartido con mayor o menor intensidad por sus compañeros de generación) fue un intento armonizador, equilibrante, buscando siempre bajar las tensiones de los conflictos sociales evitando las polarizaciones. De ahí es que se hacen más comprensibles sus propuestas desde lo étnico por lo mestizo, desde lo social por la clase media, desde lo político por las reformas y desde lo ideológico por el catolicismo.

Pero a pesar de su lucidez, Belaunde no fue oportunamente escuchado por las élites gobernantes. La oligarquía despreció a los intelectuales y evitó proponer un proyecto nacional que significaba, como lo sostenía Belaunde, una transformación real de las instituciones. Los grupos oligárquicos prefirieron, en cambio, y de modo invariable, la ganancia particular y el acomodo institucional de acuerdo a las circunstancias, aunque con éxito, pues de otra manera no se puede explicar su larga permanencia en el poder. Mirar al futuro suponía tener una conciencia de país y una convicción modernizadora de las que carecieron dichos grupos privilegiados.

Este desprecio por los hombres de pensamiento y su incapacidad de impulsar cambios sustanciales por parte de la oligarquía, hicieron posible la emergencia del reformismo militar encabezado por el general Juan Velasco Alvarado. Por eso, mal han hecho las clases económica y políticamente predominantes cuando han pretendido expiar sus responsabilidades acusando a dicho gobierno militar de destruir “su” orden pues ellas mismas lo engendraron. De haber asumido como propia la propuesta de Belaunde, es legítimo preguntarse, ¿Velasco hubiera sido necesario? Ello hubiera significado impulsar una manera diferente de entender el papel que debían cumplir las instituciones y establecer nuevos tipos de vínculos entre Estado y sociedad que habrían modificado sustancialmente el paisaje político y social del país en su totalidad.

En conclusión, en tanto Belaunde como intelectual, no fue un crítico radical del poder y tampoco uno orgánico, no despreció la política como actividad pero sí mantuvo distancia de quienes la ejercían. Su público no fue un grupo o una clase social específica sino que trató de que su audiencia fuera esa peruanidad que, de un modo un tanto abstracto, intentó definir. Buscó, ya desde su etapa de madurez, colocarse como un pensador por encima de los conflictos para, desde su sentido de realismo, ejercer la reflexión y proponer las correcciones, como una especie de conciencia crítica de la nación, a la manera de los grandes pensadores del siglo XIX. Pero la realidad social del país no le permitió serlo, pues las diferencias radicales que la atravesaban, y que el propio Belaunde analizó, le impidieron dialogar con una población plurilingüe y multicultural y en la que grandes sectores no se sentían identificados con la vida en común, con ese sentimiento de comunidad que es la nacionalidad.

Parte del discurso de Belaunde fue utilizado de manera oportunista por quienes ejercieron el poder, especialmente en lo referente a la búsqueda de la integración y de mantener vivo el catolicismo como un elemento de identidad y de apaciguamiento de los enfrentamientos; estas claves de sus reflexiones se divulgaron de manera privilegiada por medio de la escuela y del discurso oficial, y desde ellos (pero retocadamente, sin rozar los problemas de fondo que Belaunde había detectado) llegó a sectores amplios de la sociedad peruana imprimiendo en las mentes y corazones de los ciudadanos un sentimiento de fatalidad y resignación. De este modo, se institucionalizó el pensamiento y la figura de Belaunde; desde el poder se difundió su pensamiento de manera distorsionada, negando, en el fondo, su mensaje.

Notas

(*) Agradezco a Domingo García Belaunde quien, generosamente, me invitó a organizar este volumen y a redactar el presente estudio preliminar. Pero en honor de la verdad, el lector tiene en sus manos un trabajo realizado al alimón.
(1) Luis Loayza, “Riva Agüero en los 7 ensayos”, en Hueso Húmero núm. 2, 1979, pág. 73
(2) Desde sus tiempos de Juan Croniqueur, Mariátegui había escrito crónicas en las que trataba con cierta sorna a Belaunde y al PND. No obstante, el autor de 7 ensayos reconocía la importancia intelectual de Belaunde en ciertas cartas en las que comenta, con entusiasmo, la atención que éste había puesto en su libro. Véase José Carlos Mariátegui. Invitación a la vida heroica. Textos esenciales, Fondo Editorial del Congreso de la República, Lima, 2005.
(3) Coincido con Pedro Planas cuando afirma, en su artículo “La polémica frustrada”, que el debate Belaunde-Mariátegui fue la “verdadera polémica sobre el país”, mientras que la que mantuvo el Amauta con Haya era más un enfrentamiento político-táctico y hasta de temperamentos, pero también, agrego, sobre la afirmación de quién debería ser el actor social que dirigiría el cambio: obreros y campesinos o la clase media.
(4) Julio Cotler, Clases, Estado y nación en el Perú, IEP, Lima, 1978, pág. 159. Carlos Iván Degregori, et. al., Indigenismo, clases sociales y problema nacional, Celats, s/f; en el mismo libro véase también el artículo de Augusta Alfajeme y Mariano Valderrama, “Viejas y nuevas fracciones frente al problema indígena. 1900-1930”.
(5) José Ignacio López Soria, El pensamiento fascista. (Antología), Biblioteca del pensamiento peruano, Francisco Campodónico Editor y Mosca Azul Editores, Lima, 1981
(6) Pablo Macera, “La Historia en el Perú: ciencia e ideología”, en Amaru núm. 6, 1968
(7) Tokihiro Kudó, Hacia una cultura nacional popular, desco, Lima, 1982
(8) Ricardo Claverías, “Las ciencias sociales y el problema agrario en el Perú”, Primer Congreso Peruano de Sociología, Huacho, del 5 al 8 de mayo de 1982, pág. 9
(9) Sin pretender ser exhaustivo, ni mucho menos, pues sería una enumeración demasiado amplia, solo menciono a modo de ejemplo algunas de las obras de Belaunde impulsadas por César Pacheco Vélez, como Obras completas. Primera serie: El proyecto nacional (Edición de la Comisión Nacional del Centenario de Víctor Andrés Belaunde, Lima, 1987) o la quinta edición de Peruanidad (Banco Central de Reserva del Perú y Fondo del Libro del Banco Industrial del Perú, Lima, 1983.
(10) Por ejemplo, el “Estudio Preliminar” a la sexta edición de La crisis presente (Luis Alfredo Ediciones, Lima, 1994), o sus artículos correspondientes a Belaunde reunidos en su libro El 900. Balance y recuperación. I. Aproximaciones al 900 (Centro de Investigación y Tecnología para el Desarrollo de las Ciencias Sociales, Lima, 1994).
(11) La lista sería muy larga, pero se pueden mencionar los siguientes títulos: La realidad nacional y La filosofía del Derecho y el método positivo (ambos de 1984), La vida universitaria (1987), El Cristo de la Fe y los Cristos literarios (1993), La crisis presente (1994) y muchos otros documentos.
(12) Un buen trabajo síntesis sobre el proceso intelectual seguido por Belaunde es el de Mario Alzadora Valdez, “El pensamiento filosófico de Víctor Andrés Belaunde” (inédito). Este texto me lo proporcionó Domingo García Belaunde, a quien expreso mi agradecimiento.
(13) Véase Domingo García Belaunde, “Víctor A. Belaunde y la Universidad Católica”, en Cuadernos del Archivo de la Universidad, pág. 37
(14) Mercurio Peruano. Revista de Humanidades, Índice 1918-1978, Edición Especial, núms. 496-500, Lima, junio 1978-octubre 1988, enriquecido con un Estudio Preliminar de César Pacheco Vélez, “Historia y crónica del tercer Mercurio Peruano 1918-1978”.
(15) Osmar Gonzales, “El Mercurio Peruano y la derecha pensante”, en Los Caminos del Laberinto núm. 3, abril, 1986
(16) Véase Domingo García Belaunde, “Víctor Andrés Belaunde y el Mercurio Peruano“, en Fénix. Revista de la Biblioteca Nacional del Perú núms. 43-44, 2001/2002
(17) Sinesio López, “La generación de 1905” en Alberto Adrianzén (editor), Pensamiento político peruano, desco, Lima, 1987.

17.9.07

El pensamiento peruanista de Víctor Andrés Belaunde (I)


Gracias al excelente trabajo realizado por Domingo García Belaunde y Osmar Gonzales, viene circulando un grueso volumen de más de 700 páginas que ha despertado vivamente el interés de la crítica especializada y los lectores en general. Se trata de la antología Víctor Andrés Belaunde. Peruanidad, contorno y confín. Textos esenciales, publicado por el Fondo Editorial del Congreso del Perú. Convencidos, al igual que Abelardo Oquendo, de que "acercarse a este tomo con ojos de ver puede deparar varias sorpresas", publicamos a continuación el "Estudio Preliminar" que para esta importante edición ha escrito Osmar Gonzales.

Hace ya algunos años, Luis Loayza, en un sugerente artículo, recomendaba a la izquierda leer a José de la Riva Agüero y a Francisco García Calderón (1) ... olvidó mencionar a Víctor Andrés Belaunde. Pero no sólo es importante leerlos, también lo es saber con qué ojos hacerlo. Para ello es necesario quitarnos las anteojeras del sectarismo y despojarnos de los prejuicios que guían de antemano nuestra lectura. Por esta misma razón, el buen consejo de Loayza es útil, y no solo para la izquierda, pues no hay tradición ideológica en el Perú que se preocupe sinceramente de nuestros pensadores, entre los que se encuentran los pertenecientes a la generación de principios del siglo XX, denominada por algunos como novecentista y por otros como arielista, en la misma que está incluido, por supuesto, Belaunde.

En estas páginas ofrezco, en primer término, un panorama de cómo se ha entendido la obra de Belaunde según ciertas miradas, especialmente desde las ciencias sociales poco afectas a él, para entender qué explica el interés por este hombre de ideas. En segundo término, y como acercarse a las ideas del personaje implica conocer algo de su biografía, ofrezco un breve bosquejo de lo que considero fueron las principales marcas de los primeros años de vida y juventud de Belaunde, y entrelazo la presentación biográfica con su evolución intelectual y espiritual. Finalmente, realizo algunas reflexiones sobre la relación que se puede encontrar entre el intelectual Belaunde y la política nacional y formulo algunas preguntas.

Para contextualizar mejor las páginas siguientes adelanto la ubicación de Belaunde al interior de su generación. Así, se puede decir que mientras Riva Agüero priorizaba los temas históricos, Francisco García Calderón prefería construir una mirada global de la realidad peruana primero, latinoamericana después y finalmente de la europea, y su hermano Ventura continuaba con su creación literaria al igual que José Gálvez, el pensador arequipeño se constituiría en el analista por antonomasia de la realidad peruana actual, por ello se le reconoce como el sociólogo de su generación, y en muchos aspectos es, prácticamente, un analista de la coyuntura de su tiempo.

Belaunde en ciertas miradas

Como este mismo volumen lo confirma, en los últimos años se ha experimentado un claro intento de revaloración y de enjuiciamiento crítico acerca de la figura y el pensamiento de Belaunde. Revaloración, sin embargo, aún ambigua, pues persisten rezagos de prejuicios que impiden establecer un diálogo más fluido y horizontal entre las distintas expresiones ideológicas e intelectuales del Perú.

En los primeros treinta años del siglo XX, el socialismo peruano encontraba su identidad desarrollando una doble polémica: con el APRA, por un lado, y con la intelectualidad del novecientos, por otro lado. Mariátegui era el personaje central de ese debate bifronte. A él debemos retroceder si queremos reconocer las razones que nos expliquen por qué la izquierda peruana ha tratado con tanto prejuicio al arielismo nacional. Mariátegui, con su objetivo fundamental de definir la originalidad del socialismo en el Perú, polemizó con la generación “futurista”, como la apodó Luis Fernán Cisneros burlándose de los propósitos del Partido Nacional Democrático (PND), fundado por Riva Agüero. Haciendo más evidente lo paradójico del mote, Mariátegui los confrontaba con su programa y espíritu “colonialista” y “feudal”.

La crítica de Mariátegui iba directamente contra Riva Agüero. No menciona a Belaunde pero lo incluye. La relación con éste sería propiciada por el propio intelectual arequipeño cuando, aguijoneado por lo que consideraba injustas imputaciones, responda a los 7 ensayos por medio de las páginas de su propia revista, Mercurio Peruano, a los temas planteados por el pensador socialista (2). Estos artículos y otros posteriores tendrían, finalmente, forma de libro, previas correcciones y precisiones, con el nombre de La realidad nacional. Se abrió así una polémica brillante pero prematuramente frustrada por la muerte del Amauta (3). Desde entonces, la izquierda, por medio de sus intelectuales, ha tratado de ubicar a Belaunde en diferentes posiciones ideológicas y políticas. Así, tenemos que para unos es un pensador burgués (4), para otros es fascista (5), para unos más se trata de un intelectual orgánico de la oligarquía (6), del feudalismo (7) o de los agro-exportadores (8). En suma, la ubicación de Belaunde es casi un misterio.

Por otra parte, es evidente que ha existido una lectura apologética y acrítica de Belaunde como respuesta a las acusaciones provenientes de los intelectuales de izquierda. Pero también es cierto que otro grupo de intelectuales ha buscado, desde una posición más serena, divulgar el pensamiento de Belaunde.

Por ejemplo, César Pacheco Vélez ha reeditado parte de los trabajos de Belaunde, tanto en volúmenes autónomos como por medio de sus obras completas (9). Más allá de los reproches que se le pueden hacer respecto a los criterios que utilizó para reeditar dichas obras, es cierto que contribuyó a difundir el pensamiento de Belaunde en las generaciones recientes.

Igualmente, Pedro Planas, ha estudiado con rigurosidad la obra de Belaunde, especialmente lo que se refiere a su pensamiento constitucional y político, pero también a los aspectos sociales de sus escritos y a su vocación social-cristiana, portando una nueva lectura, propia del grupo generacional de Planas, del autor de La realidad nacional (10).

Pero quien ha tomado con mayor dedicación y persistencia la tarea de difundir el trabajo intelectual de Belaunde es su nieto y último secretario personal, Domingo García Belaunde. No solo ha reeditado libros de Belaunde, también ha desempolvado documentos olvidados, ha respetado el criterio del propio autor en la reediciones emprendidas y, combinando el estudio con los recuerdos, también ha ofrecido explicaciones acerca del pensamiento del importante novecentista (11).

Quizás la mejor manera de identificar a Belaunde sea reconociendo su talante reformista inspirado en el social-cristianismo que abrazó definitivamente en sus años de madurez, así como el respetar que prefería definirse como un intelectual peruanista.

Datos biográficos y evolución intelectual

Víctor Andrés Belaunde (Arequipa 1883-Nueva York 1966) perteneció a una de las familias más importantes arequipeñas. Su padre, don Mariano, fue un comerciante con éxito e, incluso, llegó a altos cargos públicos, pues fue Ministro de Hacienda. Posteriormente, problemas políticos sirvieron de pretexto para acusarlo injustamente de malversación de fondos y llevarlo a la cárcel por dos años. Desagraviado públicamente en 1914 de todas las acusaciones no pudo, sin embargo, recuperar el auge de sus negocios. Estas vivencias marcarían al entonces joven Belaunde quien, por un lado, tomaría cierto rencor por la política y el viejo civilismo (al que posteriormente cuestionó) y, por otro lado, gracias a la educación recibida y por influencia materna, iría cimentándose en él un “sentido vocacional y místico”. Pero hubo otras experiencias y recuerdos en su posterior evolución, pues la rememoración, aunque de una manera idealizada de su ciudad natal, sería recurrente en Belaunde.

En efecto, en Belaunde es notoria la influencia que ejerce el ambiente social, cultural y político que vivió en sus primeros años en Arequipa, y que nos puede ayudar a explicar el hecho de que él haya sido el que tuviera una visión más global y certera sobre el Perú en comparación con todos sus compañeros generacionales. No dejemos pasar por alto que, desde fines del siglo XIX, el sur andino estaba en un proceso de integración bajo la hegemonía de la oligarquía arequipeña comerciante que aprovechaba los latifundios laneros de Cusco y Puno. La formación católica de Belaunde lo llevó a establecer un contacto con el pueblo caracterizado por el paternalismo y la piedad, aunque sin perder necesariamente su carácter jerárquico. Esta relación directa entre élites y pueblo nos puede ayudar a explicar por qué constantemente se han producido en Arequipa grandes movimientos masivos, característica por la cual Jorge Basadre la llamó “caudillo colectivo”. Este tipo de relación nos dice que hubo un espíritu de cuerpo que aglutinaba a los diversos estamentos sociales y que se traducía en diversos momentos de nuestra historia, dando un carácter especial a sus líderes y pensadores. Como ejemplos se pueden mencionar a Nicolás de Piérola y Fernando Belaunde Terry. Poder entender a los intelectuales supone también rastrear en las tradiciones que le dan su contexto y su trasfondo.

Son seis las primeras experiencias que serían fundamentales en la formación de la personalidad y de la obra de Belaunde: a) el rechazo al viejo estilo de hacer política por parte de las élites gobernantes, especialmente del civilismo tradicional; b) la formación de su carácter religioso; c) la caballerosidad como forma ideal de vida; d) el amor a la tierra natal; e) la formación de un espíritu democrático, y f) la sensibilidad frente al problema indígena.

Al iniciarse el siglo XX, y por la situación paterna antes descrita, Belaunde hubo de trasladarse a Lima en 1900 y seguir estudios en San Marcos, en donde se graduaría en Jurisprudencia, Letras y Ciencias Políticas. En la capital también conocería a sus posteriores compañeros generacionales como los hermanos Francisco y Ventura García Calderón, José de la Riva Agüero, José Gálvez, entre muchos otros. Del amargo momento que significó el verse obligado a salir de su Arequipa natal surge un nuevo momento promisorio para Belaunde, pues sería en Lima en donde iniciaría su brillante trayectoria como hombre de ideas.

De un modo general, se puede decir que el pensamiento de Belaunde acompañó las evoluciones de muchos de sus contemporáneos y compañeros generacionales. Son tres los momentos claramente identificables en el proceso intelectual de Belaunde (12). En primer lugar, la confianza por el positivismo en el que reconoció como el único método verdadero, científico porque parte de los hechos. En segundo lugar, abandonando la certeza positivista, adopta el espiritualismo, influido especialmente por Henri Bergson, en el que predomina la intuición, la simpatía, la libertad creadora y el élan creador del espíritu. En tercer lugar el afincamiento en el pensamiento social-cristiano desde el que buscará, simultáneamente, las razones últimas del espíritu así las claves definitivas de la peruanidad. Son tres etapas claramente definidas en Belaunde que se pueden constatar con la lectura de sus textos primordiales.

El Belaunde positivista

La etapa positivista de Belaunde se refleja en sus tesis y artículos. Su primer trabajo importante, su tesis Filosofía del Derecho y el método positivo, de 1904, con la que se graduó de Bachiller en Jurisprudencia, es una muestra de la filosofía positivista que había abrazado. Otros claros ejemplos del positivismo predominante en las reflexiones de Belaunde son sus posteriores tesis como la que presentó para optar el grado de Doctor en Jurisprudencia, en 1908, El Perú antiguo y los modernos sociólogos (Introducción a un ensayo de sociología jurídica). En ella se nos presenta a un Belaunde absolutamente empapado de las obras centrales de su tiempo y de autores europeos como Spencer, Letourneau, Cunow, De Greef, entre otros, que habían propuesto explicaciones acerca del Perú previo a la llegada de los conquistadores españoles, y discutiendo el supuesto comunismo del Incanato, como sostenía su amigo el historiador Riva Agüero. Este trabajo, además, nos revela a Belaunde como un intelectual que busca trasvasar las fronteras disciplinarias para propiciar, en cambio, el diálogo entre diferentes miradas, por ello, logra una explicación sumamente rica en la que se entremezclan las lecturas del derecho, de la historia y de la sociología. Y, además, discute críticamente con los grandes pensadores de su época, es decir, no es un simple acumulador de fichas y datos, sino que es capaz de organizar una lectura propia. Por todas estas razones, y aun cuando sus propias investigaciones ya han sido rebasadas por los constantes descubrimientos, nuevas técnicas de análisis y novedosas interpretaciones, resulta lamentable que la mencionada tesis no sea un texto que se consulte en la actualidad, pues arroja luces acerca de la evolución intelectual de nuestros pensadores.

Cronológicamente muy cercanas a El Perú antiguo... son otras dos tesis que Belaunde presentó en 1911 para optar los grados de Bachiller y de Doctor en Letras, como son las que dedicó a la región selvática de nuestro país. Los mitos amazónicos y el Imperio Incaico y Las expediciones de los Incas a la Hoya amazónica exploran en una realidad de nuestra vida nacional que, incluso hasta el día de hoy, no ha sido tomada en cuenta con el rigor, la seriedad y la frecuencia que amerita. Los trabajos mencionados ya nos muestran a un Belaunde que trata de entender de manera cabal y global la realidad del Perú, que será el sello que distinguiría a toda su obra, y cuyo momento cumbre será el representado por el libro de madurez final, titulado precisamente Peruanidad.

La crisis presente (¿actual?)

Hombre de su tiempo, Belaunde no será ajeno a los embates de la cruda realidad. La época positivista fue también el tiempo de la mirada optimista por el desarrollo del Perú (representado admirablemente por el libro total de Francisco García Calderón, El Perú contemporáneo, publicado en París y en francés en 1907). Pero la crisis, especialmente política, que vivió nuestro país en la segunda década del siglo XX tuvo su impacto en el pensamiento de nuestro personaje. Ante dicha circunstancia aparecieron ante los ojos de Belaunde con una claridad que no había percibido antes, los males históricos, especialmente de la clase política de entonces y de las instituciones. Se inicia, de esta manera, una etapa de desencanto y de escepticismo, que se tradujo en el magnífico discurso que Belaunde ofreció en 1914, titulado “La crisis presente”, que refleja el estado de ánimo de aquella época. Es el tiempo de la Gran Guerra europea y del derrumbe de los grandes paradigmas que se alojaban en el Viejo Mundo. En dicho discurso, pronunciado con motivo de la apertura del año académico, y teniendo como antecedente fresco el derrocamiento de Guillermo E. Billinghurst quien, según muchos indicios, quería clausurar el parlamento y modificar las raíces de funcionamiento de la república oligárquica, Belaunde transmite su gran preocupación por las bases institucionales que debería contar el país y que no había sabido lograr (herencia que aún padecemos).

En “La crisis presente”, Belaunde ataca, en páginas de antología, a la “clase dirigente” por su inmoralidad, a los partidos por deambular tras los caudillos y no tener programas, al gabinete por no cumplir con su función y al parlamento por no ser eficaz en su papel fiscalizador y legislador (parece que nada hubiera cambiado entre nosotros). Asimismo, denuncia la situación de sometimiento de la clase media (atada económicamente y con el lastre de una educación no apta para las labores técnicas y productivas, debiendo arrinconarse en la burocracia para sobrevivir), fustiga a la burocracia inútil y corrupta, pero, sobre todo, protesta y acusa a un régimen que por su incapacidad ha concluido en el absolutismo presidencial, estableciendo un paralelo ya célebre entre el virrey y el presidente.

Belaunde también señala lo que a su juicio son los tres grandes males de la república: la plutocracia costeña que más aspira a irse del país, la burocracia militar inmiscuida en funciones políticas que no le competen, y el caciquismo parlamentario como cómplice del feudalismo. Sobre éste último explica su presencia gigantesca en el deformado sistema electoral que, eliminado el sufragio universal consagrado en la Constitución de 1860, la elección se centra en las provincias y no en los departamentos, ocasionando una terrible desproporción entre electores y elegidos. Así, jurisdicciones poco pobladas eligen a gran número de representantes con el agravante de que estos caciques provinciales no cuentan con una cultura superior, independencia de todo interés local, ni con la aptitud receptiva ante la opinión pública, bases de todo buen parlamento. La solución a la situación descrita la encuentra Belaunde en la emancipación y tecnificación de la clase media, única capaz de formar el verdadero partido liberal en el Perú.

Los defectos de la psicología nacional

La desazón de Belaunde y de todo su grupo generacional se ahonda más aún ante la frustración de no concretar los grandes objetivos enarbolados por el Partido Nacional Democrático (PND), fundado en 1915 por José de la Riva Agüero. Estos propósitos fueron los de enmendar rumbos y modificar la hasta entonces predominante manera de ejercer la política encarnada especialmente en el Partido Civil. La respuesta de los grupos oligárquicos prevalecientes fue el boicot, más aun cuando varios de sus integrantes decidieron postular a algunos cargos de representación; lo mismo sucedió en 1917.

Belaunde, en tanto pensador liberal, se sintió profundamente afectado al ver que los planes que él y su generación se habían trazado se iban a estrellar contra la incomprensión y el desprecio de las clases dirigentes. Este momento espiritual coincide con el Belaunde más incisivo en cuanto a sus análisis de la realidad nacional. No solo retrata procesos históricos, instituciones y grupos sociales (especialmente las élites), sino que expande su campo de observación hacia los sujetos. Es por ello que, en 1912, en La Ilustración Peruana, y en páginas de gran fineza analítica, describe e interpreta la psicología de los peruanos, así, en plural, pretendiendo descubrir qué de específico tiene cada grupo social y étnico (o raza, como se decía entonces). De este modo, los defectos de la psicología nacional serían estudiados sistemáticamente en sendos artículos: “Nuestra incoherencia”, “Nuestros rencores”, “Nuestra ironía”, “Nuestra ignorancia, “Nuestro decorativismo” y “Nuestra pobreza sentimental”. Algo del talante de Manuel González Prada se percibe en estas páginas.

Complementando estos pequeños ensayos, en 1917 Belaunde seguiría escribiendo, esta vez en el diario El Perú, artículos de severa crítica en contra de los factores psíquicos que “desvían” la conciencia nacional, el abuso que se perpetua en contra de los indios, así como reflexiones en torno a la situación subordinada que vivía la clase media de entonces, teniendo como punto de observación a su natal Arequipa. Todos estos artículos adquirirían forma de libro en 1932 con el célebre título de Meditaciones peruanas, antecedente directo de esa otra gran obra peruanista: Meditaciones sobre el destino histórico del Perú, de Jorge Basadre.

La desviación universitaria

Al interior de este núcleo de preocupaciones e ideas, Belaunde analizaría también el problema universitario. En reuniones de estudiantes universitarios realizadas entre 1908 y 1917, tanto en Lima como en Uruguay, nuestro pensador se refiere específicamente a la “desviación universitaria” (deseando señalar con ello al “anatopismo”, es decir, a la importación acrítica de ideas foráneas), de la formación universitaria que impide un cabal conocimiento de nuestra propia realidad y ofrecer salidas concretas a la crisis que sumergía al país luego de la derrota ante Chile. Entre los problemas más relevantes que menciona Belaunde se encuentran el tema indígena, el de la no consolidación de la democracia, el papel de las clases medias y el de la ubicación internacional del Perú.

Para Belaunde, la universidad era el baluarte de constitución de un proyecto nacional y del modelamiento de una identidad colectiva. Pero, además, el autor de Peruanidad se refería (mostrándose como un hombre de ideas adelantadas a su tiempo) a la pertinencia del cogobierno por parte de autoridades y estudiantes. La importancia de esta postura aumenta si recordamos que la propone antes, incluso, de la reforma universitaria de 1919, en la que los centenaristas convertirían la participación estudiantil como uno de sus puntos más importantes y radicales.

Es curioso, pero quizás no tanto en nuestro país, que siendo Belaunde un hombre que había estudiado tan detenidamente el problema universitario, no obtuviera nunca el reconocimiento que esperaba y merecía obtener de la universidad peruana. Belaunde siempre anheló ser —con toda justicia— rector de la Universidad de San Marcos, cargo al que nunca accedió por la radicalización del enfrentamiento generacional y político entre novecentistas y centenaristas, a lo que se sumó el bloqueo leguiísta y el encumbramiento del civil-militarismo de los años treinta.

Belaunde saboreó el trago amargo de la marginación, pues al regresar al Perú después de su largo exilio quiso reincorporarse a San Marcos, pero fue impedido de hacerlo. Luego de esta terrible frustración, decidió anclar su actividad en la recién fundada Pontificia Universidad Católica (1917), gracias a una invitación personal del padre Jorge Dintilhac y porque se encontraba más cercana a su posición espiritual. En dicha universidad, Belaunde desempeñó numerosos cargos, como Decano de la Facultad de Ciencias Políticas y Comerciales, Decano de la Facultad de Derecho, también vice-rector, pro-rector, rector pro-tempore y, finalmente, rector emérito, pero jamás llegó a ser Rector de la Universidad Católica. Rencillas e intereses opuestos también impidieron que sea su máxima autoridad, a pesar de ser él quien más contribuyó a darle su personalidad y fortalecer su influencia en la sociedad peruana fundando, incluso, el Instituto Riva Agüero en 1947, que dirigió hasta su muerte, ocurrida en 1966 (13).

La ingratitud de la universidad peruana (así, entendida como sistema) para con los hombres del novecientos fue patética, y se reprodujo con Francisco García Calderón (cuyo cortejo fúnebre fue impedido de ingresar a su alma mater, es decir, San Marcos) y con el propio Riva Agüero, a quien apristas y comunistas expulsaron de la vieja casona; fue por ello que también decidió afincar su actividad académica en la Universidad Católica, a la que designó como la heredera de toda su fortuna.

La voz generacional: el Mercurio Peruano

Si Riva Agüero pretendió ser el líder político de su generación, Belaunde buscó ser su voz y vehículo de expresión cultural. Fue por ello que en 1918 fundó la revista Mercurio Peruano, una de las publicaciones de más larga vida en nuestra historia intelectual, cerca de 80 años y de 35 mil páginas (14). Contra lo que se pudiera suponer, la vida de la revista no fue tranquila ni mucho menos, por el contrario, fue remecida tanto por los temporales de la política nacional y mundial como por los conflictos al interior de su núcleo dirigente. La razón fue que Belaunde, al poco tiempo de haber fundado el Mercurio, tuvo que partir al exilio, en 1921, como ya ha quedado señalado en páginas anteriores. Hasta entonces, las páginas de esta revista estuvo abierta tanto a nuevos escritores (lo que demostraba una voluntad de diálogo generacional), como a aquellos pensadores que no coincidían necesariamente con las posturas de sus directores, lo que denotaba una amplitud ideológica importante (15).

No obstante, cuando Leguía deportó a Víctor Andrés Belaunde, en 1921, la conducción de la revista recayó en intelectuales que pertenecían a las nuevas generaciones, como Mariano Iberico, Alberto Ulloa y Alberto Ureta, que mostraban cierto entusiasmo por la revolución bolchevique y el socialismo. Fue por esta razón, precisamente, que organizaron números del Mercurio dedicados a la Revolución Rusa y a la Reforma Universitaria. Belaunde, que ya había afianzado su reconversión al catolicismo, desautorizó al Comité de Redacción, provocando el apartamiento de Ulloa, Iberico y Ureta, quienes, conjuntamente con Honorio Delgado y Jorge Basadre, fundaron Nueva Revista Peruana (1929-1930).

Ante estas circunstancias, Belaunde —recordemos que seguía en el exilio— recompuso la dirección de la revista colocando a personas más cercanas a él y su pensamiento, como César A. Ugarte, Raúl Porras Barrenechea y Jorge Guillermo Leguía. Fue durante la gestión de este nuevo equipo, justamente, que Belaunde empieza los envíos de sus artículos de respuesta a los 7 ensayos de Mariátegui, entre 1929 y 1930. Este último año fue el de la caída de Leguía y del retorno de los novecentistas exiliados, pero también de una profunda crisis que arrastró al Mercurio Peruano, viéndose obligado Belaunde a suspender su publicación, dando fin a esta primera y fundadora etapa de la mencionada revista (16).

15.9.07

Ricardo Palma en Internet

Para afianzar la presencia de la cultura peruana en el ciberespacio, la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, en el portal de la Biblioteca Nacional del Perú (BNP), acaba de inaugurar la sección “Biblioteca de Autores” con una página sobre Ricardo Palma, que contiene, entre otras, las Tradiciones peruanas en varios volúmenes, Poesías completas, Filigranas, ejemplares de la Revista de la Casa Museo de Ricardo Palma y diversos estudios sobre el escritor así como también fotografías y videos relacionados con su vasta obra.

El proyecto ha sido dirigido por Oswaldo Holguín Callo, profesor de la Pontificia Universidad Católica del Perú y miembro de la Academia Nacional de la Historia, en coordinación con la Dirección de Biblioteca Virtual de la BNP. Se trata de un completo acercamiento al gran escritor peruano a través de su biografía y de su producción literaria.

Además de la Biblioteca Nacional del Perú, que guarda la biblioteca personal y el archivo de Palma, han colaborado en este proyecto, la Fundación Ricardo Palma, el Patronato de la Casa Museo Ricardo Palma, el Instituto Ricardo Palma y la Universidad Ricardo Palma.

La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes mantiene en Internet una gran variedad obras clásicas en castellano con el objetivo de desarrollar la expansión universal de la cultura hispánica. Desde enero del 2006, la Biblioteca Nacional del Perú tiene un portal con un amplio fondo bibliográfico que contiene obras de Manuel González Prada, Flora Tristán, Clorinda Matto de Turner, Juan de Arona, César Miró, Estuardo Núñez, Antonio Raimondi, Alberto Tauro, entre otros importantes autores peruanos.

Además se pueden consultar documentos de la época colonial de nuestra historia como la revista ilustrada Mercurio Peruano y testimonios sobre el Perú del siglo XIX, entre otros muchos materiales.

La dirección para acceder al sitio web es
opción Biblioteca de Autores.

13.9.07

Cinco poemas nuevos de Roger Santiváñez Vivanco

Roger Santiváñez Vivanco (Piura, 1956). Obtuvo el Bachillerato en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Lima-Perú). Se encuentra culminando el Ph.D. en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Temple, Filadelfia, USA. Participó en diversos grupos poéticos, como La Sagrada Familia (1977-1979) y Hora Zero (1981). Es fundador del Movimiento Kloaka (1982-1984). También formó parte del Comité Killka (1989-1990). Entre sus distinciones se encuentran el Primer Premio en Poesía de los IV Juegos Florales de la Universidad de Piura (1973), Mención Honrosa en el Concurso El Cuento de las mil palabras de Caretas (1985) y el Premio de Poesía JM Eguren de Nueva York (2005). Sus últimos libros de poemas son Santa María (2002), Eucaristía (2004) y Dolores Morales de Santiváñez (Selección de poesía 1975-2005) (2006).


STRETTI

1

Aguas parpadeantes inquietas avanzan
Sus pájaros planean y sucumben ante
El fragor del súbito sol en penumbra dorada

Silbidos variopintos abren la tersura
De intocado pétalo albur de la estación
Dársena que visito sólo por mojarme

En el pecho del petirrojo desaparecido
Y siguen los cantos en pluma leve
Junto a innombrados tallos removidos

Es el viento inmigrante clandestino
Flameantes verdes nuevecitos y su
Fragancia imperceptible en la ribera

Suavísimo repliegue ondula delicado
Arrullo del murmullo chullo en la
Frontera gotas me salpican en la orilla

2

Ruma de hojas enhiestas arriba
Remos reman rubios y soleados
Plenitud muscular la espuma atrás

Polinización de atardecer cantos
Por doquier inusitados cada
Uno en su nota se concentra

Y es feliz en la helada brisa
Diminuta brizna crin de la yerba
Sol silente trina entre su vuelo
Amor abrigo trenzado a estos versos
Lupines parvas orladas en Piedra
Horadada ya no volí a la esquina

Se escurre el tiempo stereo
Haz noctámbulo y rutilante ya
Viene en ti su soñado desatino


SANDIE & LUCY

El corazón de plástico en la Junín
¿Dónde está? Desapareció en el desván
Inexistente sería una ola y su espuma
Salobre solitaria sobre nada sin memoria

Eran dos corazones en el azar soleado
Estrechez del patio desnudo en la oscura
Fotografía que se fue perdiendo cachivaches
Desportillados finalmente no los sepultamos

Frágiles y blandos cuerpos aunque suaves
Tenían sus nombres gringos esplendores
De T.V. recién llegada a los dorados arenales
Nadie sabe dónde se escondieron porque

Candelaria la noche que jugó al ampay
Soltó una risa resonante tenebrosa pero
No se los llevó sería ébano en contraste
Si hubiera sido dulce robadora de ese sueño

Escena de ambos en su repisa bien
Sentados y vestidos contemplando muebles
Paredes u hornacinas arrimados nichos
Sólo en el sutil espíritu de un poema


SNOW SNOB

Mientras la noche en su guarida
Abre sus compuertas de sonido
Ve hacia el centro plexo solar y
Oculta sigilo azul en sus manzanas
Entonces el brillo de la nieve se
Venía con la venia del poniente
Oh frazadas en chisporroteo divino
Ya se escucha tu rumor perfecto

No es amor pero describe la pará
Bola del prístino encaje desnudado
Siesta también despierta por el sueño
Hoy volvió el perdido afán y sombra

Suya es la dulzura de los frutos
Invisibles olvidándose después de
La juntura cuya fragancia te en
Simisma y no la busques solícita

En los rayos helados oscilantes sin
Párpados celestes que huyan del
Deseo más anhelante y poseído
Esta fue tu derretida canción fugaz


MODESTO GARAGE

1 Agenor

Lejanía de tu nombre cual espina
Que llevas dibujada en la pretina
Más antigua recordada en la divisa
Por las galladas temprano en la sola

Mañana y las domésticas jugadas
Nos fuimos al colegio uno tras otro
Las pocas flores augustas son
Rieron en la vasta tierra

Sumergida precoz iluminación
De la señal ingravidad pre
Fijada por tu ceño circunspecto

Nunca en la tarde meció la
Nada como esta memoria iría
A la blasón de tu pura inexistencia mía


2 Angel (a)

Suspiros detenidos vitrina de caoba
Brillan en la seda impoluta del pelo
Más azul que peina la Modesta
Con la gracia gris frasco y fresa

Todos los días vuelven a ese sueño
Bruno y chino en la luz de unos
Ojos ardidos en perol de la natilla
Hirviente cielo motas pura pampa

Y grasa entreverada pollos la
Garza fallecida elegantísima
Estrella de los soles negados
Al viento del vergel oscurecido

Verano tras verano embarrados
Felices inconcientes tesoros de
Mamá no me encuentran en
La fina página que escribo. No.


AGLAE

Deseo sube sobre noches dudas
Por nubes traviesas de la sierra
Mojada Aglae dormida para siempre

Mató el anhelo del velado velo y
En su cielo brilló la pluma de una
Luna jamás vista. Hasta la vuelta

En su mansión de boscajes y encajes
Excitantes como húmeda hendidura bendita
Voló la bóveda bordeada por un fauno

De mi mente se hizo poesía con
Frenar el borboteo sagrado pero
Deleite al fin de su regalado sueño

(Collingswood, New Jersey, enero 2007)

(De Wayra, Nr. 5, Uppsala,
primer semestre de 2007)

11.9.07

El vanguardismo estético-político de José Carlos Mariátegui

Escribe
Paola Bayle

Innumerables han sido las discusiones en donde el marxismo ha sido considerado un modelo de análisis aferrado a proyectos políticos que no respondían a realidades latinoamericanas. El marxismo de esta parte del mundo (América Latina), se ha encontrado en la necesidad de revisar sus concepciones y adecuarlas a contextos di­ferentes a los europeos. En este marco y desde esta intención surgió la figura de José Carlos Mariátegui, quien, no desde la soledad de un genio, sino a partir de la capacidad de dirección intelectual, elaboró un proyecto estético político para el Perú entre 1920 y 1930, año de su muerte.

En su libro El itinerario y la brújula. El vanguardismo estético-político de José Carlos Mariátegui (Buenos Aires, Biblos, 2003), Fernan­da Beigel realiza un estudio sociológico crítico en torno a la trayectoria del Amauta. Centra la mirada en las concepciones estéticas y políticas del intelectual peruano, poniendo énfasis en la particular articulación entre ambas esferas. Podemos inscribir también a este libro en el campo de la Historia de las Ideas Latinoamericanas, ya que es un trabajo donde cada etapa del pensamiento de Mariátegui es analizada en función a su contexto histórico.

Hemos podido identificar en esta obra una línea de abordaje para entender la postura de Mariátegui. Se trata de superar una antigua dicotomía en la tradición marxista: la ortodoxia versus la heterodoxia en relación a la lectura de los textos de Marx. Beigel nos muestra un Mariátegui que va más allá de esta contradicción, tanto en sus concepciones políticas como en su praxis cultural.

El libro nos introduce en el Perú de la década del 20 del siglo pasado, para entender el surgimiento de las vanguardias estéticas latinoamericanas y su particular inserción en proyectos políticos ideológicos. Mariátegui es considerado por la autora como un intelectual vanguardista ya que articuló a través del editorialismo la esfera política con la artística y siguió atentamente la revolución surrealista por ser un «arte nuevo», que marchaba al ritmo de la revolución social. Un arte revolucionario no era para el Amauta un arte de propaganda. De este movimiento lo atraía la búsqueda en el inconsciente, el acceso a la «suprarrealidad» donde la fantasía, que vinculaba con la idea de ficción construida por los hombres, podía servir para crear «algo real», algo nuevo. El arte podía, entonces, soñar las utopías del porvenir sin restricciones y el artista debía abandonar la torre de marfil. Esta noción de realismo, que se alejaba del mimetismo o reflejo naturalista y a su vez era lejana de todo escape esteticista, es estudiado por la autora en relación con las vertientes críticas a la consolidación del «realismo socialista» en la U.R.S.S.

Entre 1932-1934 se proclamó al realismo socialista como método oficial de creación. Se estableció una estética prescriptiva que rompió los vínculos entre las vanguardias y el marxismo. La puesta en práctica de mecanismos autoritarios ubicó al realismo socialista en el papel de dogma estético institucionalizado. Mariátegui no pudo conocer esta versión estética autoritaria y reduccionista. Recordemos que murió en 1930. Por lo que tampoco conoció las purgas culturales en la Unión Soviética a partir de la década del treinta, ni la conflictiva relación entre el surrealismo y el Partido Comunista Francés que derivó en la expulsión de Bretón de dicho partido.

Sin embargo, Mariátegui estuvo al tanto de los debates entre los miembros del Partido Comunista de la Unión Soviética y los grupos culturales. La autora deja bien en claro la posición del intelectual peruano respecto a esta cuestión. El Amauta concebía al arte como una actividad en contacto pleno con la vida de una época y con la política, se oponía a la reducción del arte a una expresión de la economía o de una clase. Reconocía la autonomía relativa de la esfera estética y en ese sentido desarrolló una praxis cultural sustentada en la libertad artística, el pluralismo y el debate abierto. Beigel sustenta esta afirmación en el estudio de los debates, sujetos e ideologías que se plasmaron en la práctica editorialista realizada por Mariátegui hasta su muerte.

El vanguardismo de Mariátegui excedió los límites programa estético, avanzando en el plano político e ideológico, con el propósito de crear una cultura alternativa a la oficial, antioligárquica y anticolonialista. Este proyecto, construido desde la revista Amauta (1926-1930), veía a la acción política-cultural como una instancia necesaria para devolverle al indio lo que había perdido cuatro siglos atrás. Para Mariátegui el socialismo en Perú debía desarrollarse en una actitud nacionalista, a raíz del carácter dependiente del capitalismo. Por esto rescataba al indigenismo, no desde una versión romántica sino desde la necesidad de integrar al indio junto al obrero, intelectuales, artistas y campesinos en lo que él llamaba Perú integral.

En su afán de superar la dicotomía heterodoxia/ortodoxia en torno a la lectura de Mariátegui, Beigel se detiene en el análisis del proceso de stalinización de los partidos comunistas. Con esto se propone despegar al Amauta de interpretaciones que lo vinculan a la dicha ortodoxia. En el caso de América Latina, considera que durante el bienio 1935-1936 los partidos comunistas terminaron de ser cooptados ideológicamente y organizativamente por la dirección soviética. La stalinización de estas instituciones es entendida por la autora como el resultado de un conjunto de procesos que se nutren tanto de las condiciones internacionales que le tocó vivir a la Revolución Rusa como de las nuevas relaciones que se configuraron en la Unión So­viética desde el Primer Plan Quinquenal y la expulsión de Trostky, hasta la ley contra la Traición a la Patria. En función de esto se pregunta qué ortodoxia combatió Mariátegui si estos procesos ocurrieron luego de su muerte. Avanzando en esta pregunta y con el fin de no reducir al Amauta por su oposición a una única ortodoxia, Beigel estudia la vinculación de Mariátegui con la Internacional Comunista en función a dos momentos del movimiento comunista latinoamericano.

El primero, donde el ensayista peruano participó activamente, tiene que ver con la bolchevización e institucionalización de los partidos comunistas. El segundo momento se refiere a la participación que tuvo la obra de Mariátegui, su legado teórico y político, desde 1930 hasta 1959 donde se produce la stalinización tanto de prácticas como del desarrollo programático de los partidos comunistas en América Latina.

Refiriéndose al primer momento asegura que la heterodoxia de Mariátegui no se define por su oposición a la ortodoxia de la Internacional. Su marxismo surgió ligado a un proyecto concreto ―la peruanización del Perú― y esto suponía el combate abierto a dogmas y distintas ortodoxias. No sólo se enfrentó a la tendencia a una lectura «legítima» de los textos de Marx, sino también, a visiones oligárquicas y colonialistas respecto al diagnóstico general del Perú. En definitiva, Mariátegui se distanció de todo dogmatismo entendido como búsqueda de una verdad esencial y ahistórica.

El segundo momento, abordado por Beigel, se refiere a la recepción de la obra de Mariátegui, que transita por distintas fases. La autora realiza un análisis histórico crítico de estos momentos, en donde el legado del Amauta es tomado por momentos como antileninista, peligroso y liquidacionista (así lo considera el P.C. peruano en combate con el aprismo entre 1930-1934); mientras que entre 1942-1959 este mismo partido crea un Mariátegui «marxista leninista stalinista». Ya en el marco de un proceso de desestalinización se entendió que Mariátegui buscaba la forma de pensar un marxismo acorde a la realidad peruana, aunque se lo seguía estudiando en función del Dia-Mat.

La autora logra separarse de estos apasionados pero mezquinos usos del Amauta, mostrándonos a un pensador que se nutrió de un marxismo permeable a la tradición andina, donde su praxis editorialista lo convirtió en portavoz de una nueva generación y reflejó una postura abierta al debate y al pluralismo.

Finalmente, Beigel aborda el complejo tema de los sujetos sociales, logrando visualizar una misma línea de abordaje en toda la obra y praxis de Mariátegui. Éste no pensaba en sujetos abstractos, ni presentaba un modelo de sujeto latinoamericano transhistórico. Apelaba, más bien, al concepto de sujeto plural histórico donde el indio era un sujeto revolucionario que debía luchar codo a codo con trabajadores urbanos, estudiantes, intelectuales, artistas y campesinos.

En definitiva, Fernanda Beigel se traslada al Perú de los veinte para rescatar y poner en primer plano la conexión estético-política en el pensamiento de Mariátegui. No se trata de un viaje nostálgico, sino de un rescate de concepciones que pueden responder a preguntas contemporáneas. Una forma de utilizar a Mariátegui como una brújula en la construcción de un proyecto político alternativo para América Latina.

(Publicado originalmente en Wayra, Nr. 5,
Uppsala, primer semestre de 2007)